La muestra Pensadores Peruanos del Siglo XX Frente a la Problemática Nacional, reúne fotografías y objetos personales de 18 notables de las letras nacionales. La exposición, organizada por el historiador Rodolfo Loayza, estará abierta hasta el 6 de octubre en el Centro Cultural de San Marcos.
Por César Nieri
Ingresar a la Casona de San Marcos nos somete a un curioso estado de suspensión en el tiempo y nos saca del barullo urbano para anestesiarnos con la hipnótica serenidad de sus patios y pasadizos. Alejados ya del caos limeño y tras subir unas escaleras, nos encontramos con el espacio dedicado a esta exposición, que invita a atravesar un velo que alarga la historia y la superpone al presente. Desde sus propios rincones, como atrincherados por voluntad propia, a defensa de sus convicciones, cada uno habiendo seleccionado meticulosamente su espacio y la distancia con sus acompañantes, nos observan diversos rostros monocromáticos de gran presencia.
Una variedad de semblantes, miradas y expresiones que, sin embargo, tejen con hilos invisibles una singular conexión, una relación de complicidad; como si con el tiempo hubiesen logrado una reconciliación entre ellos mismos y sus diferencias. Nombres como Manuel Gonzales Prada, Víctor Andrés Belaunde, José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya De La Torre, entre otros, brillan en letras blancas, como extraños llamados sobre el fondo rojo y negro de los rectángulos dedicados a cada personaje.
Por momentos todo nos contagia la atmósfera turbadora de un museo de especies extintas, porque en el Perú eso es lo que significa, muchas veces, ser un pensador, un intelectual. Hoy que los políticos se esfuerzan más en pavonearse con el insubstancial espectáculo, en la pose como fin en sí misma, o la controversia y el escándalo como instinto básico. Aquí, en cambio, todo es calma; ese sosiego que solo brindan los sabios, quizá.
Cada cual nos invita a su espacio, nos susurra frases propias que han perdurado en el tiempo; y a la vez es como si entre todos ellos se planteara un diálogo tácito acerca del Perú en ese mismo momento. Descubrimos de pronto lo poco que hemos avanzado en algunos aspectos, pues los problemas que ellos abarcan son los mismos que nos siguen aquejando. Estos fantasmas han regresado para resaltar asuntos tan elementales como la necesidad de una descentralización efectiva del país, la unión de los peruanos más allá de sus diferencias raciales o de clase.
Luego esa distancia inicial -que que acaso sea solo el respeto que estos hombres se merecen- tiende a desvanecerse un poco, ayudados por aquellas vitrinas dentro de las cuales descansan objetos personales de estos pensadores. Cada una es como un nuevo hallazgo, una invitación repentina que un gran individuo nos tiende a su intimidad. La tendencia la determinan las condecoraciones, las plumas, los libros (obras propias de algunos de estos personajes) con dedicatorias, las libretas de anotaciones y los anteojos.
Una repentina fascinación nace en nosotros al ver las plumas y saber que en la memoria de este objeto se encuentra el rasgueo contra el papel dibujando las reflexiones de estas lumbreras. Las imágenes que han quedado impresas, de forma invisible, a través de los anteojos de hombres que han visto tanto de la realidad nacional en sus viajes, y aún han podido ver mucho más dentro de sus corazones anegados de amor por su país. Testimonios de distintas personalidades en la caligrafía particular de cada uno de ellos. Fotografías de su infancia y de su vida un tanto más privada, como una invitación a reconocer lo humano en ellos, de identificarnos, de sentirnos reflejados.
En algunos casos hay objetos más curiosos, prendas de vestir, corbatas. La pipa de Luis Alberto Sánchez, los versos de un joven Aurelio Miró Quesada, una figura de Quijote perteneciente a Raúl Porras Barnechea. No dejemos entonces que estos grandes hombres queden como Quijotes que luchaban contra molinos de viento, puesto que sus reflexiones en cambio van dirigidas a monstruos de una realidad devastadora, que quizá hasta ahora no hemos admitido con la seriedad necesaria. Combatámoslos, como lo hicieron ellos, interesados en un país mejor.
Que esta muestra sea una inspiración, un recordatorio. Que esta reunión más allá del tiempo sea un empujón que, como siempre se dice, nos ayude a aprender del pasado; quizá no tanto de los errores, sino del acierto de estos pensadores al dedicar noches de insomnio en cavilar acerca de las soluciones a nuestras crisis estructurales. Porque, después de todo, ellos han logrado algo que el hombre continuamente ha buscado, dentro de esa necesidad de perdurar en el tiempo, de subsistir a pesar de la muerte. Ellos han logrado, en cierto modo, obtener un pasaje a la inmortalidad.