El sentido humanitario y de solidaridad de los pueblos no tiene fronteras y la ayuda ha llegado
Editorial
"El Tiempo" de Colombia
La tragedia que afronta el hermano pueblo del Perú por causa del temblor del pasado jueves es ardua y dolorosa. Solo hay que ver la imagen de la cúpula de la iglesia de San Clemente, en la localidad de Pisco, solitaria, con todos los escombros a sus pies, para imaginar lo que allí pudo pasar. A esa hora, como triste paradoja, el sacerdote daba la bendición y el "podéis ir en paz", para cerrar la misa de difuntos. Se dice que más de 100 feligreses habrían muerto en el lugar.
Y hay que observar, no solo para estremecerse, sino para sentir más solidaridad con los peruanos, las panorámicas de Pisco, de Chincha o de Ica, pueblos semidestruidos. Las viejas casas de adobe, en su mayoría, no resistieron los brutales sacudones, durante casi dos eternos minutos, producto de un movimiento en el Pacífico, cuyo epicentro se ubicó 60 kilómetros aguas adentro, al oeste de Pisco. O la Carretera Panamericana --rota como por mazazos infernales--, que dificultó la llegada de las ayudas humanitarias.
Cuando la naturaleza se agita de esta manera, lo que sigue a esos momentos es muy dramático. Hay crisis de todo, inclusive de ataúdes. Perú, por ejemplo, aún no cuenta bien sus muertos, pero pasan de 500. Se habla, incluso, de que pueden llegar a mil, de unos 5.000 heridos, de casi 100.000 damnificados y de pérdidas incalculables. Cifras aventuradas, pero que indican la magnitud del desastre.
Los habitantes de Pisco, de Chincha y de Ica viven hoy entre el nerviosismo y el dolor. Deambulan, buscan a sus muertos, tienen hambre y frío. El desespero ha llevado a los saqueos. Aunque no siempre es actitud de los damnificados, sino de inescrupulosos, que no respetan el dolor. La policía ha tenido que doblar su presencia.
Por suerte, el sentido humanitario y de solidaridad de los pueblos no tiene fronteras y la ayuda ha llegado. Los países vecinos, incluido Colombia; la Unión Europea, España y Estados Unidos se han hecho presentes, aunque canalizar las donaciones ha encontrado no pocos cuellos de botella. Los hermanos peruanos no solo necesitan voces de aliento, que desde luego les enviamos conmovidos, sino ayuda en especie y orientación, además. Nosotros, que vivimos aquel terremoto del eje cafetero, podremos ser de mucha utilidad. Es el momento de estar con el Perú.