El japonés Haruki Murakami es uno de los escritores más sofisticados y llamativos del momento. Su nuevo libro, Kafka en la orilla, que recurre al clasicismo tanto como a la fantasía, ha sido calificado por muchos especialistas como el gran acontecimiento literario de los últimos años.
Por Peter Elmore
La frontera imaginaria que separa a Oriente de Occidente es solo una de las que cruza, vertiginosamente y con frecuencia, la audaz escritura del narrador japonés Haruki Murakami. Intrincadas y ágiles, las ficciones de Murakami suceden en laberintos que son, al mismo tiempo, puentes entre mundos: el del sueño y el de la vigilia, el de la vida cotidiana y el mito, el del presente y el del pasado, el de la alta cultura y el de la de masas. La aventura -de escribir, de vivir-es para el autor de Kafka en la orilla sobre todo la experiencia de atravesar límites, de pasar al otro lado: la Odisea es la madre de todas las historias, la imaginación es la brújula que orienta las búsquedas.
Hasta hace pocos años, Murakami (Kyoto, 1949) era un autor de culto fuera de su país. Sus lectores foráneos formaban una tribu orgullosamente minoritaria, que celebraba la fabulación paranoica, el humor insólito y la posmoderna fusión de géneros de La caza del carnero salvaje (1982), El duro país de las maravillas y el fin del mundo (1985), Al sur de la frontera, al oeste del sol (1992) o Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994). La situación es ahora diferente. Kafka en la orilla encabezó la lista de los mejores libros del 2005 que propuso el New York Times; ese mismo año, el autor obtuvo el Premio Kafka, dos de cuyos ganadores en años recientes han recibido al poco tiempo el Premio Nobel.
UN WETHER NIPÓN (Y POSMODERNO)
En el Japón, pese al recelo de parte de la crítica y la incómoda sorpresa del propio escritor, Murakami es una celebridad desde 1987, cuando Norwegian Wood -un relato de amor y muerte que acaso tenga su paralelo cinematográfico en ciertas cintas de Wong-Kar-Wai - vendió dos millones de ejemplares y, de paso, propició una devoción casi fanática en no pocos lectores adolescentes, que hicieron de esa obra una especie de Werther nipón y posmoderno. La novela, titulada en homenaje a una canción de los Beatles, circula en castellano como Tokio blues. No deja de ser justo que, aun rebautizada, la obra tenga todavía un título en inglés, porque son anglosajonas varias de las afinidades electivas de Murakami. El autor, que decidió dedicarse a la literatura durante un partido de baseball y por una temporada se ganó la vida en un local de jazz, ha traducido al japonés, entre otros, a Scott Fitzgerald, Truman Capote y Raymond Carver.
Kafka en la orilla no es menos ambiciosa, excéntrica e intensa que La crónica del pájaro que da cuerda al mundo, la cumbre anterior en la bibliografía de Haruki Murakami. Novela de aprendizaje y ficción fantástica, Kafka en la orilla alterna en su relato dos líneas argumentales que, al principio, parecen provocadoramente autónomas.El arte del fabulador hace que los cursos de dos vidas paralelas -la de un quinceañero brillante y turbulento; la de un anciano que, al modo de los 'tontos sagrados' de las sociedades premodernas, tiene poderes mágicos y una mente pueril-converjan en un pliegue fabuloso del espacio-tiempo. En esta novela, el sino edípico de Kafka Tamura tiene su enigmático complemento en el drama de Nakata, despojado a los nueve años por fuerzas invisibles no solo de su inteligencia y su memoria, sino del afecto de sus padres: la identidad -el secreto del ser y estar en el mundo- es la cuestión de fondo que conecta, misteriosamente, al protagonista adolescente con su improbable protector. Un personaje nota que la sombra de Nakata es anormalmente pálida, como si una parte de ella se hubiera extraviado. Por otra parte, de Tamura se dice, con razón, que "busca y huye al mismo tiempo". Con él conversa un amigo imaginario que es, también, una especie de alter ego: se trata del 'chico llamado Cuervo', cuyo apodo es la traducción de la palabra checa 'kafka', que Tamura adopta como nombre propio. Kafka Tamura-lector voraz, melómano, atleta-está desubicado y, por eso mismo, quiere encontrarse; eso lo convierte en un par asiático de Holden Caulfield, el narrador y protagonista de El guardián en el centeno, la obra maestra de J.D. Salinger que Murakami, en un homenaje de lector leal, ha traducido al japonés. El adolescente precoz y el anciano de corto entendimiento son individuos radicalmente incompletos, ajenos a sí mismos. Ambos encarnan dos formas de experimentar el desarraigo y la nostalgia del bien perdido, como lo muestran sus peregrinajes paralelos a la ciudad de Takamatsu, donde un templo budista alberga un portal cósmico que de modos distintos será crucial para los dos.
SOLEDAD, NO AISLAMIENTO
En Kafka en la orilla, una solidaridad secreta conecta a seres que, a primera vista, parecen tener poco o nada en común: las diferencias de generación, género, educación, clase y hasta de especie no crean abismos insalvables, sino conexiones inesperadas. La soledad existe, pero no el aislamiento. Como otras novelas de Murakami, Kafka en la orilla ilustra esa certeza con un vigor casi maniático y un temple melancólico. Así, aun en el recogimiento del bosque, lejos del sonido y la furia de las ciudades, Kafka Tamura halla la ruta a un ámbito espectral donde están las presencias femeninas más importantes para él. Por otro lado, el cerco del autismo no impide que Nakata se haga amigo del camionero Hoshino, sin el cual no hubiera podido llevar a término su mítica misión.
La proliferación de lo fabuloso -gatos que hablan, espíritus que se encarnan fugazmente en íconos publicitarios, piedras mágicas y súbitos diluvios de peces, entre otros prodigios- evoca el mundo del animé, pero también las ficciones de Lewis Carroll, los cuentos de Las mil y una noches -que Kafka Tamura lee en la estupenda traducción de Burton- o la refinada Historia de Genji, de la dama Murasaki Shikibu. Esa imaginería exuberante enriquece y colorea al mundo representado, que no es nunca monótono ni gris. Sin embargo, la ficción está lejos de convertirse en un carnaval surrealista o un bazar de extravagancias: la variedad no degenera en caos ni se dispersa en todas las direcciones, porque el texto es tanto una red de vínculos como una galería de espejos. La red tiene como molde la estructura de parentesco, mientras que el efecto especular se funda en el motivo del doble. Esos principios formales tienen su nudo y su centro en Kafka Tamura, que refracta en su persona a Edipo, el rey tebano sentenciado por el destino a ser el asesino de su padre y el amante de su madre.
Acaso el mérito mayor de la última novela de Haruki Murakami radique, justamente, en narrar el drama edípico como una odisea de autoconocimiento adolescente en un mundo -el del capitalismo global y la condición posmoderna-donde el sexo y la violencia suelen estar sujetos a la lógica del mercado y de la sociedad del espectáculo. Murakami se niega a trivializar la sustancia de su ficción y, por eso, no la rebaja al rango de mero entretenimiento. La pasión erótica y la pulsión destructiva laten, poderosamente trágicas, a lo largo de Kafka en la orilla. Asumirlas y confrontarlas, sin falso pudor y con imaginativa lucidez, es lo que hace Haruki Murakami a lo largo de las casi quinientas páginas de su impresionante relato.