Domingo, 4 de febrero de 2007
Pequeños rehenes de la coca


El informe del domingo 4 LOS NIÑOS DEL VRAE
Se estima que el 92% de los menores del VRAE trabaja en sembríos de hojas de coca, por 3 soles diarios. Son la mano de obra barata del valle cocalero más grande del país

Por Nelly Luna Amancio y Norka Peralta Liñán

El hambre le impone una aritmética cruel a Clementina Flores (26): analfabeta, viuda desde hace un año, desterrada del terrorismo, campesina sin tierra del centro poblado de Palmapampa, al sur del valle de los ríos Apurímac y Ene (VRAE). Tres bocas de 10, 7 y 5 años por alimentar son iguales a seis pequeñas manos para trabajar durante todo el día en los sembríos de hoja de coca de algunos de sus vecinos. Con las de ella, serían ocho manos, pero una bebe de ocho meses, le impide sumarse al equipo.

El jornal diario de un menor de edad es de cinco soles por trabajar con la coca, con la 'coquita' como la llaman cariñosamente todos en el valle. Los tres hijos de Clementina solo reúnen diez soles tras deshojar las plantas por más de ocho horas. Las vacaciones escolares han generado en Palmapampa una sobreoferta de mano de obra infantil que ha reducido el mísero jornal de un niño cocalero de cinco a tres soles diarios.

Dos equipos periodísticos de este Diario estuvieron una semana en el VRAE, desde Villa Rica, Pichiwilca y San Francisco, hasta Pichari, Boca Mantaro y Natividad. Estas son las historias que encontramos de los niños cocaleros, rehenes de su entorno.

SOBREVIVIR AL DOLOR
"Con mi esposo ganábamos veinte soles", dice Clementina, sin resignarse aún a la viudez ni al hambre. En Palmapampa se concentra gran parte de esta sobreoferta, pues junto con Santa Rosa, Sivia, Llochegua y el valle del Ene, ostenta uno de los primeros lugares en producción ilegal de hoja de coca del país. Según las Naciones Unidas, en el VRAE se produjo 53.300 toneladas de hoja de coca en el 2004, con las que se elaboró más de 104 toneladas de pasta básica de cocaína (PBC).

Al norte del valle, en el distrito de Sivia, dos niños llamados Óscar, menores de 15 años, tienen las manos secas como las hojas de coca que ahora embolsan. Sus ojos disparan esa timidez revestida con miedo que acompañan los rostros de quienes son arrancados de su tierra. Ambos provienen de un pueblo que llaman Secclle, en Huancavelica, que no figura en los mapas oficiales.

Fueron contratados por una familia del VRAE para que por tres soles diarios deshojen, sequen y embolsen las hojas que después comprará el narcotráfico en la puerta de la casa donde ahora duermen. Un 92% de los niños de este valle atraviesa similares condiciones, de acuerdo con un estudio de Unicef. A unos metros de los Óscar de Sivia, en la puerta de la única escuela del distrito, seis niños modelan en el barro los helicópteros antidrogas de Palmapampa que a diario ven sortear por los aires. Algunos de ellos aún no trabajan con la coca, pero intuyen que esos helicópteros algo tienen que ver con los cultivos de coca de sus padres y vecinos.

Siguiendo la ruta del norte, en Llochegua, el distrito donde encuentran cobijo las 'firmas' del narcotráfico, Marta, la niña a la que convirtieron en madre a los 15 años, oculta la herida de sus dedos. "Siempre te cortas cuando deshojas la coca, pero te acostumbras", dice acomodando al niño que lleva en brazos. La costumbre es el analgésico de los niños de la coca que miden tanto como la planta ya madura: menos de un metro y medio. Para Juan Carlos, el niño de 10 años que llegó a San Francisco arrancado de Huanta, la costumbre tiene un tortuoso principio. La semana pasada trabajó deshojando la coca y no le fue bien. Era la primera vez que lo intentaba y apenas recogió ocho kilos, por eso quienes lo contrataron lo enviaron antes a sacar la mala hierba que impide el crecimiento de estas plantas. Hacer eso también le corta los dedos porque la maleza es filosa y pegajosa.

El mismo estudio de Unicef señala que el 15% de los niños del valle ha tenido algún accidente en la chacra. Un porcentaje alto comparado con lo registrado en zonas cocaleras como el Huallaga (4%).

Los cocales son la única forma de subsistencia para las familias, porque no hay otro cultivo que les otorgue los mismos ingresos mensuales, estimados entre 200 y 300 soles. "Para los padres es normal que su hijo los acompañe a cultivar la coca", dice Miguel Tineo, uno de los promotores de Cedro en el valle.

Clementina y sus hijos no tienen más que una choza hecha con hojas de maíz. Al cruzar el umbral de la puerta se avistan cerros tras cerros sembrados con hoja de coca. Son terrenos pequeños, pocos llegan a una hectárea de extensión, pero debido a la tecnificación de los cultivos su producción de hoja de coca supera al de otras zonas cocaleras del país.

Según las Naciones Unidas, una hectárea de hoja de coca en el VRAE puede producir de 300 a 400 mil plantas, cuando en otros lugares se produce de 50 mil a 60 mil plantas. Solo el 8% del total de su producción es legal.

En esas tierras trabajarán por años los hijos de Clementina. Su estirpe es la de los peones, como se llama a la mano de obra barata. También están condenados a ser peones los que abandonaron sus casas y chacras huyendo de los remanentes del terrorismo como los esposos Demesio Flores Méndez y Herminia Romero Cusi.

La pareja admite que ellos y sus cuatro hijos deben cosechar la coca de otros para sobrevivir. "Todo lo que tenemos es un burrito y una gallina", dice Demetrio. Ser peón es, en suma, una oportunidad para subsistir. Así lo cree también un joven regidor de la zona que emplea a media docena de niños peones en su pequeña chacra repleta de hoja de coca, a la vera de la trocha carrozable que conduce a Palmapampa.

"El 99% de la población siembra coca y da trabajo a los niños que vienen de todas partes para que se ganen alguito", refiere la autoridad. A lo largo del camino, desde San Francisco hasta Villa Rica, decenas de niños deshojan la planta y secan sus hojas bajo sus pies.

El 78% de los padres entrevistados por Unicef considera que el trabajo en la chacra no interfiere con la educación de sus hijos, aunque según el Ministerio de Educación, los niños que trabajan faltan tres veces más que los otros niños al colegio.

SE BUSCAN PEONES
La ministra de la Mujer y desarrollo Social, Virginia Borra, señala que el Gobierno conoce la realidad de los niños cocaleros del VRAE. Reconoce también que ello es consecuencia de la economía de la sobrevivencia en la que está inmersa la mayoría de la población. "De allí que muchas madres y niños se dediquen a este tipo de trabajo. La solución es pensar en cultivos alternativos que sean más rentables que la hoja de coca", comenta la ministra. Pero la solución, lo admite "es un tema a largo plazo".

El auge del narcotráfico en el valle generó que las familias no solo se dediquen al cultivo de la coca, sino que accedieran a su procesamiento para convertirla en droga. Esto incrementó la demanda de mano de obra barata, principalmente la de los niños, grupo que representa el 50% de la población del VRAE.

Desde las cuatro de la mañana sus pequeñas sombras se mueven en el paradero central del distrito de Kimbiri, en el Cusco. Una camioneta station wagon los recogerá para llevarlos a las chacras a deshojar, secar y embolsar la hoja de coca. Al final de la jornada, cerca de las cuatro de la tarde, habrán juntado unos 20 kilos, que es igual a cinco soles. No más, tal vez mucho menos.

Sus manos adormecidas y de dedos ennegrecidos recibirán las monedas del acopiador. Esta rutina se repite todos los días, menos los domingos. Con los años la relación de esta niñez y el narcotráfico se hará más estrecha.

A Manuel Ccente (12) alguien le contó sobre la demanda de mano de obra infantil en el VRAE y fugó de Huanta, lejos de los maltratos de unos tíos, con la esperanza de cosechar y secar hoja de coca. Se quedó en San Francisco, a medio camino. La policía lo reportó como extraviado y terminará en un albergue. Quizás tuvo suerte, quizás no.

MOCHILERO O BURRIER
El tránsito de niño recolector de coca a transportador de droga es un proceso casi natural. Al llegar a la adolescencia pasará a ser 'mochilero', como se llama a los jóvenes y adolescentes que trasladan entre ocho a diez kilos de droga ya procesada a través de rutas inaccesibles para la policía. Un 'mochilero' gana cien dólares por viaje, la tercera parte de lo que gana Carlos Córdova, un ex estudiante de ingeniería, tras un año de arduo trabajo en su chacra de café y cacao. "No me arriesgo porque tengo familia", dice Carlos, padre de un niño de 3 años, por el que --dice-- también debe sembrar coca.

Un 'mochilero' también tiene familia solo que con problemas económicos tan urgentes que hasta los narcos lo saben. "Es por eso que los contactan", comenta un alto mando policial de la zona. Les dan la carga, un arma y una amenaza: "Conozco a tu familia". La mayor parte de los mochileros son captados por las firmas en Llochegua, una ciudad de once mil contradicciones. Once mil personas viven entre el narcotráfico y la subversión, entre estrechas casas de madera, camionetas 4x4 del año y pistas sin asfaltar. Una comunidad donde la oferta de mochilas excede la de los niños matriculados en la escuela.

Los jóvenes mochileros son los encargados de sacar la droga hacia Huanta o Huamanga. El 80% de la cocaína que sale del país se produce en el VRAE. Por ejemplo, solo en el caso de Kimbiri y Pichari, distritos de La Convención, en el Cusco, se detectó 5 mil hectáreas de cultivos ilegales, que producen unas 18 mil toneladas de hoja de coca, más que suficientes para fabricar 51 toneladas de cocaína. Pese a estar inmersos en el procesamiento de la droga, los agricultores son el eslabón más débil del narcotráfico, el que se queda con solo el 1% de los siete mil millones de dólares que genera la comercialización de la droga en el país, según la Dirandro.

El narcotráfico se ha convertido además en aliado de los remanentes de Sendero Luminoso en Llochegua y Vizcatán. A este peligroso contexto en el que se desenvuelven los niños del VRAE se suma la elección de cinco alcaldes vinculados con el líder cocalero Nelson Palomino, que encabeza la agrupación Kuska Tarpuy (sembrando la hoja de coca). Ellos son: Pedro López (Llochegua), Alejandro Gutiérrez (Sivia), Miki Dipas Huamán (Pichari), Telésforo Ochoa (Santa Rosa), Eduardo Urbano Méndez (Ayna). Todos han dicho que defenderán el cultivo de la hoja de coca, por encima de los objetivos que el Gobierno se planteó en el denominado plan VRAE.

En el valle quien no es cocalero 'mochilero' puede ser 'burrier', aunque ello conlleve caer en algún control policial en la carretera. Hasta la fecha, solo dos menores de edad ha sido capturados como 'burrier'. Según los registros de la Fiscalía Provincial Mixta de Ayna-San Francisco, dos menores de 17 años fueron apresados el año pasado cuando transportaban PBC. Por ser menores de edad fueron derivados a centros juveniles de Lima. Ningún joven ha vuelto a caer desde entonces.

EN PUNTOS
Entre el abuso en el campo y en la casa
4 Explotación infantil
El trabajo de los niños en los cocales es una de las peores formas de explotación infantil, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En ese grupo se encuentran las niñas prostitutas de Cuba.

4El abuso de los padres
La forma más habitual de castigo físico contra los niños es la ejercida por los propios padres. Según Unicef, el castigo corporal fue aceptado por el 64% de los padres entrevistados.

4No hay reportes
La mayoría de las instituciones educativas del valle se cae a pedazos, pero según el Ministerio de Educación, sus direcciones regionales en el VRAE no lo han reportado.

LA FRASE
"Hay que empezar de cero en el VRAE porque ninguna ONG de la zona o alguna entidad del Estado conoce la dura realidad en la que viven los niños cocaleros del valle"
JORGE FERNÁNDEZ MÁVILA
DEFENSOR DEL PUEBLO DE AYACUCHO

Más información:
4 V
ea nuestra infografía "La ruta del reportaje"
4 En el paraíso o el infierno   
4 EN PUNTOS: Testimonios de una realidad olvidada





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