Comentario del editor: ¿Cómo quiere llegar Alan García a julio del 2011?

Sus más altos logros deberán medirse en un bajo nivel de corrupción y en una baja flojera estatal

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Por Juan Paredes Castro

Hay algunas acciones y conductas del régimen aprista en el poder (Gobierno y Congreso) que parecen marchar en sentido contrario de los objetivos que busca.

Al no encontrar hasta hoy un sistema siquiera básico de compras del Estado, seguirá alimentando las estructuras de corrupción imperantes e intocables. Al no fomentar el control riguroso y transparente del gasto público, la cultura del derroche y la oportunidad del robo (como ha ocurrido en el Congreso) le quitará al más pobre de los peruanos su alimento, medicina y educación de cada día. Al no exigir, de jefe a paje, elevados estándares de rendimiento y cumplimiento de objetivos en la burocracia administrativa, la flojera estatal nos acompañará por cuatro años más como si fuera parte del alma nacional.

Probablemente el TLC con Estados Unidos, el crecimiento del PBI, el récord de reservas monetarias y la solidez en general de la macroeconomía respondan positivamente por el desempeño del régimen aprista de aquí al final del 2011. Pero si deseamos llegar a esta meta con un país distinto y superior, para atenernos a la aspiración presidencial pronunciada el año pasado al asumir su segundo mandato, tendríamos que pensar desde ahora en la marcha dinámica de por lo menos tres decisivas políticas: la de la inclusión social (no dejándonos ganar por el voluntariado "caritativo" de Hugo Chávez), la de la anticorrupción (no espantando a la contraloría de su trabajo obligatorio sino convocándola a mirar debajo de las alfombras de los ministerios) y la de la reforma del Estado en su nivel realizable: el de la eficiencia meritocrática medible.

Para las cosas básicas que tiene que hacer, el régimen aprista (Gobierno y Congreso) no necesita invertir mucho dinero, como piensa, con no poco susto, el ministro Luis Carranza. Necesita juntar voluntad política y atreverse a formar cuadros gestores piloto, con un tipo ad hoc de voluntariado, como se hizo en Chile, México y Costa Rica, donde se convocó el concurso de alumnos de maestrías de las mejores universidades para precisamente convertir la precaria administración estatal en sus mejores laboratorios de relanzamiento burocrático.

Así como Julio Favre fue una creación imaginativa y audaz en medio de la tragedia del sur, algo nuevo y extraordinario se le tiene que ocurrir a Alan García y a Jorge del Castillo para hacer que la administración estatal funcione de veras, eficiente y transparentemente. No podemos seguir haciendo el ridículo de la peor incapacidad del mundo para comprar siquiera una motocicleta destinada al reparto de correspondencia entre el Gobierno y el Congreso.