Por Diego Otero
Desde Fantasía (2003), una ambiciosa y oscura exposición sobre las sombras de la infancia, y sobre la memoria como un campo minado y bello, Haroldo Higa (Lima, 1969) no realizaba muestras de, digamos, gran formato. El artista se la había pasado investigando en las fricciones posibles entre lo simbólico y lo perceptual a través de materiales más o menos insólitos (palitos de plástico para chupetes, cartones troquelados), y adquiriendo así todo un nuevo, vasto, inusitado vocabulario creativo. Love, la muestra que se inauguró en la Galería Vértice el miércoles pasado, testifica los alcances de ese nuevo vocabulario y, a través de él, nos propone pensar los vínculos entre dos palabras complicadas: amor y modernidad.
La pieza principal de la muestra se llama Ficción. Se trata de la representación de un corazón humano, solo que a una escala hipertrofiada, y cubierta completamente por un mosaico de espejos, a la manera de las disco-balls que pueblan las pistas de baile. Ubicada en el centro mismo de la sala, y sostenida por un "pedestal" de peluche, Ficción opera como eje del conjunto y como punto de reflexión: todas las otras piezas se reflejan en ella, y se quiebran y se rehacen. Con implacable ironía, con una sensibilidad muy particular -que está entre lo pop, lo neoconceptual y lo kitsch-, pero también con un admirable sentido lúdico, Ficción habla de los rituales de eso que conocemos como enamoramiento: de cómo la psique humana suele activar un mecanismo de proyecciones y brillos que responden al contexto específico de la ilusión, y de cómo una vez que se diluye la novedad todo corre el riesgo de desaparecer entre las sombras.
Pero Ficción está hablando también de otras cosas. Al ser estrictamente realista, la representación de ese corazón nos enfrenta a una imagen de la transformación de las emociones. Porque Ficción es en realidad un objeto mutante: el órgano que bombea la sangre y distribuye la energía en el cuerpo de las personas empieza a convertirse en un símbolo de nocturnidad y laxitud. Y nosotros, los espectadores, somos testigos de la tensión que implica esa metamorfosis.
Desde su mismo título, Love es una exposición que alude a un enorme campo referencial. Y el título aquí es importante: hay una pieza que se llama precisamente Love, y que brilla como una escritura escultórica. Cuatro espejos en forma de letras (L, O, V, E) yacen cubiertos por unas planchas de trupán y cartón troquelado, formando un ritmo visual en el que el espectador se refleja, pero siempre de forma incompleta, fragmentaria. La palabra Love funciona en la muestra como el tono en el que se afina el conjunto de instalaciones: es la palabra pop por excelencia, es la palabra de Los Beatles, y con ellos arrastra una serie de alusiones a veces contradictorias: la idea de fiesta y de placer, la explosión del color psicodélico -es muy interesante notar cómo Higa ha vuelto al uso intenso del color, que caracterizó a sus primeras exposiciones individuales-, pero también el merchandising de la pasión y la alegría, el vaciado de sentidos que es consecuencia de la infinita serialización.
Es como si se hubiera decidido apostar por el lugar común con absoluta conciencia: solo para darle la vuelta y descubrirle otra sintaxis. "Se trata, creo, de buscarles un nuevo ángulo a las cosas que han sido demasiado vistas", señala Higa. "Mi intención no necesariamente era hablar de un tipo específico de amor de pareja, con connotaciones autobiográficas, sino más bien de plasmar la experiencia afectiva del sujeto común y corriente: los dilemas de la aceptación, las negociaciones con la soledad, las relaciones interpersonales".
Hay dos notables instalaciones en Love, y ambas juegan con los vínculos y las contraposiciones entre percepción y símbolo. La furia, que es una especie de mural escultórico, representa una llamarada que brota de la pared de la galería, y ha sido realizada con palitos de plástico industriales, de esos que se utilizan para los chupetes. Hay una inquietante fricción de sentidos en la violencia del fuego encarnada en la fragilidad del material; o en las reverberaciones simbólicas que arroja la pieza si pensamos en la función original de ese material. Lo mismo sucede en Cicatrices de muñeca: un conjunto escultórico formado por brazos de muñecas intensamente rosados, colocados sobre el suelo como si fueran los últimos miembros de cuerpos que se están hundiendo. Pero las piezas que forman la instalación son, en realidad, de cemento, y lucen cicatrices como de intentos de suicidio. Cicatrices que, modeladas a mano, terminan siendo huellas: documentos de una pasión; constancias de una pérdida.
Concebida como un espacio de encuentro entre la fiesta y el duelo, Love es una exposición de una vitalidad asombrosa. Los materiales, los colores y sobre todo los símbolos parecen estar a punto de convertirse en música. Ocultando el fracaso, la pieza que cierra el recorrido, consta de una pintura en negro sobre un fondo plano -en la pintura podemos entrever un cuerpo tendido en el suelo, al costado de un charco que parece sangre-. Toda la pieza luce cubierta parcialmente por un troquelado de cartón, y ese troquelado opera como un dripping simbólico: como una mancha que no solo importa porque cubre una derrota, sino porque implica la realización de un movimiento. "No solo se trata de evidenciar el fracaso, sino de no tener vergüenza de ocultarlo para volver a empezar", dice Higa.
Amor propio, que le llaman. O esa canción en la que una niña bella y viciosa dispara: "Padre, ¿me deja contarle a su congregación cómo se siente cuando una resucita de verdad?".