Especial
Hay pueblos que sobreviven como fantasmas a sus viejas leyendas. En la parte más fría y elevada de Espinar, a 269 tortuosos kilómetros de la ciudad del Cusco, los habitantes de Coporaque cuentan, en medio de esa inacabable altura, las historias que acompañaron el desarrollo de esta tierra que durante los siglos XVIII y XIX cobijó poder político y un importante intercambio comercial. Con sus manos escondidas bajo las gruesas chompas, evocan cómo el cacique de la zona, Eugenio Sinanyuca, miró con desdén la revuelta de Túpac Amaru. "Desde aquí se lideró la lealtad a la corona", anotó el historiador Luis Miguel Clave.
El diseño de la ciudadela describe mejor que nadie la importancia política que tuvo este poblado dedicado a la ganadería y el pastoreo. Las casas de barro y adobe de la población, la del cacique, un beaterio intacto, los cuatro arcos de acceso a la plaza principal y la iglesia San Juan Bautista --hechas de sillar-- preservan el estilo barroco. Una decena de lienzos cusqueños y objetos religiosos en oro y plata forman parte del tesoro de este antiguo cacicazgo. El tiempo parece ser un asunto sin fronteras en Coporaque.
Esa inamovilidad en sus formas, sin embargo, es el síntoma de su olvido. Un día el centralismo citadino la condenó. Los 300 habitantes de Coporaque que residen en el corazón del distrito viven de sus leyendas, casi siempre corregidas y aumentadas. El INEI sostiene que toda su población se encuentra en pobreza o pobreza extrema. Solo tres casas tienen un desagüe que acaba en un río cercano. El teléfono funciona con energía solar. La electricidad se activa a las seis de la tarde y se prolonga por doce horas. Cincuenta familias tienen radio, apenas 30 televisor. La tasa de analfabetismo alcanza el 30%. La desnutrición azota las tres cuartas partes de los menores de 12 años. La escuela es una casita de tres salones y carpetas rotas. La secundaria se lleva en Yauri, a una hora y media de camino. Para los estudios superiores (si algún padre puede financiarlos) los jóvenes tienen que viajar a Cusco o Arequipa.
El ex vicario de Yauri, el padre Alberto Tauco, resume esta situación así: "Hubo un tiempo en que Coporaque era más importante que Yauri (la capital de Espinar), el camino inca y, luego, los caminos de la colonia, pasaban por acá, pero cuando el actual trazo de la carretera hacia Arequipa la ignoró, se condenó a Coporaque al aislamiento". Para el sacerdote cusqueño ese fue el motivo principal de su olvido. Hace mucho, incluso, que ya nadie celebra misas en este pueblo.
CIMA DEL MUNDO
Llegamos a Coporaque alentados por el arzobispado del Cusco. Buscábamos iglesias amenazadas por el robo de sus bienes patrimoniales. "Tienen que ir a Coporaque", nos dijo la arquitecta Liliana Saldívar, la jefa de la oficina técnica de proyectos que elabora con denuedo el catálogo de piezas artísticas y arqueológicas saqueadas de cada una de las iglesias del Cusco. Nos dijo que el templo de Coporaque ha sido uno de los más ultrajados por los ladrones, pero que hasta ahora nadie ha podido quitarle ese encanto que acompañan los viejos santuarios coloniales.
Una trocha se abre en medio del ichu de la puna, en las afueras de Yauri. El camino ascendente y circular que surcamos de Cusco a Espinar no se repite más. La llanura va paralela al cielo (azul e intenso en verano, grisáceo y desolador en invierno). No existe nada más arriba de este poblado. Solo la torre de su iglesia, que se distingue dos kilómetros antes de llegar. Al final de ese recorrido, Coporaque aparece como un espejismo. Un estrecho poblado de paredes blancas por el sillar y casitas de barro y techos de paja. No hay nada más a su alrededor.
A las cinco de la tarde --hora a la que llegamos-- Coporaque es un pueblo fantasma. El viento silba con fuerza. Las calles desiertas pronostican su escasa y cada vez más migrante población. No hay niños jugando en esa plaza de piedra, solo unas cuantas mujeres recostadas en las puertas de sus casas que miran de reojo la llegada de un extraño. Doña Teófila, la guardiana del antiguo beaterio, dice que los más jóvenes se fueron a trabajar a las ciudades, que a otros, sus padres los han enviado a estudiar a Arequipa, y que algunos se han ido "de puro cansancio" (traduce el padre Alberto Tauco).
La población adolescente y juvenil es reducida. No superan los 30 en el centro del distrito. Por eso no se los ve. Sin embargo, antes que anochezca, cuando el trabajo en la chacra termina, se puede ver a la madres regresar de la faena con sus hijos más pequeños colgados de su espaldas. A esa hora la temperatura se encuentra en 10°C, a veces 8°C, aunque ahora, con la ola de frío que atormenta el sur del país, la temperatura llega a -10°C .
El frío --nos ha contado el administrador de la única cabina telefónica-- ha hecho que algunos arroyos se congelen y que mucha gente decida no salir a pastar o ir a la chacra. "Muchos niños están enfermos y tienen que llevarlos hasta Yauri".
UN PUEBLO COMO POCOS
Todo es extraño y antiguo en este poblado de aire frío y oxígeno mezquino. La plaza guarda fielmente las divisiones incas del hanan y hurin. La torre de la iglesia está separada de la nave principal y la puerta de acceso al templo se encuentra al extremo izquierdo. Ni temblores ni los vientos han podido contra el tallado de paredes y columnas, tampoco han borrado los coloridos murales en las hornacinas exteriores. La resistencia contra el frío y la indiferencia ha sido tenaz. Precisamente, para conservar las formas de este inmueble, el Instituto Nacional de Cultura del Cusco inició los trabajos para su recuperación (que tardará cuatro años más). Cuando las obras culminen sus habitantes podrán volver a escuchar la celebración de la misa dominical, y sus lienzos y piezas patrimoniales estarán más seguros.
Cuando ese día llegue, Flora Valdez, la mujer que hace 25 años protege los tesoros de Coporaque, podrá dormir tranquila. Podrá olvidar el día que impidió con un grito ensordecedor el primer gran robo de lienzos en su comunidad.
A un costado de la iglesia está el Beaterio del Carmen, con sus pequeñísimas celdas con puertas de menos de un metro de ancho, donde hasta mediados de los 1900 quince beatas rezaban por el alma de los demás. La última fue Carmen Pasco Usca, que murió el año pasado, llevándose consigo las antiguas oraciones al Sol y a la Pachamama.
La historia oficial de este pueblo también cuenta que en los arcos coloniales de la plaza principal de Coporaque fue colgado el brazo de José Berdejo, luego de que el visitador Areche ordenara su ejecución en el Cusco junto a la de Túpac Amaru. Y fue así porque mientras los demás cacicazgos apoyaron la rebelión, Coporaque se mantuvo fiel a la corona, rebelándose a los pregones libertarios de José Gabriel Condorcanqui.
Estas crónicas de guerra arrastran a Coporaque siempre al pasado. La historia que repiten los habitantes más viejos está hecha de recuerdos remotos. Su presente solo describe indiferencia y mala gestión. Coporaque es el signo de que el valor histórico de un pueblo no va de la mano con su desarrollo. El anterior alcalde no tuvo mejor idea que construir --con el dinero del canon minero-- una piscina temperada y techada (detrás de la iglesia declarada monumento de la nación) en un distrito sin agua potable. Un traspiés surrealista propio de una pesadilla política.
4Geográficamente Copora-que se encuentra en el piso ecológico de puna. Existen dos temporadas marcadas en su clima, lluvias fuertes noviembre a marzo y, época seca de abril a octubre.
4De acuerdo al censo del INEI, la población de Coporaque (incluyendo todos los anexos) mayor de 15 años que se dedica a la agricultura, ganadería y caza suma 1.300.
4En el Beaterio del Carmen de Coporaque estaban recogidas las vírgenes del sol que unificaban sus rezos al sol, a la madre tierra, a Dios, a la Virgen y a los santos, en qechua y en latín.
4Este beaterio fue construido para niñas de las comunidades que tenían vocación religiosa por el curaca Eugenio Kana Tupa, en 1721.