Un encuentro con Alberto Fuguet

"Un escritor maneja sus energías"

"Cinéfilo, cinépata, lector, escritor, cronista, ex-periodista, blogger a medias", así se autodefine en su blog el escritor chileno Alberto Fuguet (Santiago, 1964). Añadimos, también,  autor de varias novelas como Mala Onda, Por favor, rebobinar, Tinta roja (llevada al cine); y una película, Se arrienda, estrenada en Lima el 2006, y que llevó a Bogotá, en el marco de la reciente feria internacional del libro.     

Por Carlos Batalla

Eres visto como un escritor nómada, a pesar de que radicas en Chile desde hace varios años, ¿por qué crees que es así?
-He llegado a la conclusión de que es puro provincianismo. Quizás piensan que tengo una mente más abierta, que he visto las últimas películas o leído los libros más vendidos. Eso puede ser verdad, pero lo hice desde el escritorio de mi casa. Gasto un poco de dinero no tanto en amazon.com, sino que bajo películas por Internet, pido a la gente que viaje, puedo leer cualquier día de mi vida todo tipo de periódicos. Seguir con esa idea es pensar como en la época del surrealismo, que para ser de la escuela había que vivir en París, es más, había que estar en un determinado café parisiense. Hoy eso no corresponde.

¿Esa perspectiva de vivir en tu propio país, aunque conectado al mundo, te hace más proclive a escribir sobre asuntos nacionales?
-No lo sé, sinceramente. Pienso que uno se conecta con el país donde tiene sus raíces, o mejor dicho, donde uno quiere crear su obra. Puede haber gente que vive en Ecuador y que solo está interesada en la Roma antigua. Yo estoy conectado con mi país, pero eso no implica ser un vocero político o un chauvinista. Una cosa está cambiando: el pueblo ya no es tan analfabeto, puede seguir siendo pobre, pero en todos los países ha aumentado el número de alfabetos. Ahora hay más gente que sabe leer y escribir, es más crítica, tiene opinión. Antes nadie se hubiese atrevido a decir que tal escritor era malo, ahora la gente, los jóvenes sobre todo te pueden decir "no me gustas", te tratan de "tú" y no te consideran necesariamente un Dios; en mi caso, incluso, hasta me exigen "por qué no escribes de tal cosa", "por qué no pones la música de tal grupo en tus películas". Yo mismo nunca me habría atrevido a acercarme a Vargas Llosa para decirle "por qué escribes sobre Tahití, en vez de hacerlo sobre la segunda parte de La ciudad y los perros".

¿Qué temas de reflexión le exigirías hoy a un escritor?
-Creo que debería opinar más sobre los cambios culturales y sociales; tener esa curiosidad, más que saber quién ganará las elecciones en Francia. A un escritor no le corresponde hacerlo y habrá muchos analistas que lo harán mejor. Me parece más interesante analizar por qué los árabes nunca se van a integrar a la sociedad francesa, es decir, "darse cuenta antes de.". Creo, incluso, que los novelistas deben hacer eso también en sus novelas. Es una oportunidad legítima, más que escribir sobre el pasado.

Decías que los jóvenes de hoy exigen temas, nuevas formas y lenguajes. En ese sentido, ¿qué puede significar el desgaste de un escritor que siente que su mundo ya no comunica, y en ese trance el plagio se le vuelve una tentación? Pienso directamente en Bryce Echenique.
-Me gustaría saber más de ese asunto... Muchas veces he dicho que he aprendido de mis mayores, y este caso es uno más. Más que pensar en la cosa inmoral -sabemos que el plagio no es admisible, y hay leyes que lo castigan-, me interesa defender un caso distinto: el que ocurrió en Estados Unidos, el de James Frey y su extraordinario libro de memorias En mil pedazos, que después se descubrió que había 2% de mentira. Yo digo que en ese asunto 98% es verdad. Eso me basta. Ahora bien, en el caso de Bryce sí me parece que las columnas no pueden ser plagiadas. Una cosa es mentir o ponerle color a una historia, como hacen todos los escritores, pero plagiar ya es malísimo. Creo que el verdadero tema en Bryce no es tanto la cosa ética sino por qué tiene que exponerse a eso, por qué tiene que escribir en un diario; ¿no tiene suficiente dinero, necesita fama o mantenerse vigente? Un escritor tiene que ir manejando sus energías.

Reconocer sus propias limitaciones.
- Pues claro, Vargas Llosa es un fenómeno y por eso es capaz de escribir en cualquier avión o en un aeropuerto. Pero si tú no puedes, no tienes por qué hacerlo. Por lo que deduzco en lo de Bryce, no es un problema económico, es más bien la idea de querer estar en todas, de participar, de no saber decir que no. Yo estoy aprendiendo cada vez más a decir que no. Y eso de que los escritores redacten tantas columnas termina haciéndoles más famosos como columnistas que como escritores. En Chile hay de esos que tienen programas de televisión o columnas muy leídas, y cuando salen a la calle todo el mundo los reconoce, pero nadie ha leído sus libros, o no han leído el primero por el cual lo contrataron.

¿Cómo observas la comunicación literaria entre nuestros países? ¿La globalización nos ha integrado o más bien nos ha aislado entre sí?
-Quizás como nunca, y me doy cuenta conmigo mismo, pues aquí en Bogotá como en Lima me suelen pedir libros míos que la gente conoce, pero que no están a la mano; quizás, digo, algo tendrá que ocurrir porque el sistema no está funcionando. Resulta que solo los libros editados en España llegan a todos los países, como si hubiésemos vuelto al colonialismo. Un colonialismo, además, que se expresó muy bien en los autores del boom, que publicaron todos en España. Ahora tengo que ir a Lima para encontrar escritores peruanos. Es como si estuviéramos viviendo en otro continente, hablando otro idioma. Yo estoy casi más al día con lo que está ocurriendo en África -exagerando la nota- que lo que está pasando en América Latina. En verdad, estamos súper incomunicados. Me doy cuenta de que nos faltan cosas, como un buen diario latinoamericano en Internet o en papel. No hay ningún servidor, excepto el de Iván Thays -que seguramente sólo lo leen los escritores- que se haga cargo de todo el continente, tal como lo hace The New York Times, con respecto a toda la cultura americana.

Ese vacío de comunicación cultural puede subsanarse a través de un lenguaje como el del cine, que llega a millones de personas. ¿Es suficiente para ello el "cine de autor"?
-En cada uno de los países relativamente medianos de América Latina hay un "cine de autor", el que responde, por supuesto, a dicho autor y a la influencia que su país y cultura le otorgan. En ese sentido, Francisco Lombardi sería distinto a Lucrecia Martel en Argentina. En estos países medianos hay cine industrial sin ningún valor, que considero peor que el norteamericano. Este cine está hecho solo para ganar dinero y está mirando más hacia la pantalla de televisión y los suplementos de espectáculos. Son películas que muchas veces funcionan bien en sus países de origen, pero no son capaces de cruzar la frontera. El único cine que es capaz de hacerlo es el "cine de autor".

¿Qué cambios culturales observas en América Latina?
-Entre esos cambios, observo que el lector puro, el lector serio, es una persona que no le interesa los otros medios de comunicación, como el cine. Pueden, incluso, mirar en menos estos medios. Pero bien, lo que sí creo es que a la gente que le gusta el rock o los dvd, o que son expertos en Internet y navegan mucho, que queman películas y van a Polvos Azules, o los que chatean, todos ellos, son lectores y si no lo son, podrían serlo. Son lectores potenciales. Es gente que revela a la industria cultural que está hambrienta de alimento artístico o de espectáculo.

¿Cuál es el camino para que un guionista vea realizada su película y esta no termine como un libro de cuentos o una novela corta?
-No tengo tan claro ese camino. La palabra guión no la entiendo muy bien. En el cine de nuestros países no hay realmente guionistas, siempre éstos estarán bastante cerca de la película final, como en el caso de Giovanna Pollarolo. El anonimato sí ocurre en la industria de la televisión, donde los guionistas ni siquiera se conocen entre sí, casi todo es por Internet; esto es, no conocen al director ni al productor, o prefieren no conocerlos.

¿Los guionistas tienen futuro en sociedades como las nuestras?
-Creo que un guionista, insisto, tendrá que ver con la producción, aunque lo ideal es que el director haga su propio guión o lo haga con alguien muy cercano. Pero antes de ponerse a escribir debe tener claro con cuánto dinero cuenta. Hay que ser realistas. El modelo que debemos seguir es el europeo, del tipo de la nueva ola, hacer películas como un Truffaut colombiano, un Rommer peruano; lo que pasa es que la gente le tiene miedo a eso, porque cree que se debe llegar a todo el mundo. Me parece que el cine y la literatura no son masivos, y eso hay que tenerlo claro. Hay algunos libros o películas que son muy masivos, pero tú te das cuenta, incluso en las películas que llegan a la cartelera, que los filmes chicos se van rápidamente y luego tienen una vida en dvd, o en el cable o en la señal abierta; pero las películas grandes que arrasan y duran tiempo en la cartelera son los blockbusters.

¿En literatura ocurre lo mismo?
- Siento eso, sí, ocurre en literatura. Los "blockbusters" de Paulo Coelho, Isabel Allende, de quien sea, ocupan todo el imaginario y las estanterías, y no dejan espacio para los otros. Yo no reclamo, porque siento que esos "otros", entre los cuales me incluyo, igual pueden vender y tener lectores.