Fueron casi dos minutos, los más largos, los más desesperantes. Mientras el ruido crecía, el zamaqueo se hacía eterno y buscábamos dónde refugiarnos, los pensamientos se agolpaban sin orden. Algunos hicieron un recuento rápido de sus vidas, otros pensaron en sus hijos, en la esposa que no llegaba del trabajo, los padres solos en casa o el amigo que en ese instante viajaba. También pensamos en Dios.
Fueron instantes terribles, indeseables, nerviosos, que no terminaban nunca, vividos entre gritos y llantos desconsolados, el inacabable ulular de las alarmas y desesperados ladridos de perros.
La fuerza de la naturaleza, nuevamente, ha traído muertos, heridos y destrucción. El luto nos envuelve a todos, sin diferencias. Probablemente la tierra siga moviéndose, aunque en menor medida. Sin embargo, lo peor parece haber pasado. Es momento de mantener la calma y de hacer de la solidaridad nuestro principal propósito. Muchos de nuestros compatriotas nos necesitan.