ANÁLISIS

La parábola de San Petersburgo

Por Gonzalo Galdos, Ingeniero*

Si usted no invirtió en la Bolsa de Valores de Lima en los últimos 18 meses, en algún momento ganas no le deben haber faltado, llegando la tentación al extremo de evaluar la venta o hipoteca de algunos bienes para aplacar esa sana envidia hacia sus amigos que presumían de ganancias inusuales. El plato estaba servido, las condiciones dadas y, si usted se abstuvo, miles de personas sin un conocimiento siquiera básico de cómo funciona la bolsa sí invirtieron subyugadas por expectativas sin fundamento y presas de un nerviosismo solamente comparable al de los caballos en un partidor de carreras.

Lo que sobrevino después es historia reciente y conocida. La señal se dio, el partidor se abrió pero no para correr, sino para retroceder y retirarse en medio de la vorágine de la mayor caída en 12 años. En resumen, como dijo la presidenta de la BVL, estas personas entraron tarde, compraron caro y salieron antes de tiempo, vendiendo bajo y perdiendo un dinero que estuvo en riesgo todo el tiempo. Solo unos pocos purasangre como las AFP no se desesperaron, tomaron aliento y siguieron hacia adelante con paso tranquilo y seguro, comprando sin competencia ni premura.

Seguramente nos preguntamos qué provoca una actitud tan distinta entre los que prefieren no invertir en bolsa, los que lo hacen nerviosamente y los que siguen como las AFP. Permítanme utilizar un ejemplo sencillo para explicar la diferencia. Imaginen tres personas que invierten US$1.000 en la bolsa con una expectativa de ganar US$1.100 en un mes. Transcurridos 15 días, y en medio de todo este nerviosismo coyuntural, una persona les ofrece comprar las acciones a los tres por US$1.025. Uno vende, el segundo rechaza la oferta y al tercero le es indiferente. En términos generales, el que vende es adverso al riesgo, el indiferente es neutral y el que rechaza la oferta es proclive al mismo (Daniel Kahneman).

El caso de los que prefieren no invertir en bolsa, a pesar de su atractivo explícito y objetivo, es distinto. Este rechazo sistemático a oportunidades atractivas que involucran riesgo se conoce como la parábola de San Petersburgo (David Bernoulli) y es una expresión psicofisiológica fundamental que hace que las personas no reaccionen de la misma forma ante la oportunidad de ganar que ante el riesgo de perder, aunque la opción sea la misma. En otras palabras, el riesgo de pérdida económica tiene un mayor impacto en las decisiones de las personas que el atractivo de ganar. Por eso a muchas personas no les gustan los juegos de azar.

Este ajuste subjetivo de valores monetarios en nuestra mente se llama la función utilitaria de cada persona y depende de su temperamento frente al riesgo. Si no existiera el efecto de la parábola, las personas se volcarían en una forma masiva a invertir en la bolsa, aun desconociendo cómo funciona y cuáles son los riesgos asumidos. Constituye, por tanto, un mecanismo regulador que funciona como un asesor visceral de inversión.

Podríamos caer en el simplismo de pensar que todos los afectados por la parábola no son personas de negocios; sin embargo, ese supuesto es inexacto porque la función utilitaria es también la cuantificación de las preferencias de las personas respecto a temas, objetos y bienes, asignándoles a todos ellos valores económicos objetivos. Los ejemplos van desde quien paga US$100 millones por ir al espacio, pasando por quien compra un auto de colección en US$100.000, siguiendo por el padre de familia que invierte la mitad del sueldo en educar a su hijo y terminando por el aficionado al fútbol o a la música que deja de comer para comprar la entrada a un partido o a un concierto. Como podemos ver, la función utilitaria nos indica que el valor real que le asignamos a cada cosa es distinto y muy personal. Pero, en el fondo, todos deseamos maximizar nuestra utilidad --unos con dinero y otros con satisfacción--.

En las empresas, los gerentes también son afectados por esta parábola, pero como sus responsabilidades involucran en forma inherente un cierto nivel de riesgo, esta ha adoptado una forma más sofisticada. Se llama función ponderada (Craig R. Fox) y describe cómo la mayoría de ellos no piensa racionalmente acerca de las probabilidades de éxito en una decisión, dado que aquellas cercanas a 100% son consideradas a menudo, y erradamente, seguras y, en el extremo opuesto, se sobredimensionan alternativas poco probables en comparación con aquellas improbables o imposibles.

En nuestro ánimo siempre pesará más el riesgo de perder que la oportunidad de ganar. Por eso se dan las corridas en bolsa y el abandono empresarial de productos o inversiones riesgosas ante el menor síntoma de peligro. Como reacción en cadena, a veces las instituciones financieras desarrollan mayor capacidad de análisis de las garantías que de los propios negocios destino de sus créditos. Por eso sobran créditos para las empresas en marcha y faltan los mismos para hacer realidad buenas ideas.

Si bien es cierto que en algunas loterías la probabilidad de que le ocurra un accidente yendo a comprar el boleto es mayor que la de ganar, no se les puede quitar a las personas el derecho de hacer con su dinero lo que crean conveniente. La parábola de San Petersburgo tan solo nos recuerda un principio sociológico y es el siguiente: las cosas buenas terminan saturando mientras que las cosas malas van incrementándose.

La especialista en decisiones Leigh Thompson nos dice que hay tres tipos de decisiones: en la certeza, es decir con 100% de seguridad de lograr el resultado deseado; con riesgo determinado, en cuyo caso depende de su temperamento; y finalmente en la incertidumbre, cuando usted no tiene idea del riesgo involucrado. En este último caso se trata de una negligencia profesional que puede llegar incluso a ser una tragedia económica.

Tome conciencia de que no es un médico en sala de emergencias quien, ante la inminente muerte del paciente, debe operar a pesar de una bajísima probabilidad de éxito. Usted sí puede informarse primero, entender el riesgo involucrado, proyectar el período de inversión y, finalmente, decidir responsablemente.

*DIRECTOR DE LA ESCUELA DE POSGRADO DE LA UPC