El calendario devora inmisericorde los días y nos distancia, cronológicamente, de los hechos. Pero el reloj del corazón maneja sus propios tiempos. Por ello el dolor que brota frente al cuerpo de un hijo muerto o la pena de descubrir a la madre sepultada bajo informes trozos de adobe, no se diluye y más bien parece arrastrarse muy lentamente por el alma.
Pisco no volverá a ser la misma. No solo por el grado de destrucción que sufrió. Porque aun si reconstruyeran adobe sobre adobe, ladrillo por ladrillo y dejaran cada casa en su estado previo al 15 de agosto, Pisco no podría ser el mismo. La ausencia obligada de 338 pisqueños y la inmensa pena de sus familiares impide cualquier similitud con el pasado.
El cemento y el yeso podrán subsanar las rajaduras de las paredes y techos, pero las grietas en el corazón del pueblo pisqueño serán imposibles de cubrir.
No obstante, sin olvidar a sus muertos, con el peso del dolor encima, los pobladores de Pisco saben que deben mirar hacia adelante y por ello en estos días el sustantivo casi excluyente es reconstrucción.
No será fácil, pero tampoco estarán solos. El Estado ya garantizó su aporte, la ciudadanía continúa brindando su mano solidaria.
Mientras tanto, los pisqueños saben que al cumplirse un mes del terremoto, el mejor homenaje frente ala tumba de sus fallecidos es el compromiso de levantarse de esta tragedia.