Por Milagros Leiva. Enviada especial
Camina como si estuviera aprendiendo a caminar. Un niño le ayuda a no tropezar con los adobes desperdigados. Es su sobrino. La abuela camina y vigila la bolsa negra de plástico que aferra a su brazo derecho. En la manga de su chompa azul esconde un pan francés. Así hace siempre. Esconde sus migas para cuando llegue el hambre. Cuando su frágil figura aparece en la calle Deza, los vecinos hacen fiesta: ¡Abuelita, cuidado te caigas!, advierten a gritos. Lastenia se ríe, mueve la cabeza y responde el saludo. Esta mañana se dirige a la tienda de Rosario Echegaray. Tiene sed. ¿Qué quieres, abuela?, le pregunta Rosario y la mujer abre la bolsa negra que esconde una cartera también negra, pero de cuero. Es un regalo y por eso la camufla, no vaya a ser que algún desvergonzado quiera arrebatársela. ¿Qué quieres, abuela?, le pregunta Rosario y la mujer pide una gaseosa amarilla. Bebe despacio, tan despacio como camina. Estoy en la calle, dice su tristeza. ¿Quieres ver mi casa? Lastenia vive en la calle Desamparados. Nunca hubo nombre más preciso para definir su situación.
La casa de la abuela Lastenia ya no es una casa, es un cerro de polvo. En lo que alguna vez fue su vereda ha colocado los animales de su nacimiento que los vecinos lograron rescatar. Cada Navidad su casa se abría para adorar al niño Jesús y ver a las vacas gordas y los carneros rosados que ahora están empolvados. Ningún vecino se ha atrevido a coger los animales, ningún saqueador se los ha llevado. A la abuela Lastenia se la respeta porque es la verdadera reliquia de Desamparados, bromea su vecino Rommel Boade. Lastenia se deja abrazar: Cómo no tengo treinta soles para pagarle a cada vecino un día de limpieza, cómo no soy joven para limpiar mi hogar. No llores, abuela, le pide Rommel.
El 20 de agosto esta mujer ha cumplido 107 años y no quiere alejarse de Pisco. ¿Cómo me voy a Lima si aquí he vivido toda mi vida? Lastenia está alojada en la carpa de una sobrina y allí suele recordar que un milagro la salvó. Todo fue obra de la señora Luisa de Humay. Así llama Lastenia a la beatita, a la que no ha dejado de hacerle misa cada 21 de noviembre, desde hace 65 años. Yo me acosté la noche del 14, estaba bien cansada y la beatita se me presentó: ¡Vete de Pisco!, me dijo en sueños. El 15 de agosto me desperté y le dije a mi sobrina que me iba a Lima, a ver a mi hija mayor. Por eso no estuve la noche del desastre. La beatita me salvó. Los vecinos escuchan en silencio a Lastenia Mendívil Franco, la abuela de Pisco que tiene siete hijos, 18 nietos, 22 bisnietos y 3 tataranietos. Lastenia no quiere morir sin dormir nuevamente en la casa que su trabajo de cocinera le permitió construir: ¿Alguna autoridad podrá ayudarnos?
A UNA CUADRA DE LASTENIA VIVE JOSÉ ZURITA LUJÁN
Parece que estoy bien, pero llevo la procesión por dentro. Los viejos no podemos llorar porque si no los chicos se preocupan. Así habla José Zurita, tiene 77 años. Es jubilado. Maestro de construcción. José solo pide que le den fierros para construir la casa de su sobrina Rocío que se derrumbó, también quiere reforzar el techo de su segundo piso. El abuelo ya se cansó de dormir en el suelo, de amanecer en la calle. Ya se cansó de no bañarse. A mí no me gustan las autoridades, mire lo que sucede aquí: ha pasado un mes y nadie nos ayuda a limpiar. Qué le vamos a hacer, yo le digo a mi mujer que son pruebas de Dios y que deje de temer, que mejor nos acostemos en nuestra sala, pero la vieja tiene miedo. José acaba de cumplir 51 años de casado con Zermina y está convencido de que en cualquier momento tendrá que morirse de vejez. No será pronto: si el terremoto no logró vencerme, algo tengo que hacer. Abuelo de siete nietos, José se disipa escuchando boleros y cocinando cebiche de pejerrey. Y qué no haría si tuviera dinero: ya habría levantado la casa de todos mis vecinos, por algo fui constructor, por algo las 27 casas que construí en Pisco no se cayeron. Yo no tengo miedo y me gusta trabajar, pero a los jubilados nadie nos toma en cuenta. Eso es lo peor.
A DOS CUADRAS DE JOSÉ VIVE CONSUELO RAMOS
Recién está recobrando la conciencia. Consuelo Ramos no recuerda cómo así veló a su hija ni siquiera cómo logró enterrarla. Los días siguientes al terremoto son polvo en su memoria: Elizabeth tenía 38 años era bien linda, mi gorda profesora... se murió por salvar a su hijita Carmen. La niña estaba dormida y Elizabeth alcanzó a cargarla durante el temblor, luego la protegió con su cuerpo mientras el techo caía. Así se murió. Ahora mi yerno no puede levantarse de la cama, todo el día anda llorando. La noche en que le dijeron que su hija había muerto, Consuelo no encontró consuelo; ahora es ella quien reanima a su familia. Así somos los viejos, señorita. Somos resistentes, pero igual necesitamos ayuda psicológica. Consuelo tiene 67 años y hoy duerme con su nieta Carmen. El lunes irá al colegio para ver el asunto de las clases y seguirá buscando frazadas, algo de ayuda. Ya no quiere decaer: No me voy a tirar al abandono, pero me apena es que nadie se preocupe de la gente mayor. No hay derecho.
A CUARENTA CUADRAS DE CONSUELO VIVE JOSÉ GUILLÉN
Ya levantó sus paredes con las maderas de sus muebles rotos. Ya dejó de cocinar en la calle, ahora lo hace detrás de su nueva pared y en medio de su derrumbe. José Guillén ha decidido que no se moverá de su casa. Que no dejará Pisco a pesar de que sus primos hermanos le ofrecen albergue en Chincha: irme es como morir de a pocos, a mi edad ya no me acostumbraría. José tiene 65 años, su esposa Margarita, cuatro menos. Hace una semana, una señorita de buen corazón pasó por su casa y lo vio durmiendo en la calle. Tome, abuelo, una carpa, le dijo y se marchó. Ahora Margarita descansa abrigada. José sigue durmiendo en la intemperie, calentándose con la fogata que él mismo prende con la leña de sus escombros. Hace mucho frío, pero a Dios le pido no enfermarme. Eso sí, no me hablen del alcalde ni de ninguna autoridad. A mi calle Manuel Pardo no ha venido nadie y ya no los espero.
A TREINTA CUADRAS DE JOSÉ VIVE MARÍA VIZCARDO
Sus amigos socorristas ya se marcharon. Ya no escucha máquinas en el hotel Embassy y eso la atormenta. María del Carmen Vizcardo es la única vecina que se ha quedado en la primera cuadra de la calle San Martín y solo piensa en los cuerpos atrapados que no se rescataron. También ella está atrapada: La vida nos cambió en un segundo, pero vamos a sobrevivir. Yo me quedo. Ya volví a vender menú y poco a poco abriré mi restaurante. Solo pido que Pisco se reconstruya rápido, que dejen de discutir. La ayuda tiene que seguir.