Por Ricardo Bedoya
Son franquicias y se extienden y multiplican mientras haya alguien dispuesto a seguir comprándolas. Piratas del Caribe, en el fin del mundo, es una de ellas, y se ha convertido es la apoteosis del aburrimiento estirado hasta el infinito. La relativa originalidad de la primera cinta de la serie, que combinaba piratería y elementos fantásticos, se diluyó y apenas quedan por allí algunos toques siniestros que llaman la atención.
Ya van tres partes y se anuncia una cuarta, a juzgar por el "bonus" del rayo verde que se esconde, luego de varios kilómetros de créditos de cola, al final de la película. En realidad, es un "bonus" que ven muy pocos porque aparece cuando el público, medio entumecido por dos horas cuarenta de proyección sin sustancia, ya abandonó la sala.
¿Qué hay en Piratas del Caribe? El mismo "combo", el mismo sabor y una lonja más de carne y queso agregados. O de gaseosa en vaso más grande. La serie aumenta en volumen (es decir en tiempo de proyección, en gordura: se hace más ancha y fofa), pero trata de mantener la misma apariencia y aroma: todo es incoloro, inodoro, insípido.
LOS SIETE MARES SON PISCINAS
Las batallas son una suma de estruendo más estrépito. Los galeones, truquitos digitales. Los siete mares: piscinas agitadas por el viento de las máquinas del estudio. Los actores: la mezcla impúdica de la afectación y el amaneramiento. Johnny Depp (Jack Sparrow) se mueve, a ratos, con cadencias de rumbera caribeña y, a ratos, como mono de organillero. Orlando Bloom es el galán más soso de la historia del cine, y Keira Knightley debería especializarse en adaptaciones de Jane Austen porque en Orgullo y prejuicio se le veía más cómoda. Geoffrey Rush sobreactúa como quiere porque para eso está: los piratas son excesivos y truculentos y él se toma el papel en serio. Lo mismo pasa con Chow Yun-Fat, que se cree tan fiero como Sessue Hayakawa en el cine mudo. Y, entre todos, lo único que hacen es acumular situaciones banales y agitación, ya que no acción, reiterando lo que vimos en la primera película de la franquicia (¿o fue en la segunda?).
Hace poco, Scorsese decía que en toda cinta, hasta en las peores, se encuentran momentos que sorprenden o llaman la atención. Es verdad, a veces. En medio del sopor que provocan estos Piratas hay cuatro momentos rescatables: las ejecuciones iniciales; la imagen del tentacular Davy Jones (Hill Nighy) atrapando una de sus lágrimas; la del fin de Beckett con las piezas y astillas del barco volando en cámara lenta y, la mejor de todas, las imágenes de la secuencia de Depp en medio del desierto con el galeón. Los encuadres allí tienen una composición visual casi de cartoon: abstracta, insólita, estilizada. Es un pasaje que, en conjunto, luce como un clip promocional añadido al transcurso del filme. Pero todas esas imágenes juntas duran tres minutos de un total de 167 de proyección. Hagan restas y saquen cuentas.
OTRA DE PIRATAS
En un comentario aparecido la semana pasada se decía que luego de esta saturante película nadie en su sano juicio se animaría a ver otra de piratas. Yo, sí. Los piratas son uno de los ciclos más fascinantes del género de aventuras, así que para extirpar esta franquicia de la memoria lo mejor es correr al DVD y contemplar la gracia coreográfica en Technicolor de Jean Peters en Ana de las Indias, o de Burt Lancaster en El pirata hidalgo, o de Erroll Flynn en El halcón de los mares, o para escuchar las blasfemias de Anthony Quinn en Vendaval en Jamaica, o para recrear el mito libertario de La isla de la Tortuga. La gloriosa Hermandad de los Piratas no se merece a este pesado de Sparrow.
ALGO QUE NO DEBE DEJAR DE VER
La Filmoteca de la Universidad Católica inicia tres ciclos que no se pueden dejar pasar: Luchino Visconti, Marcello Mastroianni y los cines del Asia (Japón, Tailandia, China, Taiwán). La programación total se extiende hasta agosto, cuando empiece el Festival de Cine. No vamos a repetir el interés extraordinario de los italianos ni de Kurosawa -del que se proyectará su obra completa-, pero sí señalamos tres verdaderos acontecimientos: la proyección de un conjunto significativo de cintas de los japoneses Yazujiro Ozu, Kenji Mizoguchi y Mikio Naruse. Las películas de estos maestros encarnan lo mejor, lo más bello, perfecto y armónico que ha dado el cine en sus más de cien años de existencia. Los que no hayan visto Viaje a Tokio, de Ozu, o La vida de Oharu, de Mizoguchi -o cualquier otra cinta de este cineasta fuera de serie-, o Madre, de Naruse, todavía no saben lo que el cine es capaz de dar.