Por Abelardo Sánchez León
La tragedia que ha ocurrido en Ica, Chincha y Pisco nos ha vuelto a colocar cara a cara con la pobreza del país. Hay que ser ciego para no verla. Somos un país pobre, desigual y fragmentado. Políticos y periodistas claman unión y solidaridad --y es bueno que lo hagan-- pero tiene un tono tan machaconamente alto que suena a deseo utópico. La desconfianza gana a la generosidad. El caos se apodera --no hay organizaciones políticas populares-- y trae consigo el pillaje ante tanto hambre y frío. Las autoridades regionales brillan por su ausencia. Mal que bien, comparativamente, el alcalde de Nueva York puso el pecho en el atentado contra las Torres Gemelas. Entre nosotros, lamentablemente, se trata de autoridades sin poder alguno o de un poder ficticio, individualizado en algunas figuras políticas, pero sin respaldo popular.
Es verdad que la pobreza se ha convertido en una razón de fondo para conseguir beneficios públicos. Pero también es cierto que ser pobre en el Perú es una vaina, porque aquí eres pobre sin ningún subsidio de parte del Estado. En un 95% los damnificados han sido pobres y carecen de capacidad de organización colectiva. Nadie quiere ser pobre, pero son los más en el planeta y son un chupo en el Perú.
Después de vivir una semana sumidos en la tragedia podemos constatar que la cadena de los desastres naturales es siempre la misma: empacho de noticias de horror; mensaje del presidente de la República; llamados a la solidaridad; ineficiencia en la gestión estatal; caos, quejas, vandalismo y de-sesperación. ¿Por qué los huaicos y los terremotos nos cogen desprevenidos si sabemos que ocurren con relativa frecuencia? ¿Por qué el Instituto Geofísico recibe tan poco dinero? ¿Por qué no ha podido haber una autoridad regional capaz de montar un campamento de refugiados, por ejemplo, y atender allí a los damnificados de manera racional y ordenada? La ayuda no puede ir de casa en casa ni responder a una iniciativa personal o empresarial. No se puede criticar gratuitamente, tampoco a ciertos políticos de la oposición de no estar presentes, porque la respuesta ante el desastre debería ser técnica, profesional, eficiente, respaldada por diversos partidos políticos en estricta colaboración con la ciudadanía.
Pero nada de eso existe en el país. Nos hemos convertido en un chongo informal y atomizado. Y cuando ocurren desgracias naturales (que no están en contra del desarrollo del país, simplemente ocurren aquí, en Jamaica o en Bangladesh) la autoridad debe responder. Pero la pobreza desespera. Saca de quicio. Es un aullido que explota cuando la tierra tiembla y las autoridades, pintadas en la pared, actúan como víctimas y no como tales.