Aunque personalmente nunca perdí entusiasmo ni confianza en el trabajo de Woody Allen, comparto la opinión de que sus últimos trabajos no han sido muy inspirados. Felizmente, el notable autor de "Manhattan" (1979) está de regreso y en la mejor forma.
Pero esta vez ha reemplazado su amada Nueva York por Londres y el jazz por la ópera. Ambas opciones calzan perfectamente con el espíritu de "Match Point", un furibundo y violento alegato contra uno de los temas que más obsesionan --a favor y en contra-- a los estadounidenses: el arribismo.
Ya el maestro Theodor Dreiser había hecho un contundente y casi definitivo estudio de los males de la sociedad de consumo, que deshumanizan a las personas en su afán por alcanzar ideales creados en base a absurdas ideas del éxito. Su novela, "Una tragedia americana", publicada en 1925, fue llevada a la pantalla en dos ocasiones. Primero, sin mayor impacto, por Josef von Sternberg en 1931. Luego por George Stevens y bajo el título de "A Place in the Sun" (1951), conocida en español como "Ambiciones que matan". La relectura que ha hecho Woody Allen sobre el material de Dreiser no es casual. En los últimos años "Una tragedia americana" ha tenido todo un 'revival' en estudios, ensayos e incluso en una ópera, compuesta por Tobias Picker y estrenada el año pasado.
Allí están las raíces de "Match Point" y no en otro filme de Allen, muy complejo también, llamado "Crímenes y pecados" (1989). Ambas películas tienen en común solamente un punto: la eliminación de una amante molesta. Pero las historias en cuestión no comparten las motivaciones y mucho menos el cuerpo entero de la narración.
En "Crímenes y pecados", el respetable doctor Rosenthal decide eliminar a su amante debido a que podría destruir las bases de su armonía familiar y su prestigio profesional. En "Match Point", el ex campeón de tenis Chris Wilton opta por el mismo camino porque su amante le cierra el camino hacia un éxito social perfectamente orquestado.
"Crímenes y pecados" es una sobrecogedora mirada a los efectos que producen los más oscuros secretos sobre la conciencia del hombre. "Match Point" no lo es, porque no tiene por columna vertebral un crimen y su posterior castigo. Sino es más bien un estudio detallado e intenso del arribismo. Tal y como lo ha sido la novela de Dreiser, la película de Stevens y la ópera de Picker.
Por supuesto, en manos de Allen el material adquiere identidad propia y llega a momentos líricos, irónicos e incluso perversos. En ese punto es fascinante "Match Point". En la seguridad de sus movimientos fílmicos. En la precisión de los detalles. En una narrativa totalmente ajena al común denominador de sus películas hasta que comienza la investigación policial. A través del investigador del caso, que tanto nos recuerda al detective de "Frenzy" (1972), de Alfred Hitchcock, reconocemos finalmente al travieso y ultraneurótico autor de "Annie Hall" (1977).
Como es de esperarse en una película suya, el reparto sigue a la perfección sus designios y compone un cuadro de interpretaciones para el recuerdo. Especialmente los protagonistas, un contenido Jonathan Rhys Meyers y la carnal Scarlett Johansson. Secundados con acierto por un buen grupo de actores.
"Match Point" es un prodigioso relato. Capaz de envolvernos en su asenso hacia las más tremendas sensaciones. Todo planificado con aparente frialdad, pero que finalmente nos produce un torbellino emocional como si se tratara de la ópera más apasionada.
Alberto Servat