El mundo de Capote.
Capote, de Bennett Miller, tiene los componentes que se echan de menos en el cine norteamericano de hoy: personajes bien definidos; un conflicto centrado y fuerte; claridad expositiva; sentido del encuadre y de la progresión dramática; idea definida de la puesta en escena. No es una película excepcional, pero sí interesante, atractiva, apasionante por momentos. Está a años luz de la película norteamericana promedio de la actualidad, que suele estar aquejada de un infantilismo irremediable.
Desde la imagen inicial, la película sorprende: el encuadre ancho, panorámico, trabajado a partir de la composición de las líneas horizontales, muestra el paisaje desolado y rural de Kansas. Al interior de una casa, una joven descubre un cadáver. Un corte seco nos presenta entonces a Philip Seymour Hoffman representando a Truman Capote, que a su vez se representa a sí mismo en una reunión social neoyorquina. Hoffman aborda a Capote como un "performer" eterno, y crea un personaje asombroso, construido a partir del detalle mimético. Toda la película transcurre entre esas dos dimensiones que, desde el inicio, se sintetizan bien : la más amplia del "caso" criminal, y la más íntima del escritor que busca dar forma a su obra maestra, a cualquier precio. El encuadre panorámico designa la descripción de una época y un lugar (el final de la era Eisenhower y el centro de la Norteamérica conservadora, arcaica y homofóbica), mientras que la presencia de Hoffman y su sólo de manierismos aporta el costado artificial, cultural, auto conciente, provocador y desafiante del gesto del escritor que llega para imponerse en un medio extraño y termina agobiado por lo que allí encuentra.
La película se presenta como la ilustración de un episodio biográfico de Truman Capote, ocurrido entre 1959 y 1965, es decir, entre la fecha del crimen de la familia Clutter y la ejecución de los asesinos, que es también el período que le tomó a Capote la escritura de A sangre fría. A pesar de esa referencia permanente a los hechos de la realidad, la película no es una exposición biográfica fiel. Truman Capote se convierte en un personaje de ficción. Es el periodista empeñoso, tan constante en su búsqueda de los hechos como el reportero de Ciudadano Kane, pero también el escritor que vampiriza su asunto, se reconoce en el criminal, trata de influir en el curso de los hechos judiciales, se fascina con el homicida, convierte un caso de la crónica roja en asunto literario, manipula, traiciona y soborna, miente "a sangre fría" para mantener la confianza de su informante, se reinventa a sí mismo y vende su alma al diablo de la fama y la figuración. Los dilemas morales con los que tropieza el personaje son filmados de frente, con la cámara quieta, en escenas expositivas y detalladas, de diálogos concisos y centradas en la capacidad gestual de Hoffman. Entre escena y escena, las elipsis imponen un avance casi fatal de los hechos: Perry y Capote marchan juntos, cada uno en su vereda, de modo paralelo, a su propio y penoso fin.
El director Bennett Miller es un debutante en el cine de ficción. Aquí cuenta con un guión de Dan Futterman perfectamente centrado en su asunto. A partir de esa base, apuesta por un estilo reposado, de narración lineal y tradición clásica. Hoffman se encarga del resto: le da al personaje de Capote la frívola teatralidad requerida, pero también un lado sombrío y obsesivo, íntimo y reconcentrado.