ANIMAL DESPISTADO

El desorden como estilo

Por Renato Cisneros

Me avergüenza reconocer lo desordenadas que se han vuelto mis lecturas. Me he malacostumbrado a atiborrar la mesa de noche con decenas de libros y revistas que apenas logro revisar y que han formado un tembleque edificio de papel del que los insectos suelen sacar provecho, cual si fuese un rascacielos o un mirador.

Ese caos, supongo, es producto del poco tiempo de ocio que me deja el trabajo y de los muchos libros que me inquietan; aunque supongo también que así disimulo mi condición de lector indisciplinado. Lo más nefasto, es que he intentado resolver ese dilema ribeyriano con errática ambición, tratando de quedar bien con todos los libros, leyéndolos a ratos en lugar de devorarlos uno a uno, degustándolos como porciones de un bufet y no como platos de fondo.

Tamaña apuesta fallida se hace aún más grave en alguien que, como yo, es incapaz de imponerse un orden mental para sacar provecho de los distintos compartimentos con que el cerebro archiva la información que recibe.

Por eso me merecen interés (o envidia) esas personas que pueden leer varias cosas al mismo tiempo, sin perjuicio de su estabilidad emocional y sin afectar el conocimiento diferenciado de aquello que están leyendo.

En mi caso, el resultado de tantas lecturas simultáneas es una melcocha en la que ya no se distinguen bien títulos, tramas, géneros ni personajes. Todos los libros conviven en mi distraída cabeza como en un inhóspito tugurio: apretujados, revueltos, intercambiando a la fuerza sus pertenencias. Este cuadro de oscura lucidez se ha agravado desde hace un par de meses, cuando me percaté de que leer todo y nada al mismo tiempo me estaba llevando, discreta y paulatinamente, a un estado anterior a la locura; una locura amateur, digamos.

Cometí la torpeza de empezar a leer Respiración Artificial de Ricardo Piglia cuando aún no había terminado Creía que mi padre era Dios de Paul Auster. Ahí nomás me prestaron He Dicho, una antología de los monólogos del catalán Andreu Buenafuente que hojeé sin parar.

A los pocos días, mi amigo Enrique Planas me obsequió el manuscrito de su próxima novela, y luego recibí la tesis de un alumno de la UPC, cuyo primer capítulo recién he podido examinar. Ese aluvión libresco coincidió con un viaje a Buenos Aires, donde fue inevitable comprar una treintena de libros, casi todos en la Librería Norte, de la calle Pueyrredón.

Mientras pagaba esos ejemplares, me preguntaba en qué momento leería toda esa mini biblioteca, considerando que en Lima había dejado varios libros a medias. En lugar de irme contento de la tienda, salí deprimido.

Camino del hotel, saqué veloz cuenta del tiempo que me llevaría disfrutar mis nuevas adquisiciones y deduje que, en el mejor de los casos, acabaría allá por el 2011 (con suerte, antes del Mundial). Me sentí idiota haciendo esos cálculos, pues sabía que mi genética desidia arruinaría más temprano que tarde la más optimista proyección matemática.

En el vuelo de regreso, para infligirme presión, me prometí no abrir el equipaje literario antes de concluir mis lecturas pendientes. Pero como no puedo con mi genio, apenas puse un pie en Lima aguaité las espléndidas primeras páginas de los Diarios de John Cheever (acaso mi compra más valiosa), y deshice mi promesa con temeraria facilidad.

Hoy mi habitación es un fatal revoltijo y, honestamente, ya no sé qué diablos estoy leyendo. Si 'Respiración de Dios' de Ricardo Auster, o 'Creí que mi Padre era Artificial', de Paul Piglia, o los sabrosos monólogos del catalán Enrique Planas, o la última novela de mi amigo neoyorquino Andreu Buenafuente, o la tesis inédita del peruano Jhon Cheever, o los espectaculares Diarios de un alumno argentino de la UPC.