No necesitan de psicosociales para manejar el corto plazo. Más si hasta ahora han podido liderar la agenda de coyuntura
Por Juan Paredes Castro
El partido de gobierno y el Gobierno mismo no saben lo que se pierden y lo que le hacen perder al país cuando ambos empiezan a enredarse en sus propios pasos y en sus propias iniciativas contrapuestas.
Pierden la oportunidad de manejar el horizonte que necesitamos ganar los peruanos para despegar, por fin, de tres décadas arruinadas.
Y lo peor es que esto ocurre en un escenario político donde no hay oposición (sencillamente porque no hay partidos estructurados) y donde el camino de la confianza pública en el Gobierno está prácticamente despejado para pasar ya, sin demora, del tenso corto plazo, al sereno y pausado mediano plazo.
Aún no vemos ni en Alan García ni en Jorge del Castillo el vuelo necesario como para esperar de ellos, a estas alturas (quizá más adelante), las agallas para forjar algunas políticas de largo plazo, que indudablemente tendrían que comenzar ahora mismo con mucha fuerza, como el objetivo de dónde debería estar ubicado el Perú dentro de diez o quince años, para no hablar de más.
Y paralelamente a esto, lo que se viene reclamando desde la vieja noche de la historia: que algún gobierno tenga la voluntad y el coraje de poner solo las piedras angulares a dos grandes reformas: la de la justicia y la de la educación.
García decía precisamente en su pasado discurso de asunción al poder que él desearía dejar al Perú el 2011 en una posición de liderazgo indiscutible en América Latina.
Si el mandatario cree que es capaz de trabajar por esa meta, entonces todos tenemos que verlo avanzar muy claramente en esa dirección, sin concesiones graves a un corto plazo que aparentemente parece robarse todas las energías de los consejos de ministros, mientras asoma ahí cerca un Congreso más dispuesto a ocuparse de sus intereses de grupo y de impunidad, que a acompañarlo desde el trabajo legislativo responsable y moderno.
Uno de los saltos del corto al mediano plazo podría consistir en organizar y afinar los cuadros burocráticos intermedios para darle solidez y eficacia gradual a la administración pública, lo que vendría a complementar muy bien las medidas de simplificación administrativa dictadas recientemente.
Gobernantes y ministros necesitan delegar y confiar más hacia abajo antes de asfixiarse hacia arriba, pretendiendo abarcarlo todo.
Y con el piso más o menos parejo y una confianza pública que no es moco de pavo, el Gobierno no necesita de psicosociales, métodos más bien propios de las autocracias y las dictaduras y de los que estamos de alguna manera curtidos, como para llevarnos el dedo a la boca.