Por Rosella Di Paolo
¿Qué lleva a una paciente Adriana a "ver" escorpiones en posición de ataque en las manchas de un cuadro? Quizá el deseo de que salten sobre alguien que no deja de decir lugares comunes. Desde las primeras páginas, Crisis respiratoria, de Susanne Noltenius (Lima, 1972), registra con agudeza esos inocuos gestos de rebeldía de mujeres y hombres atrapados en convencionalismos, en trabajos lucrativos sin significado personal, y hasta en casas cuyos tonos y texturas armonizan con un gusto exquisito, pero obsesivo.
La mayoría de personajes en estos relatos son madres y profesionales jóvenes que pastorean muy bien los aspectos prácticos de la realidad; pero su necesidad de lucir perfectas ante un tribunal real o imaginario es tanta, que ahogan dolorosamente sus arranques más vitales. Es así como las vemos atravesar los invisibles muros que separan estos cuentos cargadas de ansiedad, tedio, culpa o contención... formas todas de una asfixia existencial que adelanta con elocuencia el título del libro. Siempre dispuestas a decir "encantador" o "atractivo", es, sin embargo, la "tos ronca y seca, como el grito de una foca" ("Crisis respiratoria") la que mejor habla por todas ellas.
La anorexia o el extraño juego con unas cuchillas son los tonos más altos de ese grito, pues sus esporádicos gestos sediciosos ante la intrusión de propios o ajenos van más por el lado de las fantasías. Convencionales fantasías como el adulterio, tan al uso para "romper" las redes sociales que se consagraron a tejer, y penoso consuelo por no haber seguido impulsos, sino cálculos. Fantasías pueriles como los "escorpiones" de Adriana, o ese arsenal tan suyo de libros para-aislarse-del-mundo, pero libros triviales, buenos sólo para apuntalar clichés.
Con sensibilidad, la voz narrativa pone sobre la mesa personajes, hechos y objetos, y se retira, dejándonos a nosotros la tarea de relacionarlos y juzgarlos. Por eso, como en los relatos del norteamericano Raymond Carver, los objetos cotidianos más simples -una licuadora, una tostada, un alicate- pueden tener gran fuerza expresiva.
En estos cuentos, y de un modo muy afortunado, se da algo que también agradaba a Carver: "un sentimiento de riesgo o una atmósfera de amenaza". Cuando no se dice todo, sino lo suficiente, se produce un efecto así. En "Tsunami" este recurso adquiere una maestría irreprochable: la mención a un incierto tsunami corre por arriba, mientras, sin decirse, e iluminándola de un modo trágico, corre por debajo la amenaza de una separación. El lector es quien asocia el tsunami con la esbelta nadadora que atrapa la mirada del esposo de la protagonista. Como también es el lector quien en "Un vaso de whisky" percibe que los dedos de Romina jugueteando con las cuchillas de la licuadora la conectan anímicamente con el suicidio del padre.
Un personaje entrañable en el conjunto es Domitila, quien desde su puesto de cocinera demuestra un afecto real por el pequeño de la casa. Su gordura, su castellano deficiente y su ingenioso alicate para cambiar los canales del televisor, introducen vientos de espontaneidad en una familia perfecta hasta la asfixia. Parece el único ser vivo en medio de tantos fantasmas. No debe de ser casual que su nombre sea el único elevado a la categoría de título entre estos cuentos donde casi por regla general se nombra a sus protagonistas desde la primera línea: Adriana, Mariela, Romina o Eliana. A diferencia de Domitila, de todas ellas podría decirse lo que de las casas de un balneario de moda: "Lucen casi iguales, iluminadas por fuera y apagadas por dentro" ("Tsunami"). Aunque hay, sí, una oveja díscola cuya bendita impulsividad la salva de ser un diente más en el engranaje de los otros, tal como se ve en "Al pie del volcán".
Aun cuando casi todos aquí quieran proyectar una imagen de personalidad y encanto, sus espíritus están "acuartelados". Con horror, los lectores nos hacemos cargo de esas vidas de burbuja donde horarios de trabajo y de vacaciones, colores, muebles, flirteos, cuerpos, ropas y ejercicios para mantenerse en forma, se combinan con la severidad de los catálogos. Hasta sus casas de playa, y sombrillas, hacen pensar en cuarteles militares: diseños y colores similares, en filas ordenadas, y no muy separadas entre sí para ejercer el control mutuo. Además, una estricta composición: las mujeres aquí, los hombres allá, los niños acullá. Incluso las jóvenes parejas de casados se tratan con una cordialidad de extraños. Y por todas partes, esa odiosa jerarquía feudal que separa a "los señores" y a las "niñeras vestidas con uniformes blancos, como velas de barco" ("Tsunami").
Sin duda, Crisis respiratoria pone el dedo en la llaga sobre la íntima soledad y vacío de las relaciones humanas, pero en especial, sobre esas vidas sofisticadamente bobas de las capas medias altas y altas de nuestra sociedad. Como Bryce Echenique, Susanne Noltenius empieza a mostrarse en estos limpios relatos como una observadora incisiva e inteligente de un mundo que muchas veces hace de la indiferencia, el hedonismo compulsivo y la helada cortesía sus banderas más visibles.