"Su trabajo en la Comisión de Constitución lo salva de la ácida resaca de la comisión evaluadora para el TC"
Por Juan Paredes Castro
Si hay algo que administra muy bien el Congreso es su rito frecuente de hacer culpables de los inocentes e inocentes de los culpables.
El otoronguismo es el principal producto de esta especie de limbo terrenal, que siempre está por encima o por debajo del cielo y del infierno político.
No podemos decir con certeza, por ejemplo, si el oficial mayor, José Cevasco, era culpable o inocente. Nadie ha llegado a esa conclusión. Ni nadie quiere saberlo. E inclusive él mismo parece tener sus propias dudas, porque esperó que le dieran una suspensión de 15 días para recién allí renunciar irrevocablemente.
Ahora bien: ¿En verdad Cevasco le ocultó a Mercedes Cabanillas la reunión de Javier Ríos con Mantilla y compañía? Por ahora le creemos a Cabanillas que así fue hasta que Cevasco, si tiene una historia distinta, la cuente alguna vez.
En el caso de Aurelio Pastor, presidente de la Comisión de Constitución y también presidente de la comisión evaluadora de candidatos al Tribunal Constitucional, ¿qué queda del uno y qué del otro, a la luz del escándalo vivido, de la caja de Pandora abierta al final y de lo que, en medio del zafarrancho, conviene rescatar hacia delante?
Pensamos que queda el presidente de la Comisión de Constitución por encima de la ácida resaca de una comisión evaluadora en la que Pastor no puede cargar con el muerto entero sin la responsabilidad compartida de otros colegas suyos y de las bancadas políticas de la repartija, que actuaron como tenazas de presión sobre el parlamentario aprista, que pagó un prematuro duro noviciado en una pelea de viejos otorongos.
Digamos que a Pastor se lo puede juzgar por haber administrado mal la evaluación. No así la votación del plenario, a cargo de Mercedes Cabanillas. Se lo puede pasar por la moledora de carne diez veces más. Pero no hay forma de encontrarlo culpable ni cómplice de un ilícito penal o de una deliberada maquinación propia para conseguir tal o cual objetivo oscuro, que sí parece que lo abrigaba alguna bancada en particular, interesada en llevar a Ríos al Tribunal Constitucional.
Pastor no tenía pasta de aprendiz de brujo para meterse en lo que se metió. Debió limitarse a su dedicado trabajo en la Comisión de Constitución. Es en él que ha logrado consensuar una serie de importantes dictámenes de reforma constitucional, en los que al revés de lo ocurrido con la votación de los candidatos al TC, predomina el interés por perfeccionar nuestro sistema político.
No será fácil librar a Aurelio Pastor de su pesadilla. Pero tiene derecho a un amanecer de promesas nuevas.