ENTREVISTA. JORGE PIQUERAS

"Saber mirar me hizo sobrevivir"

IRREVERENTE, LÚCIDO, FURIOSAMENTE CREATIVO, JORGE PIQUERAS REÚNE SUS OBRAS PRODUCIDAS EN LOS DOS ÚLTIMOS AÑOS PARA COLGARLAS EN LA GALERÍA LUCÍA DE LA PUENTE. A LOS 82 AÑOS, NO DEJA DE RENOVARSE.

Por Enrique Planas

Irrepetibles. Tanto el artista como su obra. Hace 20 años, Jorge Piqueras (Lima, 1925), contertulio de Marcel Duchamp y de Salvador Dalí, estrecho cómplice de Emilio Rodríguez Larraín, ofreció su primera muestra individual en Lima. ¡A los 62 años! Por cierto, luego de sorprender con su obra las principales plazas del arte moderno europeo desde que se estableciera en París en 1949. La exposición que el artista inauguró esta semana en la barranquina galería Lucía de la Puente también encierra una novedad. Es la primera, según él mismo nos advierte, pensada y trabajada para ser colgada en una galería. "Trabajé pensando en los muros, en el espacio que se me presentaba. Lucía (de La Puente) me dijo que tenía que hacer con ella una retrospectiva, pero eso es impensable para una persona como yo que lleva trabajando 60 años. Así que, como cualquier pintor joven, le propuse exponer mis últimos trabajos. Le pedí dos años para realizarla. Hubiera necesitado tres, pero ya no habrían entrado tantos cuadros aquí", comenta.

Una retrospectiva de su trabajo sería el gran reto (o la pesadilla) de todo curador. Su enorme obra está dispersa por todo el mundo.
Está dispersa porque tenía que vivir de ella. Ya será trabajo de los estudiosos hacer con mi obra lo que ahora hacen con la obra de mi padre (el arquitecto, escultor y urbanista Manuel Piqueras Cotolí ) en el Museo de Arte, donde he donado lo que queda de su obra. Pero para hacer una retrospectiva de mi obra se necesitaría un museo con mucho dinero, o con el apoyo de muchas fundaciones. Tendría que acordarme primero quién se llevó un cuadro mío en tanto tiempo, incluso ya varias galerías que vendían mis obras ya no existen. ¿Dónde están esos cuadros? Quién sabe. Siempre he creído que hay que pescar lo que hay, y no esperar a salir en esos famosos libros de arte, editados igual que un libro de cocina, que no sirven para nada.

Ha comentado que esta exposición es una forma de reflexionar sobre sus últimos 10 años radicado en Lima. ¿Ha llegado a alguna conclusión sobre esta ciudad?
No. Más que una reflexión, es una situación reflexiva que no se puede llevar a las palabras. Lo que he sentido en estos últimos 10 años es una soledad total. Una falta de comunicación con la gente. No porque yo no quiera comunicarme, sino porque no encuentro con quien tener una conversación como esta. Yo hablo con los taxistas, pero no con el resto de la gente. Para mí, en mi experiencia, la gente ya no se comunica. Y eso es lamentable. ¡No hay bares! Vas al San Antonio y te encuentras con la misma gente masticando sánguches enormes. Jamás con gente distinta con la cual conversar.

¿Extraña los bares de sociedades más homogéneas e integradas como las de Europa?
No creo que sea una peculiaridad de Europa. Cuando estuve en el Cusco, sentí a la gente mucho más comunicativa. Es el limeño el que está asustado y acomodado. Los artistas tampoco se interesan en dialogar. Yo busco a Emilio (Rodríguez Larraín) a su casa para ver sus cuadros y con eso me enriquezco. Aunque claro, no puedo ser amigo de un mal pintor. O de un pintor que no me interese, uno que solo espere aplausos y no acepte críticas.

Fue Emilio Rodríguez Larraín quien le hizo conocer a un artista fundamental como Marcel Duchamp...
Con Duchamp te sentías frente a un monumento histórico. En el verano, Emilio y yo lo visitábamos todos los días. Yo nunca lo interrumpí con preguntas y menos con fotografías. ¿Qué se le podía preguntar a una persona como él? Era cuestión de escucharlo, nada más. Era un hombre sencillo, libre. Pocos días antes de su muerte, ya enfermo, me invitó a cenar. Cuando me abrió la puerta, su mano se aferró a la mía y me preguntó: ¿Dónde estamos?

También en su temporada en España mantuvo cercanía con Dalí...
Dalí era otra persona cuando estaba delante del público. Allí empezaba el teatro para él. Pero entre amigos era una persona intensa, fuerte, estupenda. Un personaje.

LA MUESTRA
En la actual exposición de obra reciente, es notable apreciar cómo en su obra la exploración cambia permanentemente.

Los caminos se bifurcan y se van por sitios impensables. Eso es lo que me interesa en una exposición de arte. Hace poco he estado en París y veo que no pasa nada interesante. He ido a ver cómo se mueren los cuadros en los museos de arte moderno. Todo el arte povera, por ejemplo, se va secando fuera de su contexto. Todo parece una especie de arqueología que ha perdido sentido. Acciones cansadas, fracasadas. Creo que estamos en un período en que la pintura tiene otras connotaciones. Pintar es una manera de vivir, de comportarse, más que fabricar un producto. Hoy, todo se parece a todo.

Toda una serie de su exposición fue motivada por un viaje a las islas Galápagos. ¿Buena parte de su trabajo nace de experiencias anecdóticas?
No, en este caso no es una anécdota. Son situaciones aparecidas, fundamentales. Encontrarse con los volcanes, por ejemplo, o ir a la Estación Darwin para estar con las tortugas y aprender su forma de entender el tiempo es algo tremendamente interesante. El mar, las casas pequeñas con lagartos que se meten por las ventanas... Esa sensación primitiva de tierra viviente.

Piezas fundamentales de su obra es una serie de esculturas tituladas "Él", que representaban hombres intentando trepar una pared con el claro propósito de huir. ¿Tuvieron que ver también con alguna situación fundamental en su vida?
El propósito era huir de la cárcel, en Francia. Sufrí vejámenes de los guardias, gente que es mala porque vive en la prisión toda su vida. Bajé 7 kilos en el mes que estuve preso.

¿En la cárcel? ¿Cómo sucedió?
Un accidente. Yo había bebido. No demasiado, pues si no, no hubiera pagado el seguro, pero sí lo suficiente para meterme en la cárcel. Un accidente en el que había muerto una chica en el otro vehículo. Estuve metido en la cárcel un mes. Éramos ocho personas, todos extranjeros, en una celda de dos metros por cuatro. Los policías franceses te tratan de una manera espantosa. Es terrible la sensación de encierro. Recuerdo que dentro soñaba que estaba afuera. Y cuando salí, soñaba que estaba dentro. En el calabozo, sin luz, sin nada, me puse a hacer ejercicios, y para contrastar tanta inmundicia me puse a dibujar esos personajes. Uno tiene la cabeza gacha y el otro levanta la frente. Juntos constituyen una escultura completa que se llama Monumento a la Libertad. Casi todas las esculturas nacieron de esos dibujos que hice en la cárcel.

En una de las salas de la galería se presenta una serie trabajada en carboncillo, que nos remite a la estética del graffiti. ¿Es una forma de reflexionar sobre Lima?
Son obras en carboncillo que buscan siempre atacar el cuadro de manera sorpresiva, sin la intención de imponer nada. Pero no es un graffiti. Puede ser un pariente, quizás. Graffitis eran los del muro de Berlín. Eso era otra cosa. Eran sorprendentes. Se quería ocultar un muro con símbolos; era una especie de liturgia contra algo. Los graffitis de Lima parecen hechos por chicos de Bellas Artes. Las experiencias no se pueden repetir. Las escuelas de arte son absurdas: te empujan a repetir un ejemplo.

En los setentas decidió plantar su carrera de artista plástico y se dedicó a la fotografía. ¿Por qué?
Me harté de las galerías. Te tratan mal, te quieren explotar. Te dicen que no vales nada para pagarte nada. Y yo les decía, 'Si no valgo nada, entonces no me compren'. Me cansé de eso. Y me dediqué a la fotografía trabajando en las revistas más importantes.

¿Y qué sucedió para que volviera a la plástica?
¡Es que se me salía hasta por las orejas! No puedes renunciar a lo que tienes tan profundo. En verdad, saber mirar es la profesión que me hizo sobrevivir.

¿Es cierto que planea irse del país?
No me voy del país. Es el país el que no me recibe. Cristina, mi mujer, ha obtenido un trabajo que nos permitirá vivir en París con nuestros dos perros. Así que me voy, y me llevo todas mis pinturas.

LA EXPOSICIÓN:
LUGAR:
Galería Lucía de la Puente, Paseo Sáenz Peña 206, Barranco. temporada: Hasta el 28 de setiembre.