Por Nicolás Lynch, Ex ministro de Educación
La huelga magisterial que recorre el país no se da en un momento de auge, sino de decadencia del sindicalismo clasista entre los maestros.
Esta visión clasista, autoritaria y antisistémica está de capa caída por las pocas reivindicaciones que ha conseguido para los docentes en sus 35 años de vigencia.
Sin embargo, los errores políticos del Gobierno parecen darle a los radicales algún aire más de vida. En lugar de establecer un diálogo con las distintas facciones de maestros, de cara a la opinión pública, principalmente los padres de familia, el Gobierno ha optado por la confrontación.
Esta actitud ha motivado que la desconfianza secular de los docentes frente al Estado, por el maltrato histórico recibido, sea capitalizada otra vez por los radicales. Es más, por los más radicales entre los radicales, para los cuales no hay reforma que valga.
Al respecto, vale la pena matizar el acatamiento más fuerte de la huelga en provincias, especialmente las andinas y pobres, donde dominan los más extremos, en comparación con Lima y Callao, donde los maestros son más proclives a los cambios y las reformas de calidad.
No hay que confundir entonces el ruido de la calle, Huaynalaya incluido, con lo masivo de la huelga, que tiene luces y sombras.
Frente a esta situación toca a la autoridad nacional y educativa dirigirse a todos, dirigentes y bases de maestros, para explicar la necesidad de una nueva carrera pública magisterial con las evaluaciones respectivas. Pero esto debe hacerse con la credibilidad indispensable, señalando cuáles son los ejes de reforma que se pretende y cómo se ligan al Proyecto Educativo Nacional.
Así, se podrá tener alguna esperanza de aislar a los radicales, de lo contrario seguiremos en el estancamiento, a la cola del mundo que nos rodea.