Por Ricardo Bedoya
La vida de los otros es la primera película dirigida por el alemán Florian Henckel von Donnersmarck, y ganó el Oscar a la mejor película extranjera de 2006, además de varios premios en Europa. Como La caída y Sophie Scholl, entre otras películas alemanas recientes que no conocemos en el Perú, La vida de los otros revisa hechos de la historia alemana ocurridos en un pasado que aún está fresco. Aquí no son los episodios del nazismo sino la vida en la República Democrática Alemana, a partir de 1984 -no es casual; es el año Orwell-, recreada en su gris y opresiva cotidianeidad.
Es la vida de los "otros" -los disidentes, los incómodos, los contestatarios, los inquietos, los que deciden pensar con su cabeza apartándose del dogma y del discurso oficial- contemplada por el agente de la Stasi (la dependencia de seguridad del estado de la RDA) que escudriña las conversaciones y la intimidad de un dramaturgo que posee los privilegios del intelectual oficial pero que peca por dos debilidades: una arrogancia suprema y una pareja codiciada por un alto funcionario del Estado.
Ello motiva la observación, el seguimiento, el "chuponeo" telefónico. Y en el centro de todo este siniestro aparato del poder está el personaje central de la película, el capitán Wiesler (el excelente Ulrich Muhe, actor de Funny Games, de Michael Haneke, y fallecido hace un mes). Él soporta el peso de la acción y concentra la ambivalente repulsión/identificación que suscita su función en los espectadores. Por un lado, es el funcionario estalinista severo y convencido de la legitimidad de su tarea (defender al Estado de todos los enemigos del socialismo), el hombre oscuro, austero, mínimo, sombrío, el burócrata robotizado que obedece y cumple haciendo la labor más turbia y malsana. Pero, por otro lado, es el que se "humaniza" al contacto con la obra de Bertold Brecht, disfruta la música y la forma de vida de sus víctimas y se redime porque, en el fondo, hasta ese personaje es digno de compasión.
El revisionismo de La vida de los otros es evidente: el agente de la Stasi tiene un rol perverso pero lo juega, poco a poco, con indignación, rechazo, curiosidad voyerista, afán protector, admiración por la inteligencia y carisma de sus espiados -esos seres del teatro que representan para él escenas inéditas de realismo doméstico-, fascinación con sus aficiones y emoción por la vida privada de los otros. Es un antihéroe tentado por el lado opuesto de su personalidad y trabajado desde dentro por un turbio erotismo que lo liga a sus observados. El costado indulgente de la mirada del director -ese que se manifiesta en el epílogo- resulta menos convincente que la apreciación fría y distante del funcionario que instruye, sin juicio previo ni intención humanista, las técnicas de su oficio.
La cinta, por ratos, apuesta a la ilustración del caso ejemplar, del expediente archivado en alguna oficina de la Stasi que se desempolva, dramatiza y toma vida para airear la verdad de lo que pasó en tiempos ominosos de represión masiva y soplonería generalizada. En otros momentos, la exposición asume la tónica y el ritmo del thriller, con ingredientes de espionaje y suspenso que alejan la cinta del discurso puro y simple o de la lección de historia que culmina con el ejemplo aleccionador.
Lo mejor es el modo en que el sentimiento de paranoia y el silencio forzoso van impregnando las situaciones y las imágenes de la película, a fuerza de mostrar la monotonía de las acciones, el mecanicismo de la vida, el monocromatismo de los vestidos y abrigos, el lado tragicómico del cableo para el espionaje, la economía expresiva de la cámara y sus funcionales movimientos, el cromatismo apagado de la árida fotografía, la rutina insoportable de las vidas de los funcionarios y los ciudadanos convertidos en sujetos de un expediente en la sociedad de la vigilancia.