Especial. EL MENSAJE PRESIDENCIAL

Mucho control y poca fiesta

Crónica. EL RECORRIDO DE ALAN GARCÍA
El día central de Fiestas Patrias pasó en medio de una notable calma. Gracias al amplio despliegue policial, no hubo exabruptos (aunque tampoco baños de popularidad)

Por Renato Cisneros

Qué raro 28 de julio el de ayer. Cero desorden en las calles. Decenas de rejas portátiles aislando el Centro de Lima. Un control policial masivo, riguroso, estricto. Y un público apagado, afónico, a ratos invisible. Los actos programados se cumplieron al pie de la letra y no se registró ninguna anécdota digna de ser contada. Todo estuvo muy aséptico, muy frío, muy perfecto. Parecían las Fiestas Patrias de Luxemburgo.

Desde las 10 de la mañana, después de la celebración de la misa en la Catedral, quedó claro que el Gobierno había puesto énfasis en la tranquilidad del presidente y para eso se dispuso de extensos e infranqueables cordones de seguridad alrededor de la Plaza Mayor y del circuito por donde se movería Alan García.

Si el objetivo era guarecer al mandatario y mantenerlo inmune ante cualquier eventual refriega (recordemos que su popularidad alcanza un escueto 32%), entonces tenemos que reconocer que la operación de las Fuerzas Armadas y de la policía salió redonda. Veinte de nota para ellos.

Sin embargo, tanta precaución tuvo el indisimulable costo de la falta de entusiasmo. El recorrido presidencial y las tradicionales pompas por el aniversario de la independencia del país se vivieron sin aspavientos, bajo un clima emocionalmente gélido, apático, muy lejos de la efusividad cívica y el alborotado calor patriótico de otros años.

A las 11 de la mañana, García salió de Palacio rumbo al Congreso en una Cherokee doble cabina con lunas polarizadas. El jirón Junín --custodiado por más de 280 cadetes del Ejército, la Marina, la FAP y la policía-- lo vio pasar así, raudo, hermético, casi escondido dentro de esa inmensa nave negra. Los vecinos apenas si tuvieron tiempo de asomarse a los balcones, y los pocos que lo hicieron aplaudieron al presidente con desgano y le arrojaron mezquinos puñados de papel picado. Ese primer contacto con la ciudadanía, más que un encuentro sensible, tuvo los ribetes de un aburrido trámite de ministerio.

EL CAMBIO RESPONSABLE
Pero más allá de las siempre discutibles subjetividades, hay que subrayar la actitud sorprendentemente moderada que mostró el presidente. No le vimos inflar el pecho cuando pasó revista a las tropas militares; no le advertimos accesos de egolatría en su recorrido matutino; no le captamos un solo gesto patán o desubicado en sus episódicos acercamientos a la prensa. García, en resumen, no se portó como García. Ojalá que su cambio no sea solamente un bonito gesto.

En la Catedral, Alan estuvo de lo más cómodo al lado de Pilar Nores. Escuchó atentamente la homilía del cardenal Cipriani; canjeó guiños y sonrisas a distancia con el flamante presidente del Parlamento, Luis Gonzales Posada; y durante el rito de la paz --previo 'piquito' con su esposa-- prodigó abrazos y apretones de mano entre ministros, congresistas y sacerdotes.

Lo mismo ocurrió durante su estadía en el Congreso. Desde las afueras del Palacio Legislativo se le oyó aplicado, conciliador y sobre todo chancón, hablando de números, estadísticas, porcentajes y montos millonarios.

Algunos transeúntes se fastidiaban por la cantidad de cifras de que estaba colmado el discurso presidencial. "Parece que estuviera dando una clase de matemáticas", bromeó varias veces la quejosa dueña de una bodega.

A lo largo de las dos horas que duró el mensaje, muy poco movimiento hubo en las calles. Quizá lo más notable fue una especie de pequeña movilización de parte de una treintena de hinchas de Alberto Fujimori. Se los vio a la altura de la cuadra 4 de la avenida Abancay, cantándole un ininteligible "Happy birthday" a su líder prófugo (que ayer cumplió 69).

A diferencia de los legisladores fujimoristas, esa revoltosa cuadrilla de seguidores del 'Chino' se mostró poco tolerante con el jefe del Estado e incluso lanzó algunas arengas contra él. El hecho, honestamente, fue minúsculo. Más atención fue la que concitaron los caballos de los Húsares de Junín cuando --ofuscados por las 21 salvas disparadas a la entrada y salida del presidente del Congreso-- se pusieron a relinchar desaforadamente y a liberar inesperadísimos efluvios.

UN BAÑO DE AGUA TIBIA
A diferencia del trayecto de ida, el retorno de García a Palacio tuvo una escenografía más rica. El presidente --menos cauto-- montó un jeep descapotado, recorrió nuevamente el jirón Junín y pudo saludar directamente a sus espontáneos fans que, sacando medio cuerpo de sus ventanas, lo premiaban con una respetable aclamación. No fue una ovación multitudinaria, pero por lo menos hubo un breve espectáculo para los fotógrafos de prensa, tan aburridos hasta ese momento.

Detrás del auto oficial, una 'troupe' de correligionarios avanzaba con su clásica impetuosidad y repetía las arengas que iba improvisando el aplicado compañero César Zumaeta.

En el ingreso a Palacio, si bien no hubo un jaleo como el del año pasado (donde hasta la ministra María Zavala extravió su zapato de taco aguja), los innumerables agentes de seguridad tuvieron que esmerarse para impedir la formación de una turbamulta.

De regreso a la redacción, junto con dos fotógrafos de esta casa, reparábamos en lo increíblemente tranquilo que había estado el día. "No pasó nada, ni hemos sudado", se lamentaban.

Más o menos por ahí va la conclusión de este atípico 28 de julio: fue un día sin desbordes, sin apasionamientos, con una vigilancia afanosa y un auditorio más bien cohibido.

Para muchos, el orden y la calma respirados ayer fueron síntomas de la plausible madurez general de los peruanos; para otros, fueron el simple resultado de un protocolo sumamente rígido. Todo se desarrolló bajo un aura de excesiva quietud. Parecía, insisto, que estábamos en Luxemburgo.