La desconfianza es tal en nuestro sistema político que en la actual carrera electoral unos ven solo lo que quieren ver, otros no quieren ver las cosas como son y no faltan aquellos que incluso buscan suplantar la realidad con la ficción.
Hasta hace poco Alan García no creía en las encuestas. Pero desde que rompió su largo estancamiento y saltó algunos puntos de la intención de voto en su esforzado camino a la segunda vuelta, no hay investigación de opinión pública, incluida Idice, por supuesto, que no le caiga en gracia. Resultaba extraño que un político de la experiencia de él en campañas electorales, llevado de la mano de un asesor como Hugo Otero, apareciese de pronto descreído del único método válido conocido hasta hoy para medir los sentimientos y sensaciones de una sociedad. Claro que el método no puede estar en manos inexpertas y siempre tiene sus márgenes de error.
Pero así como el candidato del Apra ahora corre presto y sin refunfuñar las olas de intención de voto que se difunden en todos los medios de comunicación, la Lima política se ha llenado de todos los rumores respecto de la supuesta existencia de hasta tres encuestas que serían de conocimiento de poquísimas personas: una, del Servicio Nacional de Inteligencia (organismo prácticamente congelado hace mucho tiempo) que estaría manejando Palacio de Gobierno; otra, elaborada a pedido de los comandos de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional (a las que bien les haría una encuesta para convencerse de la reforma que les hace falta) y finalmente la que habría sido puesta al servicio del Partido Nacionalista con financiamiento venezolano. Todas estas encuestas tendrían como denominador común una intención de voto a favor de Ollanta Humala de más del 40%.
A estos rumores acompaña el argumento muy usado últimamente por muchos analistas de que como en las elecciones bolivianas las encuestas se equivocaron en el cálculo de la intención de voto rural, en el Perú podría pasar lo mismo desde el supuesto de que Ollanta Humala tendría una adhesión escondida en lo más profundo del país. De modo que no habría que creer demasiado en las encuestas más serias y responsables de nuestro medio porque a la corta o a la larga su mayor equivocación estaría partiendo del análisis del voto rural.
Ante este tipo de rumores y argumentos el Consejo de la Prensa Peruana hizo muy bien al convocar, a mitad de semana, a encuestadores, editores de medios de comunicación y representantes de la sociedad civil a una reflexión rápida y puntual sobre las recientes mediciones de opinión pública de cara a las próximas elecciones del 9 de abril.
Particularmente creo que de la misma manera como muchos logramos aterrizar a la realidad en esa convocatoria, convendría a los demás serenarse a lo largo de las semanas que restan para dejar que las encuestadoras profesionales hagan su trabajo y nosotros, periodistas y electores, el nuestro. Necesitamos comprender mejor que las mediciones de opinión pública solo son referentes y que la porción todavía grande de indecisos va a seguir jugando diabólicamente hasta el último con los nervios de los candidatos y sus adeptos más estrechos.
Juan Paredes Castro