Cuentas pendientes de Tarata

QUINCE AÑOS DESPUÉS. El atentado terrorista en Tarata no solo mató a peruanos civiles inocentes, sino que destruyó futuros. Residentes y trabajadores de la zona aún acarrean dolores propios y ajenos. Muchos de ellos perdieron sus propiedades. El trauma no se supera

Por Ricardo León

Recuerdos desordenados. Qué será. Quizá sea solo una sugestión. Hay quienes caminan por la calle Tarata como si estuvieran caminando por los pasadizos de un cementerio, en prudente y automático silencio. Aun así es una calle cargada de energías. Pero es fría; los edificios altos concentran el viento casi al ras del piso, a la altura del rostro, de las manos.

Era julio y en julio hace frío. Eran las 9 de la noche, casi, y a esa hora el cuarto piso del edificio Residencial Central era una heladera. Anadir Lopes hervía un poco de agua y esperaba a su hijo para cenar --ya se había divorciado y vivía sola. Estaba en su cocina y... (solo recuerda hasta ese momento. Hay un vacío irrecuperable en el tiempo-espacio, en su memoria. Los médicos manejan dos hipótesis: o quiso protegerse el rostro con las manos cuando explotó su ventana, o quizá se le introdujo un vidrio cuando, una vez que recobró el conocimiento, se apoyó en sus manos para levantarse) ...lo primero que vieron sus ojos al abrirse fue a su perro asustado debajo de un sofá y su mano con los dedos colgando como trapos rojos tibios. También vio la sala de su vecino porque ya no había paredes. Y la puerta del ascensor doblada como un papel. Y vidrio molido en el cabello y las medias. Y bomberos que la cargaban, y muertos repartidos en la pista, y circulinas --azul, rojo, azul, rojo, todo dando vueltas-- y luego vio a su hijo llegar asustado al lugar de los hechos... los recuerdos están ahí, pero desordenados.

Después del atentado vivió en departamentos alquilados en otros distritos. Cada vez que pasaba por Miraflores evitaba mirar hacia la calle Tarata. Evitaba mirar autos estacionados, evitaba los ruidos fuertes. Evitaba sus propios miedos, digamos. Dos años y medio después, en 1995, regresó. "Es mi casa, tenía que volver", comenta la peruano-brasileña que vive hace 44 años en el Perú y que sufrió una guerra interna que no tenía nada que ver con ella.

500 kilos de dolor. El edificio de Anadir fue reconstruido y se le otorgó un préstamo que debía pagar en varios años a la Empresa Nacional de Edificaciones (Enace). Pero para la reconstrucción se utilizó, dice, materiales baratos o mal hechos. Es en esta etapa en la que se concentran, por segunda vez, todos los dramas de las víctimas del atentado de Sendero Luminoso del 16 de julio de 1992; la primera vez fue minutos después de la explosión del carro-bomba con 500 kilos de dinamita. Esta vez los habitantes de los edificios de la zona debían pagar una deuda inevitable. Inevitable porque tuvieron que rehacer sus departamentos si querían regresar al lugar donde residían.

"Es como hacer una casa dos veces. Uno construye algo, lo derrumban y tiene que volver a levantarlo". Helva Cortázar es dueña del departamento 61 del edificio San Pedro, aquel que tuvo que ser declarado inhabitable por el Gobierno y la Municipalidad de Miraflores. Ella trabajaba en el exterior en la época del atentado, pero su hermana sí estaba en el país (no sufrió heridas graves, pero sí secuelas traumáticas). El edificio quedó en ruinas. "Quedó como el esqueleto de una construcción, como un edificio hecho de palitos", recuerda. Los muebles habían estallado con las ondas expansivas, los artefactos eléctricos implosionaron y la madera se deshizo en esquirlas que se clavaron en las paredes.

Cómo habrán reconstruido su casa, que poco tiempo después las paredes de su casa filtraban agua, había fallas en el sistema eléctrico y la gasfitería parecía de broma.

El ascensor hasta hoy se malogra todas las semanas, religiosamente.

Un día, años después, un taxista le comentó: "Qué suerte la de ustedes, los de Tarata, que al toque les dieron sus departamentos restaurados". Así le dijo. Era un poco la percepción que había en ese entonces, que como vivían en Miraflores eran personas de dinero, que por ser miraflorinos habían sufrido menos. Que no es lo mismo que explote tu casa en Villa el Salvador y que explote en Miraflores, pues.

Ese incómodo cliché lo sufrieron incluso Vanessa Quiroga y su madre Gladys Carbajal, vendedora ambulante que aún trabaja en la zona. Vanessa tenía menos de 5 años cuando el carro-bomba explotó y la hizo volar y le provocó heridas en la pierna tan graves que tuvieron que amputársela. Ella fue elegida la Niña Símbolo de la Paz y su imagen dio la vuelta al mundo después del atentado que movió el piso emocional de los limeños. Su madre, Gladys, perdió además el 80% de su mercancía. "El polvo, las cenizas y las piedras y vidrios que cayeron dejaron parte de mis productos inservibles. Solo un poco recuperé", recuerda. Ella también sintió esa especie de resentimiento popular insólito; el chisme más osado decía que a ella le habían enviado dinero del exterior, que una familia europea casi la había adoptado, que así cualquiera. "Yo tenía mis ahorros, por eso pude recuperarme. Pero si tuviera dinero, no estaría aquí, vendiendo a la intemperie, con frío".

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La deuda. Pero volvamos a los habitantes de los edificios en Tarata. Lo cierto es que muchos de ellos eran ya personas mayores, ya jubiladas, que además de pagar atenciones médicas, debían saldar la deuda con el Estado. Y la pagaron. En los recibos del Banco de la Nación de Anadir Lopes figura el pago puntual hasta diciembre de 1998, porque luego Enace se desactivó y a ellos nadie les dijo dónde debían seguir pagando, hasta que hace un par de años les llegó una comunicación: el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) se hacía cargo de recibir los pagos de la deuda con Enace, pero incluyendo los intereses acumulados por todos los años que no se pagó las boletas mensuales porque los vecinos de Tarata no sabían dónde ni ante qué entidad cancelarlas.

Helva Cortázar se negó y se sigue negando a reconocer esa deuda. "Yo pagaba 320 soles al mes; ahora debería pagar 780 soles, incluyendo la mora de todos esos años", reclama.

La deuda con el Estado se convirtió en un dolor nuevo, en una herida más, que cicatriza en diferido o que no cicatriza. "Muchos de los que aquí vivían fallecieron con la angustia de no haber pagado esa deuda", comenta Anadir. Otros tuvieron que vender sus departamentos a precios ridículos para deshacerse de la deudas. Una bomba les cambió la vida y no solo por las heridas o por los parientes muertos. La dinamita les alteró el pasado, ese presente y este futuro. El futuro que ahora están viviendo, inmersos en una deuda que al Estado nada le cuesta disolver.

Estos días trabajadores de la Municipalidad de Miraflores vienen colocando una especie de reja alrededor del monumento a los peruanos caídos en el atentado. Todos los años es lo mismo; en la quincena de julio todos se acuerdan un poco de ellos. "Pero son cositas, nada concreto", lamenta Helva. Se cumplen 15 años.

El dolor, como la materia, no se destruye, solo se transforma.

 



Recuerdo de los caídos
Oswaldo Cava no era residente en Tarata al momento del atentado, pero sí alquilaba una oficina en el piso 4 del edificio San Pedro, en la que también trabajaba su hijo, Pedro, odontólogo de profesión. Pedro falleció esa misma noche y don Oswaldo fue uno de los primeros en levantar la voz ante el terrorismo desde su posición de civil herido en el orgullo. "En 15 años no hubo mucha ayuda del Estado. Entre los deudos y damnificados hubo gente muy mayor, jubilados, viudas, que fueron sometidos a una presión muy fuerte y hasta tuvieron que vender sus propiedades porque no querían ni podían seguir viviendo en Tarata", comenta don Oswaldo 15 años después.

Él dirigirá mañana lunes en la tarde una ceremonia cívico-militar en el lugar del atentado. Se rezará un rosario, se ofrecerá un minuto de silencio por las víctimas del sangriento atentado y se presentará un espectáculo artístico a cargo del Centro Cultural Ricardo Palma.

Previamente, en la mañana, el alcalde Manuel Masías ofrecerá una ceremonia en el frontis de la Municipalidad de Miraflores, que incluirá, entre otras cosas, un homenaje al cuerpo de Bomberos Voluntarios.