Por David Hidalgo Vega
Dalmer Quintana deber ser uno de los pocos cineastas que no tienen idea de lo que es un 'avant premier'. "¿Será posible eso en esta ciudad donde ni siquiera tenemos un cine?", se pregunta el muchacho mientras el taxi en que vamos da vueltas intrincadas por las calles de Huancayo. La pregunta no es retórica. Alguna vez esta fue una ciudad de cinéfilos. Los habitantes más antiguos recuerdan el cine Astoria, con sus alfombras y butacas rojas, tan elegante como cualquier sala de Lima. O el cine Mantaro, propiedad de una familia que poseía otra sala en el distrito capitalino de San Borja. O el cine Central, donde un día estalló una bomba terrorista que consumió su pantalla y, de paso, las ganas de volver de muchos espectadores. Al menos unas siete salas alimentaron las fantasías en celuloide de esta ciudad en los Andes centrales. En la plaza todavía está el local de la última, que, siguiendo el fatalismo espirituoso de la filmografía nacional, ahora es un templo evangélico. Dalmer, el último romántico del cine huanca, tiene razón para su escepticismo: pronto estrenará su tercer filme en una ciudad donde hace tiempo dejaron de hacer falta los cineastas.
Para escapar de ese desaire, Dalmer es abogado. Antes tenía una empresa de reciclado de papel y ahora preside una asociación independiente que ayuda a que otros jóvenes generen su propio trabajo: Juventudes en Alianza para el Desarrollo (JADE). Es un colectivo que agrupa a unas cincuenta personas. "La idea es apoyar a quien tenga un objetivo, facilitar el camino", indica. Puede ser que alguien llegue con la idea de una microempresa y encontrará el consejo oportuno de cómo empezarla. Uno de esos proyectos es el de Xiomara, una muchacha que quiere lanzarse como cantante: Dalmer la ha incluido en el soundtrack de su nuevo filme. Muchos son actores que intervinieron en sus películas, de modo que la asociación ha abierto un nuevo rubro: Jade producciones, una empresa cinematográfica.
El auto se detiene en una esquina de un parque cercado por un muro incrustado de piedras, a la manera de una gigantesca pieza de artesanía. Es un intrincado complejo de jardines surcados por canales de agua, con puentes grandes y pequeños, caminos que conducen a estatuas doradas y estatuas doradas guarecidas por cobertizos de enredaderas: un fotógrafo, un lustrabotas, una danzante de folclor, un violinista. En el centro hay un enorme mate burilado, otro de los orgullos de la artesanía local. Un surrealista castillo de piedras completa la obra. Se trata del Parque de la Identidad Huanca, un espacio, no libre de detractores, que ya es una joya del turismo regional. Y es uno de los escenarios de la película con que Dalmer Quintana acaba de entusiasmar a la prensa de la ciudad: "Identidad".
TERCER DEBUT
El argumento cuenta de unos universitarios que, gracias a las enseñanzas de su profesor del curso de Realidad Nacional, descubren una nueva forma de mirar su ciudad y los problemas que la afectan. El problema es que el maestro es argentino. "Al principio no lo respetan, lo cuestionan por enseñar ese curso sin ser peruano y él debe ganárselos; en una escena el maestro sale a repartir pan entre los pobres y con eso les va revelando lo que pasa. Se gana a los alumnos siendo más peruano que ellos", explica Dalmer. "Identidad" es una cinta edificante. "El que la vea se va a sentir feliz de ser de donde es, feliz de ser huancaíno", insiste.
El trabajo ha sido casi heroico. Dalmer no tiene cámaras profesionales y cada filme suyo ha sido hecho con el tipo de filmadora que entraba en el presupuesto de ocasión. "De hecho, no tenemos las facilidades de la gente que hace cine en Lima, pero ahí estamos, dando la lucha", dice este joven con la actitud de quien siempre está dispuesto a sacar lo menor de las adversidades. La primera vez que lo hizo fue para la cinta "Corazón joven", otra de sus historias con mensaje social y su debut como cineasta. Cuenta la historia de dos primos, uno que vive en Huancayo y otro que ha hecho su vida en la capital. Cuando este último llega de visita, muestra los prejuicios y las actitudes despectivas de quien proviene de la gran ciudad. "Como se siente cosmopolita, actúa como si Huancayo fuera un pueblito donde todo el mundo anda con llanques. Pero esta también es una ciudad cosmopolita, hay mucho movimiento comercial, la gente es emprendedora".
La segunda vez, fue para el filme "Seis rosas de amor", una comedia romántica que le ha traído más satisfacciones. En este caso, bajo una historia de enredos amorosos, Dalmer desliza el tema de los prejuicios sexuales: dos amigos muy cercanos tienen problemas con sus conocidos y familiares cuando se sabe que uno de ellos es homosexual. El argumento plantea el respeto a las diferencias. "Muchos hacen cine solo para entretener, pero nosotros lo hacemos para educar", señala el solitario director.
HUANCAYO MON AMOUR
Dalmer tiene otras formas de compensar las carencias. Para su nueva película organizó un taller teatral de cuatro meses con el fin de adiestrar a su equipo. Allí pudo compartir con el elenco las lecciones que él había recibido en Lima con el prestigioso actor Reynaldo Arenas o las que meses atrás captó del actor Marcelo Oxenford cuando llegó a dar una clase maestra. Pero la ayuda más significativa provino de un hombre a quien no le costaría demasiado escribir un guion de su propia travesía: el actor argentino Alberto Estévez. "Nuestros actores son muy jóvenes, pero se han enriquecido con su experiencia", comenta Dalmer, respetuoso.
Estévez es un hombre alto y barbado, de reposados ojos claros y acento cantado que lo delatan como extranjero. Su argumento vital dice que llegó hace dos años y medio en una travesía en bicicleta desde Buenos Aires. Había llevado una vida de renuncias hasta que se decidió a realizar el periplo postergado desde la juventud. Su trayecto no terminaba en estas cordilleras, pero se enamoró de una huancaína que lo hizo anclar definitivamente. "El que viene a Huancayo y no se enamora, no tiene sentimientos", dice como apelando a las líneas de un tango reinventado. Acaso del guion que quiso encarnar.
Estévez hizo de todo antes de recalar en los Andes centrales. Trabajó en una compañía de teatro regular, hizo largos montajes de obras religiosas y hubiera seguido de no ser por dos motivos contundentes: una enfermedad que casi le quita una pierna y la oposición férrea de su primera esposa. "Renuncié al teatro por un matrimonio que significó 19 años de tortura", hace un recuento de los daños. Entonces se dedicó a la radio y compensó con la voz la nostalgia de las tablas. Décadas después, en el laberíntico parque dedicado a su identidad adoptiva, Estévez dice sentirse en su mejor momento. "Pocas cosas no me gustan en este lugar de bellezas. A lo mejor el trato al turista, que resulta un tanto abusivo", comenta.
Hasta hace poco se ganaba la vida haciendo un poco de radio, pero recientemente recibió el encargo de dar clases de actuación para el novato elenco reclutado por Jade Producciones. Ahora es protagonista en un filme que lo ha devuelto a la pasión de su vida: interpreta al maestro de Realidad Nacional. "En mi papel reflejo lo que siento por Huancayo: Aquí he cosechado muchas amistades, aparte de la mujer que me ha dado un hijo y una nena de cuatro meses", refiere.
El veterano actor está tan emocionado como su emergente director. Vistos así, caminando ansiosos para llegar a las entrevistas de los medios locales, parecen el equipo perfecto para encarnar una utopía. Está claro que la película no les va a reportar grandes ganancias, pero es lo de menos. Uno cumple el sueño de llevar sus historias a pantallas mayores y el otro parece reconciliarse consigo mismo. Si todo sale bien, como es de esperarse, el próximo viernes 15 tendrán su 'avant premier' y Huancayo, la ciudad sin cine, será testigo de una noche cinematográfica.