Si algo nos queda claro tras esta nueva epopeya de Mel Gibson es su oficio para narrar una película de aventuras. También quedan a la vista las principales características de su personalidad y su credo, de manera que para comentar "Apocalypto" y hacernos una idea completa sobre ella y su autor debemos ir por partes.
"Apocalypto" es de esas películas que nos producen sentimientos encontrados debido a su apariencia y al trasfondo que encierra. En su búsqueda de novedades, Gibson ha pasado de la Jerusalén de los Evangelios a la América Precolombina. Sitúa a sus personajes en el mundo maya y teje una historia de supervivencia. Un hombre, inmerso en la sana vida de su tribu, es esclavizado y sometido a torturas hasta convertirse en una de las muchas ofrendas en una ceremonia religiosa. Debe escapar y sobrevivir a la más brutal cacería.
Como decía, el relato va de comienzo a fin sin tropiezos. Y aquí está la mayor habilidad de Gibson, que sabe cómo llevarnos por una serie de situaciones de gran violencia.
Pero Gibson no es tan original como pretende porque todo en el filme ya lo hemos visto antes, tanto en sus propias películas (hay escenas calcadas de "Corazón valiente") como de muchas otras. En todo caso, sus méritos están en encontrar un ritmo apropiado para no cansar y hacer creíble lo que vemos en la pantalla, al menos durante el tiempo de proyección. Todo lo demás es un cúmulo de clichés, de manera que la travesía del héroe, por entretenida que pueda resultar, no es más que un refrito.
Lo que confiere a todo un tono de novedad es que se desarrolle en un escenario pocas veces tocado por el cine: el mundo precolombino. No recuerdo haber visto alguna otra película sobre la cultura Maya además de "The Kings of the Sun" (1963), de J. Lee Thompson. Y el resto de civilizaciones prehispánicas tampoco han despertado mucho la atención de los cineastas, pero puedo citar "The Woman God Forgot" (1917), de Cecil B. DeMille, y "La real cacería del sol" (1969), de Irving Lerner. Por ello, la nueva entrega de Gibson tiene un aura de película única, subrayada además por el lenguaje hablado y la ausencia de estrellas de cine en beneficio del 'realismo'. Pero esa es toda la novedad. El héroe de la película (interpretado por el muy efectivo Rudy Youngblood) es tan audaz, valiente, idealista y capaz de sobrevivir a las mayores pruebas físicas como cualquier superhéroe. Es individualista y se ajusta a un rígido código moral y de justicia creado por él mismo. Su perfil no dista mucho de William Wallace o del propio Jesucristo, por no mencionar al Hombre Araña. Las pruebas que está obligado a realizar lo distancian de cualquier ser humano común y corriente y allí el realismo que Gibson dice imprimir se acaba. No importa, esto no descalifica un filme de aventuras porque el cine tiene que ser más grande que la vida. Eso no se cuestiona porque sus puntos flacos son otros y de mayor peso.
Y aquí es cuando entra un Gibson lleno de prejuicios, tremendamente reaccionario, y tan audaz e irresponsable a la hora de exponer sus ideas que nos ofrece un mundo maya aterrador en su salvajismo. Incapaz de mirar de otra manera a una civilización que no conoce, que no entiende y que le debe parecer repulsiva, solo enfoca los aspectos negativos: sacrificios humanos, deformidades, brutalidad. Por supuesto, remata la cinta con un epílogo que solo su afiebrada mente pudo concebir.
Quienes no han visto la película no sigan leyendo porque voy a mencionar algunos detalles del final: en la última escena, después de más de dos horas de haber visto el endemoniado mundo maya --una especie de "El jardín de las delicias" de El Bosco pero habitado por indios americanos-- contemplamos la llegada de los conquistadores. Una cruz muy visible, sostenida por un sacerdote, aparece ante nuestros ojos. De manera que podemos irnos tranquilos a nuestras casas porque el horror precolombino se acaba y comienza el reinado de la paz y la civilización cristiana. Amén.