El racismo en el Perú

Una discriminación individualizada

¿Pueden convivir el racismo y mestizaje? Alrededor de esta pregunta gira la nueva colección de ensayos del sociólogo Gonzalo Portocarrero (Racismo y mestizaje y otros ensayos, Fondo Editorial del Congreso, 505 pp.), que pone en relieve uno de los problemas más relevantes de la sociedad peruana. Conversamos con el autor. 

Por Jorge Paredes

La pregunta puede parecer ingenua: ¿Existe racismo en el Perú? Si por esencia partimos de la idea de que somos un país mestizo, donde predomina la mezcla de colores y culturas, entonces teóricamente nuestra diversidad debería anular cualquier pretensión hegemónica de una "raza" sobre otra. Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario. Este libro de Gonzalo Portocarrero se aboca a desenmascarar los resortes que ponen en funcionamiento el racismo en una sociedad mestiza como la peruana. Lo que se demuestra, en gran medida, es la coexistencia en el Perú del racismo con el mestizaje, cuya gestación puede rastrearse en ese universo variopinto y criollo que en la Colonia se conoció como la plebe: un espacio donde nadie era enteramente blanco ni enteramente indio o negro, donde todos tenían un poco de todo, pero en diferente proporción. Entonces, "la posición de superioridad o inferioridad" -escribe Portocarrero- "tiene que establecerse a cada momento, en cada nuevo encuentro mediante un proceso de mutuas evaluaciones que tiende a ser arbitrario y conflictivo pues muchas veces no resulta evidente quién debe rendir pleitesía a quién. Ocurre que en un contexto un individuo puede ser definido como superior, porque es más blanco y está mejor vestido que su semejante; no obstante, en otro contexto, ese mismo individuo puede ser identificado (por el otro o por sí mismo) como inferior, dado que ahora confronta a un semejante de una apariencia superior, o más acorde al modelo hegemónico". En ese universo se crea entonces una gradiente totalmente arbitraria de prestigios donde se encarnará una figura muy frecuente en nuestro paisaje social: "el mestizo que desprecia y es despreciado, el cholo que cholea, el individuo que se crece ante los 'pequeños' y se disminuye ante los 'grandes'. Ahora podrá entenderse el término de 'discriminación individualizada'". 
 
 ¿Cuáles son las características del racismo en el Perú? ¿Es correcto afirmar que nuestro racismo se origina en la Colonia?
-Lo desafiante es pensar que pueden coexistir racismo y mestizaje. Porque lo que tenemos es un grupo muy heterogéneo, disociado, donde hay una práctica de discriminación, ya no en función de una idea de raza como un conjunto homogéneo de individuos, sino en función de quien tiene más de indio, más de negro o más de blanco. Otra particularidad es que siempre nuestro racismo está identificado con el factor económico y cultural. De ahí esa expresión "el dinero blanquea". Es decir, el racismo no está vinculado solo a la apariencia física, sino es más englobante. Una persona puede tener un "buen aspecto", pero si es pobre tiene un valor social relativo. Y una tercera característica es que el racismo ha sido invisibilizado por las ideologías del mestizaje. En algún momento, fundamentalmente a mediados del siglo XIX, hubo una especie de pacto social en el cual se impuso la idea de que acá todos somos mestizos. Entonces, no podía haber racismo; pero es toda una mentira porque este discurso, aunque progresista, ponía al margen al indio. Porque la idea era que para ser peruano el indígena tenía que acriollarse en la escuela, dejar su idioma nativo y castellanizarse, tenía que huir de su condición. Nuestro racismo tiene peculiaridades que no son fáciles de descubrir porque justamente están cubiertas por el manto invisible del mestizaje.

Y sobre el origen del racismo.
-Sí, toda comunidad tiende a ser racista, en el sentido que tiende a producir estereotipos del otro. Esto es natural en todos los grupos sociales, salvo en aquellos que han sido colonizados; estos grupos no crean una imagen de sí mismos, sino que esta imagen les es impuesta desde afuera. En el caso del Perú, los indios, que eran gente muy diversa, son homogenizados en la Colonia como vasallos. La evangelización impuso la idea de que los indios eran objetivamente culpables porque habían cometido un segundo pecado original al olvidar a Dios y practicar la idolatría. Entonces necesitaban ser redimidos a través de la obediencia absoluta, de la subordinación como castigo.

Ahí nace la idea de una clase superior y otra dominada, cuyo impacto tiñe toda la historia del Perú.
-Es que la conquista violenta estuvo sellada a través de toda una colonización del imaginario, a través de incorporar una subjetividad indígena que se define por un sentimiento de minusvalía e impotencia contra lo español. El cuento de Arguedas, "Warma Kuyay", narra una historia donde el motivo central es "indio no puede". Es decir, no puede alzar su mano contra el gamonal porque ha sido acostumbrado a esta obediencia incondicional. El momento más importante de la conquista no fue el triunfo militar, sino la colonización del imaginario.

En el libro hablas de cómo la clase media ha ido cambiando en los últimos cincuenta años. ¿Cuál ha sido la metamorfosis del racismo en este tiempo, teniendo en cuenta fenómenos como la migración y la aparición de sectores emergentes que antes eran barriadas y que ahora han cobrado prestigio, como Lima norte?
-Yo creo que el racismo persiste en la medida en que nosotros nos vemos a través de la diferencia. Cuando vemos a otro no vemos a un ciudadano igual a nosotros, sino buscamos la diferencia para saber si esa persona es superior o inferior a mí. Cuál es su color de piel, cuál es su tradición familiar. Es decir, nos situamos frente al otro en una condición de superioridad o inferioridad, y eso genera envidia o desprecio. A pesar de la emergencia de una nueva clase media, esta mirada jerarquizadora permanece. Y en la medida que desconoces los derechos del otro consideras como legítimas las ventajas que puedas obtener. 

¿Tenemos todavía un imaginario colonizado?
-Sí, es así, aunque ha habido una lucha contra el colonialismo por producir una visión desde adentro del país, más acorde con la realidad, pero todavía el pasado colonial fiscalizador prevalece. Lo que sucede es que las clases medias emergentes tienden a mimetizarse con los sectores más consolidados, y le dan la espalda a quienes continúan en la pobreza. Digamos que el último en pasar la frontera es el primero en defenderla, es el primero en cholear al que se quedó abajo.

Hace poco en el balneario de Asia se realizó un evento llamado "Empleada Audaz" para visibilizar una situación de racismo y discriminación, que llamaba a tomar conciencia frente a este problema, ¿qué hacer contra este racismo que convive con el mestizaje?
-Esta lucha tiene múltiples frentes. El operativo "Empleada audaz" fue muy interesante, muy bien planteado en términos de comunicación, porque reivindicaba el derecho de las empleadas a bañarse en la playa. Estos actos van generando un sentimiento crítico de vigilancia que se expresa, por ejemplo, en esas multas que ponen a las discotecas que realizan prácticas discriminatorias. Otro énfasis está en la educación, en la enseñanza de los derechos humanos, la idea de que todos somos iguales ante la ley. Por ahí se dan avances. Pero estas ideologías se reproducen a veces en la propia familia, en el caso del servicio doméstico es evidente que el niño aprende en la práctica que hay personas inferiores, que tienen que ser mandadas, y que no tienen derecho a expresarse.

En el libro planteas el tema de la belleza física como un factor racista. El balneario de Asia es visto por muchos como ese paraíso blanco, estéticamente bello, que se diferencia y desmarca del Perú; tal vez por esto el operativo "Empleada audaz" tuvo tanto éxito porque no solo las empleadas sino mucha gente se sentía excluida de ahí. Una exclusión tácita, como sucede en muchas discotecas, donde mucha gente se abstiene de ir porque teme ser discriminada.
-Si uno ve como es usada la ciudad se da cuenta de esto. La gente usa solo espacios específicos, y son pocos los que se atreven a recorrerla en su totalidad. La exageración de esta lógica endogámica vendría a ser lo que mencionas, el balneario de Asia. Sí, pues, hay fronteras invisibles. Por ejemplo, cuando una persona del mundo popular va a Miraflores se siente de alguna manera más vulnerable, más frágil, esperando que le digan algo feo. Y cuando una persona de Miraflores va a El Agustino también espera que en cualquier momento la agredan o la puedan asaltar. Hay una especie de frontera, un apartheid caleta en nuestro país que sigue funcionando y que no solo es por racismo, sino está influido por el factor económico y cultural.
Si uno ve el esquema en la larga duración el racismo está en retroceso, pero me preocupa la lentitud en que retrocede.