Clint Eastwood no deja de sorprendernos. Esta vez con un portentoso díptico que intenta cubrir los dos frentes de la famosa batalla que tuvo lugar el 19 de febrero de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial, en la isla de Iwo Jima.
Por Alberto Servat
Un episodio bélico del que los estadounidenses siempre se sintieron orgullosos y que, muy oportunamente, quedó impreso en una emblemática fotografía de Joe Rosenthal que luego se convertiría en monumento y símbolo nacional.
La primera entrega de Eastwood es "La conquista del honor", (arbitrario título para "Flags of Our Fathers", cuya traducción literal sería "Banderas de nuestros padres"), el enfoque de Iwo Jima desde la perspectiva de los estadounidenses. Está narrada en 'flash back' y pese a su enorme despliegue de recursos --la batalla luce real en cada plano-- se centra en una anécdota: los detalles de cómo se hizo la famosa fotografía y la campaña publicitaria que comenzó a partir de ese momento para mantener en alto la moral de la población durante la guerra.
Curiosamente no es en los momentos de acción donde encontramos a Eastwood en su plenitud, sino justamente en el repaso crítico de las circunstancias tras un hecho al que nadie se había atrevido a cuestionar. Eastwood es brillante justamente en esa mirada sarcástica, capaz de cuestionar a los héroes oficiales y a sus creadores. No hay disculpa sobre lo que vemos en la pantalla, solamente el triste caso de tres soldados que, por diversos motivos, se ven envueltos en uno de los grandes fraudes del siglo XX.
Es es el blanco al que apunta un excéptico Eastwood, incapaz de admitir un pasado heroico maquinado en las oficinas gubernamentales. Allí está la verdadera razón de un filme al que muchos vinculan con "Rescatando al soldado Ryan" (1998), de Steven Spielberg.
La verdad es que no veo mayor conexión entre ambas películas más allá de algunos aspectos visuales y narrativos, y la presencia de Spielberg como productor. Porque si bien es cierto que las dos historias son reflexiones de acontecimientos que tuvieron en la Segunda Guerra Mundial, son justamente esas reflexiones las que los convierten en películas muy diferentes. "Ryan" era una exaltación del héroe anónimo, con gran sentido de la aventura (de allí el rescate del título) y su aspecto más humano residía en enfocar el miedo y su superación en el campo de batalla. "La conquista del honor" es justamente lo contrario. Dirige su mirada a la invención del héroe como parte de la campaña bélica para conseguir el apoyo civil, niega las posibilidades de entender la guerra como una aventura e ilustra con frialdad el destino de quienes intentaron sin éxito convertirse en héroes. Esas características convierten el filme de Eastwood en un estudio crítico más que en una celebración del pasado.No hay gloria en el campo de batalla, parece gritar cada plano de las escenas bélicas del filme. Miedo, desolación, barbarie y miles de hombres aterrorizados que se enfrentan a un enemigo desconocido que, ellos no lo saben, comparten los mismos sentimientos.
Es prematuro cerrar el comentario sobre "La conquista del honor" sin haber visto "Cartas desde Iwo Jima", la película que narra el punto de vista japonés. El díptico tiene que ser apreciado en conjunto para entender la ambiciosa producción de Eastwood.