LA ALTERNATIVA QUE BUSCAMOS

El tren del desarrollo

Por Mario Pasco Cosmópolis. Jurista

La apología del tren, escrita hace algún tiempo para estas mismas páginas por el embajador Javier Pérez de Cuéllar, tan justa y tan motivadora, despertó en mí un aluvión de recuerdos, saudades en verdad, como dicen portugueses y gallegos.

Es que mi infancia y primera juventud están ligadas de modo entrañable al tren, el lentísimo y encantador que unía el Puerto Eten y Chiclayo, que debía tomar todos los días para ir y volver del colegio, a la vertiginosa velocidad de 18 kilómetros por hora.

Pero el tren --como nos recuerda el ilustre embajador-- no es cosa del pasado, sino del futuro.

Al recuento que él hace de los posibles recorridos que unirían, longitudinal y transversalmente, las dilatadas regiones del Perú, tan desarticuladas entre sí, habría que añadir por lo menos una escasamente conocida, y menos divulgada.

Si trata de la prolongación del tren desde Quillabamba, previa restauración de este, por supuesto. Su objeto sería el transporte del gas de Camisea, en vez del gasoducto que ahora se anuncia con bombos y platillos.

Como se sabe, hay ya un gasoducto hasta la costa, bien para que sea consumido en Lima, bien para exportarlo desde un puerto especial a construirse en el límite entre Cañete y Chincha.

Pero rara vez o nunca vinculamos el gas al Cusco, su lugar de origen. El desarrollo del sur del Perú, donde más se lo necesita, puede hacerse abaratando la energía, que no tiene por qué ser exportada en su totalidad si puede ser aprovechada para generar, no solo riqueza, sino desarrollo y bienestar.

Transportar parte de ese gas por vía férrea desde Camisea, pasando por Kiteni y Echarate, requeriría extender la vía existente por apenas 160 kilómetros, que es una distancia insignificante, ahorrándonos los riesgos inevitables, en especial ecológicos que un gasoducto genera e incorporando a la modernidad parajes hoy inaccesibles, y por lo tanto olvidados y postergados.

Además, podría impulsar que en Echarate, quizás el distrito más opulento del país, se utilicen los ingentes fondos del canon, hoy sin uso ni destino conocidos, en la creación de un cluster gasífero, ya que tendría asegurado el transporte, y con ello la integración a los mercados.

A quien pudiera pensar que el tren es una opción ineficiente bastaría con señalarle que en Estados Unidos prácticamente todo el gas que se consume en todo el territorio --y vaya si lo consumen-- es transportado por tren, no por gasoductos. Son trenes nocturnos que circulan, a lo largo y a lo ancho del inmenso país, durante las horas en que la población duerme y el tráfico es obviamente menos intenso.

Por cierto, mientras un gasoducto es riesgoso, costoso, difícil de mantener, tiene un único uso y no genera a lo largo de su recorrido ninguna actividad ni deja ninguna riqueza, el tren es, en cambio, organizador del territorio, procreador de empleo y, sobre todo, un medio de transporte múltiple, tanto de mercancías como de personas, contribuyendo a unir entre sí pueblos hoy totalmente desvinculados. Además, en tiempos en que el precio del petróleo sube y sube en forma incontenible, la opción del ferrocarril es cada vez más competitiva frente al transporte por carretera.

En la confrontación de opciones entre un gasoducto y un tren, todas son ventajas para este, sin prácticamente ninguna desventaja.