Por Ricardo Bedoya
Duro de matar 4.0, Paranoia y El tigre y la nieve, son algunos de los estrenos que están en cartelera. La mejor es Duro de matar, mientras que El tigre y la nieve se torna insufrible a causa de la verborrea y morisquetas de un Benigni fuera de todo control.
Duro de matar 4.0 continua con las correrías de Bruce Willis para desbaratar afanes terroristas y rescatar a algún miembro de su familia tomado en rehén y en peligro inminente. El detective John McClane es un personaje de "cartoon" que tiene a la vez de Coyote y de Correcaminos: es persistente, avieso y peligroso como el primero, y resistente, imparable, indestructible, como el segundo.
La serie Duro de matar ya dio el giro hacia el delirio destructivo, la auto ironía y la dinámica desaforada de la historieta, como lo hizo poco a poco James Bond en la era de Roger Moore. Toda la película se ve con un gesto de divertida incredulidad: ¿hasta dónde va a llegar esta acumulación de catástrofes de las que Bruce, estólido, imperturbable, convertido en una fusión de Robert Mitchum y Terminator, enfrenta con un quite oportuno, casi una suerte de toreo?
Puede llegar al Armagedón mismo, del que Willis saldrá bien librado porque lo que interesa aquí es la escalada del frenesí, el goce de la destrucción y la parodia de cuanto método de lucha o combate ha mostrado el cine de acción de los últimos años, y de los que el héroe se mofa con un gesto de cinismo que parece llevar tatuado. Uno tras otro, hace añicos a una ninja, a un helicóptero, a un avión de guerra que dispara misiles, a un infalible francotirador, a un combatiente que salta como El hombre araña después de haber visto El tigre y el dragón, y desbarata a un club aristocrático y multinacional de hackers y genios de la informática dispuestos a causar un caos financiero digno del Doctor Mabuse. O mejor dicho de un Mabuse luego del 11 de setiembre porque el fantasma de ese día ronda por toda la película y alerta, en serio o en broma, sobre las debilidades de la seguridad, solo superables por la presencia de un fuera de serie como Bruce Willis. Lástima que el villano, encarnado por Timothy Olyphant, no tenga mayor envergadura.
SUSPENSO DOMÉSTICO
Paranoia es una puesta al día de Ventana indiscreta, aunque con resultados muy poco hitchcockianos. La película empieza con brío y gracia. Luego de participar en un fatal accidente automovilístico, donde muere su padre, un muchacho pasa por una etapa complicada de duelo. Un episodio de violencia lo condena a prisión domiciliaria. Reducido dentro de su casa, decide espiar la vida de sus vecinos en complicidad con un amigo de origen coreano y una atractiva vecina que se les une.
Hasta allí, todo bien descrito y narrado: el ambiente suburbano; el aburrimiento y la frustración del prisionero; su gusto por entrometerse en la vida ajena. El intento de hacer una cinta relajada, casual, de un suspenso casi doméstico, con tres jóvenes como protagonistas de un grupo de improvisados fisgones, le rinde homenaje a su modelo mayor e inalcanzable. Como en las películas de Hitch, los apuros nacen del ocio y la holganza.
Pero conforme avanza la acción y el "verdadero culpable" se identifica e interviene, el director DJ Caruso pierde el tono, desafina y el misterio desemboca en truculencia, sustos, sacudones y zamaqueos, uno tras otro, en una sucesión previsible de golpes de efecto. Eso no lo hacía Hitchcock.
TIGRE COLORADO
El tigre y la nieve provoca vergüenza ajena. Roberto Benigni se la pasa dos horas monologando sin dar respiro; poetizando; recitando lugares comunes; edulcorando el horror; sobreactuando; jugando el insufrible rol del payaso triste y reflexivo que cree tener el bálsamo para aliviar el dolor de la humanidad; perdiendo el ritmo del efecto cómico al dilatar cada intervención humorística hasta ahogarla en el patetismo. Dos horas de un narcisismo preocupante porque parece rozar alguna patología.