Bajo el título de Obra reciente (2005-2007) y la curaduría de Jorge Villacorta, Jorge Piqueras toma íntegramente la galería Lucía de la Puente para desplegar una treintena de cuadros que no solo cuestionan los hallazgos y los límites de su notable y extensa trayectoria, sino también los usos y convenciones de la pintura tal y como la conocemos hoy, en el Perú.
Por Diego Otero
Como Eielson, como Emilio Rodríguez Larraín, como Joaquín Roca Rey -compañeros generacionales todos-, Piqueras es un artista versátil, osado, irreverente. Afincado durante buena parte de su vida adulta en varias ciudades europeas, donde su nombre y las diversas líneas de su producción despiertan curiosidad y expectativa, Piqueras ha construido una obra cuyo signo es la vitalidad. Cada pieza suya, pero también cada giro estilístico o conceptual que realiza, subraya el acento tonificador, alerta, desestabilizante, que su trabajo luce con admirable naturalidad.
Ahora, a los 82 años, con varias participaciones a cuestas en las Bienales de Venecia o Sao Paulo, Piqueras muestra el resultado de un intenso ciclo creativo iniciado el 2005; un ciclo -o un conjunto de ciclos, debemos decir, porque a primera vista los distintos espacios de la galería parecen tomados por varios artistas- en el que reinventa las coordenadas de su trabajo pictórico y comenta, con pasión e ironía, las transformaciones, los triunfos y los debilitamientos que la pintura moderna ha venido sufriendo en su viaje a través del tiempo.
Pero Piqueras no realiza este proyecto con un afán totalizador; tampoco pretende plasmar un ensayo visual sobre la crisis de la modernidad en la pintura; eso viene por añadidura, digamos. Lo suyo es una indagación estrictamente personal: pinta como quien tira la red de pescar, y en eso radica su fuerza. Piqueras se está interrogando a sí mismo de un modo implacable -los cuadros que componen Obra reciente son como cifras de un vocabulario que pugna por definir, por situar un momento vital-, y nos permite ser testigos de excepción de ese interrogatorio.
En la biografía de Jorge Piqueras, marcada por los vínculos con el arte de una manera incluso literal, tautológica -el artista nació en el mismísimo local de Bellas Artes, en 1925, cuando su padre, el arquitecto y escultor español Manuel Piqueras Cotolí, era director de dicha institución-, se suceden una serie de hitos y quiebres que iluminan el sentido de una obra difícil de clasificar, intensa, invadida por el instinto de juego y de humor pero ajena a cualquier complacencia. Unos ejemplos: a los diez años realiza su primera escultura; a los 22 gana el Premio Nacional de Escultura Baltazar Gavilán y conoce al escultor español Jorge Oteiza, quien ejercería sobre él una poderosa influencia; a los 24 es becado por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, y emprende un viaje por Europa que, de alguna manera, nunca terminaría; a los 35, en 1960, ya está realizando exposiciones individuales en Suiza y Alemania: ese mismo año también participa por primera vez en la Bienal de Venecia; en el 64 se le otorga el premio de la Fundación Copley -en el jurado estaban Marcel Duchamp y Roberto Matta-; del 78 al 86, imprevistamente, deja de lado cualquier actividad plástica y se dedica a la fotografía periodística; en el 2000 realiza dos exposiciones simultáneas en Lima. En una de ellas -Album de recuerdos, en la Sala Luis Miró Quesada-, muestra un grupo de collages que contradice con radicalidad el propio título elegido. Hay tanto asombro y curiosidad ahí, que los collages parece apuntes de algo que aún está por vivirse.
Fiel a su vocación por el riesgo, por la exigencia y la integridad artística, Piqueras ha hecho de Obra reciente un laboratorio en el cual desensambla los motivos geométricos que han venido poblando su pintura por décadas, y con ello pone en tela de juicio las usuales connotaciones de trascendencia, de absoluto, que dichos motivos han querido representar en la tradición pictórica moderna. Los cuadros de Obra reciente quiebran las simetrías; sabotean el motivo geométrico a través de mecanismos heredados del op art, o a través de un empleo inusual de la gestualidad. Con gran intuición, Piqueras se aleja de los programas del expresionismo abstracto -la gestualidad como documento existencial, como marca de alguna turbulencia emotiva- e imprime gruesas pinceladas que son puro juego, testimonios de lo absurdo, movimiento.
¿Qué queda -para Jorge Piqueras y su estricta experiencia como creador- de la pintura moderna luego de estos dos años de ferviente trabajo de taller? Es como si, al final de todo cuestionamiento, el artista nos dijera, de algún modo, que los grandes maestros de la modernidad aún están ahí, vivos, para que los interroguemos, pero que las estructuras de su magisterio tiemblan, pueden desplomarse en cualquier momento, como absolutamente todo en este mundo, como los propios cuadros de Obra reciente. Ahí está la dignidad de la muestra. Ahí la gracia.