Alto impacto (Crash)
Al parecer, la Academia de Hollywood solo acierta cuando premia a Clint Eastwood. Por lo demás, el Oscar es la recompensa a la conciencia tranquila, la corrección política, la buena conducta ideológica -según el pensamiento dominante en cada época- y a la idea hollywoodense de que un filme de prestigio es aquel que da lecciones de vida y clases intensivas de moral y ética prácticas. Si siguen así, muy pronto premiarán un telefilme de Hallmark.
El Oscar a Alto impacto (Crash) tal vez sea la recompensa a la preocupación ciudadana del guionista y director Paul Haggis por los prejuicios raciales y la violencia interpersonal en Los Angeles. Si fuera un premio cívico, o a las buenas intenciones, no habría nada que objetar. Pero como reconocimiento a la calidad de una película, el Oscar de este año es un disparate.
Alto impacto es la altisonante lección de un Mister Chips que proclama, desde las alturas, su visión -aterrada primero y apaciguada más tarde- del bien y el mal, la caída y la redención, la culpa y el perdón, el ángel y del demonio que coexisten en cada uno de los habitantes de Los Angeles. El director y guionista Paul Haggis tiene talento de predicador, pero su primer largometraje es una ronda de estereotipos, giros arbitrarios de la trama, caracterizaciones sumarias, coincidencias increíbles y situaciones de folletín que pasan como retratos de las tensiones raciales en la gran urbe.
Haggis es también el guionista de Golpes del destino (Million Dollar Baby), de Eastwood. ¡Qué diferencia ente ella y Alto impacto! El Haggis escritor no tiene aquí a un realizador sensible que lime sus excesos, su afán demostrativo, su palabrería, su voluntad de mantener el tono de la película en un registro de patetismo constante. El director Haggis no le opone resistencia al guionista Haggis. El resultado es una cinta que quiere ser amplia como la vida, pero en la que no hay lugar para el relajamiento, la intimidad, el silencio, el humor ni la espontaneidad de lo cotidiano. En Alto impacto, cada situación es culminante, cada diálogo es una proclama y cada personaje, un emblema.
En la primera parte de Crash, los blancos lo son a tiempo completo y lo único que hacen es transpirar su racismo; los negros, hacen lo mismo, pero de acuerdo a su condición. En la segunda parte, luego de una sucesión de giros argumentales y coincidencias inverosímiles, los representantes de negros y blancos, de persas y latinos, de chinos e ítaloamericanos, es decir, de las comunidades que practican el prejuicio racial entrecruzado, encuentran su redención y toman conciencia. Los "malos" se vuelven buenos y los "buenos" descubren que pueden ser "malos", y todo este cambalache de culpas y expiaciones es bendecido con la nieve que cae sobre Los Angeles.
Sí, ¡cae nieve!, aunque no lo crean. Si en Magnolia llueven batracios y en Vidas cruzadas, de Altman, hay un terremoto final, ¿por qué Haggis no puede darle un toque navideño a su aleccionador carrusel de arrepentidos?
La segunda mitad de Alto impacto se mueve entre el absurdo y el ridículo mondo y lirondo. Como guionista seguramente aplicado, Haggis quiere que sus personajes se transformen en el curso de la historia y se sacudan de su caracterización inicial. Con maniobras de trapecista, les hace dar volantines, hacer piruetas, ponerse de espaldas a lo que eran, y sin mediar otro proceso interno que el mero capricho del guionista. En una inverosímil sucesión de coincidencias -la inmensa Los Angeles se convierte en un parque infantil donde todos se cruzan-, los personajes vuelven sobre sus pasos. Entonces, Matt Dillon, el policía perverso, corrupto y racista, se convierte en un héroe cívico que salva de la muerte a la mujer negra que antes agredió. La escena del rescate es desvergonzada en su voluntad de manipular las emociones y crear patetismo con la música enfática y la desaceleración del tiempo y la imagen. Como si eso no fuera suficiente, luego vemos a Dillon, el prepotente, convertido en el atento guardián de la enfermedad de su padre.
La resolución de la historia entre el iraní y el cerrajero latino es más impúdica aún. El pobre cerrajero es objeto de todas las desconfianzas y prejuicios raciales, pero Haggis lo hace rozar la santidad. Cuida y se sacrifica por una niña que casi muere por una bala perdida. Para protegerla de todo mal le regala un "chaleco antibalas invisible". Por supuesto, minutos más tarde, la niña vencerá su miedo y se enfrentará a pecho descubierto, aunque con la mágica envoltura del chaleco, a una amenaza real. En la escena del ataque, Haggis apela al manual del efectismo emocional: cámara lenta, música de clímax, dramatismo del disparo, "milagro" insinuado. La escena es bochornosa y lo es más su remate "realista", con la imagen de las balas de salva que desvirtúan la fe de la niña y del persa.
Pero el personaje de Sandra Bullock es la cumbre del despropósito. Creyéndose una temperamental Meryl Streep, Sandra, paranoica y racista, se manda un conceptuoso diálogo telefónico sobre la ira, la rabia, el dolor y la alienación urbana. Castigo de Haggis por el odio acumulado: termina de hablar, se tropieza y rueda las escaleras. Es salvada por la criada latina a la que menospreció. Más tarde, la abraza y reconoce. Con media hora más de duración, Alto Impacto hubiera terminado con una subida general de los personajes al cielo.
Alto impacto es lo que se conoce como una película High Concept, es decir que toma las ideas centrales de cintas anteriores y construye sus líneas dramáticas principales a partir de ellas. Es un recalentado de Vidas cruzadas; Grand Canyon, el alma de la ciudad; Magnolia; Casa de arena y niebla, entre otras. El Oscar, que no reconoció a Vidas cruzadas, la mejor de ellas, recae ahora en una cinta derivativa y artificial. Si no es la peor del año, Alto impacto es la película más inflada y pretenciosa.