LA HISTORIA DE LA ARQUITECTURA DE LOS CINES DE LIMA

Ilusiones a oscuras

El arquitecto Víctor Mejía es autor de Ilusiones a oscuras. Cines en Lima: Carpas, grandes salas y multicines, un reciente volumen que repasa la arquitectura de los cines de Lima desde comienzos del siglo XX hasta el advenimiento de los multicines. Silencio, que la función va a empezar.

Hubo un tiempo en que el espectáculo no estaba solamente dentro de los cines limeños, es decir, en los espacios destinados a la proyección de las películas, sino también en la parte exterior, en la calle, desde donde uno podía apreciar la arquitectura de cada cine, arquitectura que, de alguna manera, cumplió la importante función de marcar los cambios que han ido afectando a la ciudad en los últimos años. A contrapelo de las innegables mejoras introducidas por los multicines en cuanto a servicios, calidad de imagen y sonido, además de la comodidad misma al interior del local, la ciudad ha perdido, en lo que a cines se refiere, algo de belleza y plasticidad urbanas.

Hoy muchos multicines se refugian al interior de centros comerciales, lo que hace prácticamente imposible "verlos" y los convierte en espacios que no se integran al paisaje urbano, salvo algunas excepciones. En más de un caso, responden a un diseño estandarizado: amplios halls, amplios corredores mullidamente alfombrados, servicios higiénicos tecnificados, boleterías vía tarjetas de débito -que no siempre funcionan bien- y un gran despliegue gráfico y propagandístico que traduce, sin duda, un evidente progreso en mercadotecnia, algo que, valgan verdades, ha ayudado a sacar de su marasmo a la actividad cinematográfica comercial. Sin embargo, algo de encanto y magia se ha perdido. Hay quienes miramos con nostalgia cómo antiguos cines han perdido la elegancia de su primer diseño, dando paso a una transformación que, sin dejar de ser positiva, ha hecho pasar a la historia una buena parte de la historia citadina. Por suerte, una reciente publicación del arquitecto Víctor Mejía Ticona se ha propuesto recordarnos, en parte, el antes y después de los cines limeños. El volumen Ilusiones a oscuras. Cines en Lima: Carpas, grandes salas y multicines nos relata la historia de una arquitectura que por muchos años yació perdida en los anales de la historia arquitectónica general de la ciudad y nos la devuelve, autónoma, pero también como parte de un contexto más amplio, el de los grandes cambios urbanos que ha sufrido la ciudad.

UNA PELÍCULA REAL
"La Lima de fines del siglo XIX fue la que acogió a la primera función de cine en el Perú, en 1897, dos años después de la primera proyección pública del cinematógrafo de los hermanos Lumiére, en París. La ciudad conservaba aún el uso del adobe y la quincha, los tranvías jalados por infortunados caballos y las fiestas de carnaval cada febrero. Nada hacía suponer entonces, que tan solo una década después, el cine se habría ya posicionado en la ciudad".

Este es uno de los tantos datos interesantes que aporta Mejía en su libro. Una muestra, además, de cuán grande fue el impacto del cine en estos pagos. Si para ese entonces la llamada arquitectura recreativa de Lima se asentaba sobre todo en los teatros, los coliseos de gallos y la plaza de Acho, en los siguientes años la industria del celuloide comenzaría a reclamar la existencia de locales adecuados para la proyección, aunque al inicio fueron los teatros -el Olimpo y el Politeama, entre ellos- y algunos cafés y confiterías -como el Jardín Estarsburgo y el Marrón- los que sirvieron a ese fin, sin olvidar el carácter eventual de las carpas de circo, que entre fines del siglo XIX y comienzos del XX también hicieron las veces de cine.

Sin embargo, habría que esperar hasta 1909 para contar con un local especialmente construido para la proyección de películas. Se trataba del Cinema Teatro, ubicado en la cuadra 10 del jirón de la Unión (calle Belén), casi frente al Club Nacional. Según anota Mejía, "La sala tenía capacidad para 580 personas: poseía 80 localidades en palcos, 200 en platea, 100 en balcones y 200 más en cazuela. La 'bombonera de Belén', como también se conoció a este local, fue autoría del ingeniero Juan Pardo S.".

No pasaría mucho tiempo para que el novísimo Cinema Teatro fuera ganando competidores. Durante las deécadas de 1910 y 1920 aparecen otras slas de cine en la capital, lo que de alguna manera preparó el terreno para otro hecho fundamental en esta historia: el establecimiento de las empresas distribuidoras extranjeras en Lima, como Universal Pictures (1922), Paramount (1926), Metro Goldwyn Mayer (1931), Warner Brothers (1934), Fox Films (1935) o Columbia Pictures (1937). El impacto se reflejó no solamente en el desarrollo deo negocio cinematográfico, sino también en el surgimiento de medios especializados. Mejía recuerda que "hacia fines de los años veinte, circulaban ya algunas revistas de cine, y en 1925 se publicó el primer ejemplar de la más importante de las décadas siguientes, La semana Cinematográfica. esta se mantuvo de manera ininterrumpida hasta 1978, para reaparecer en 1981 y desaparecer un año después".

DESDE LA FACHADA
Algo que puede decirse de la historia arquitectónica de los cines en Lima es que "el espectáculo comenzaba en la calle". Si bien es cierto que por fuerza podemos separar el espacio exterior del interior de cualquier edificación, no es menos cierto que las altas fachadas de los cines, así como otros detalles de su arquitectura que los hacían reconocibles a primera vista, ganaron una presencia notoria en el espacio urbano capitalino. Incluso, como arriesga el autor de este libro, la arquitectura misma daba pie a una lectura que daba cuenta de la sólida estratificación de la sociedad limeña y de su jerarquía clasista. Casi desde un inicio podía advertirse ya la división y las diferencias existentes, por ejemplo, entre los cines de estreno (es decir, los grandes cines) y los de barrio, en cuyo interior había también estratos: platea y cazuela. Por un lado, ambos eran interesantes desde el punto de vista arquitectónico -especialmente a partir de la construcción del Excelsior, en 1914- y constituyeron valiosos aportes al paisaje urbano; por otro, delataban un uso restringido y excluyente del espacio.

A todo esplendor, naturalmente, sigue la decadencia. Hasta antes del inicio de los años 60, el negocio cinematográfico había sido más que exitoso, pero en las décadas siguientes viviría una lenta caída en picada. Cierres de cines, conversión en locales para otras actividades (las religiosas han sido las más recurrentes, al igual que las salas de juego) e incluso la demolición, fueron el destino inapelable de muchas salas limeñas. A partir de los años noventa, sin embargo, algo comenzó a cambiar con la entrada en operaciones de los multicines, que de alguna manera hicieron el milagro. En este caso, la arquitectura se torna más funcional, más homógenea y quizá menos vistosa, aunque fachadas como las del antiguo Álcazar le han dado un brío indudablemente moderno al entorno urbano. Sin duda, con este libro, Víctor Mejía llena un vacío y nos invita a ver, no en el ecran, la historia detrás de un acto tan entrañable y necesario como ir al cine.