Por Héctor López Martínez
Este año se cumplen ocho siglos desde que se culminó la copia del Cantar de Mío Cid por el misterioso Per Abbat, personaje sobre el cual se han tejido diversas teorías, pues algunos eruditos han llegado a decir que no fue un simple calígrafo sino el autor del Cantar que culmina, en forma inmejorable, el largo proceso en el cual el arte de los juglares había producido, desde mucho tiempo atrás, numerosos relatos épicos. Las hazañas de Mío Cid que recoge el poema de gesta, escrito alrededor del año 1140, relatan los avatares bélicos y políticos de un caballero -Rodrigo Díaz de Vivar- que vivió entre 1043 y 1099. Nos interesa recordar al hombre que está detrás del poema, quien vivió en el siglo XI, cuando ya no existía la monarquía visigótica y lo que hoy es España estaba fragmentada en varios reinos, mientras que la que podríamos llamar España musulmana, que por mucho tiempo estuvo unificada bajo el Califato de Córdoba, también había entrado en crisis dividiéndose en gran número de reinos moros, que no pocas veces abarcaban tan solo una ciudad.
Este fue el mundo en que vivió y murió Rodrigo Díaz de Vivar, Mío Cid, que es derivación del árabe "sayyidi", es decir, "mi señor".
UN JOVEN Y VALEROSO CABALLERO
El Cid nace, como ya se dijo, hacia 1043 en Burgos o en la aldea de Vivar, solar de su familia, a solo nueve kilómetros al norte de la ciudad mencionada. Su padre era Diego Lainez y, desde que tuvo uso de razón, Rodrigo vivió en un ambiente caballeresco. El rey de Castilla Fernando I (1035-1065) cometió el error de dividir sus Estados. A su muerte su hijo Sancho, coronado como Sancho II, heredó Castilla. El nuevo rey había sido compañero de juegos infantiles de Rodrigo Díaz y les unía una gran amistad. Alfonso, el otro hijo de Fernando I, heredó el reino de León, García obtuvo Galicia y las hijas, Urraca y Teresa, recibieron los señoríos de Zamora y de Toro, respectivamente.
Sancho II (1065 - 1072), ambicioso de gloria, despojó del trono a sus hermanos Alfonso y García, que se refugiaron en las cortes mahometanas de Toledo y Sevilla. Teresa se sometió, pero no Urraca. Sancho II puso sitio a Zamora y fue asesinado a traición por un caballero llamado Bellido Dolfos. Fue entonces que Alfonso VI, el segundo hijo de Fernando (1072-1100) abandonó su refugio, encerró en una prisión a su hermano García, invadió el reino de Sevilla y capturó Toledo. Pero antes de recibir la corona de Castilla, Alfonso tuvo que jurar ante los caballeros de ese reino que él no había instigado el asesinato de su hermano. Para tomar el testimonio se eligió a Rodrigo Díaz de Vivar que había sido alférez (portaestandarte de Sancho II) y en su corto reinado se había distinguido por su lealtad y valor. Muy joven, pues, ganó el remoquete de "campeador", es decir, vencedor, guerrero afortunado. Después del juramento, Alfonso VI no pudo ocultar su antipatía por Díaz de Vivar.
Pese a estas circunstancias, el "campeador" contrajo matrimonio con la noble asturiana Jimena Díaz (1074), sobrina de Alfonso VI. De esa unión nacieron Diego, quien murió muy joven luchando contra los almorávides en Alcira, Cristina y María (Doña Elvira y doña Sol en el poema). Cristina casó con Ramiro, infante de Navarra y señor de Monzón. María, a su vez, casó con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III "El Grande".
"POLVO, SUDOR Y HIERRO, EL CID CABALGA"
En 1079 Alfonso VI envió al Cid Campeador a Sevilla, al frente de una embajada, a cobrar las "parias" del monarca musulmán Almotacid. Las "parias" era el tributo que pagaba un monarca a otro en reconocimiento de superioridad. El Cid al llegar a Sevilla y cumplida su misión se puso al servicio de Almotacid contra el monarca moro de Granada, a cuyo favor peleaba el conde García Ordóñez, a quien el Cid tomó prisionero. El rencor de éste y la envidia de otros hicieron que se acusara falsamente al Cid de haberse apropiado de las mejores "parias". Alfonso VI desterró entonces al Campeador y éste se "desnatura" de su señor y con su hueste pelea junto al rey moro de Zaragoza, Almotadir, realizando hazañas que hacen aún más grande su fama.
Rodrigo Díaz de Vivar lucha en tierras musulmanas contra moros y cristianos. Su más grande éxito es la captura de Valencia (1094) donde gobernó como un rey. Más tarde recobra el favor de Alfonso VI. Cronistas árabes como Ben Bassan describen sus hechos y destacan su amor por la gloria, su firmeza de carácter y su valor heroico. Entre los cristianos se escriben cantares y leyendas sobre el singular personaje que muere en Valencia el 10 de julio de 1099, cuando tenía aproximadamente 56 años de edad. El Cid Campeador, audaz, animoso, lleno de orgullo, fiel a su monarca - pese a su arbitrariedad - sobrio, viril, ha encarnado desde siempre las mayores virtudes del pueblo hispano.