Literatura

El padre de Sherlock Holmes

Una mirada a la última novela de Julian Barnes

Por Peter Elmore

Ingresar Miguel de Unamuno dictaminó, lapidariamente, que Miguel de Cervantes era inferior al Quijote. En otro caso célebre de la literatura occidental -el de Arthur Conan Doyle y Sherlock Holmes-, se ha pensado también que el personaje opaca a su creador de carne y hueso. Arthur & George, la décima novela de Julian Barnes, no emite directamente su veredicto; es el lector quien juzga, en el curso de las más de cuatrocientas páginas de un relato sin caídas ni puntos muertos, si el escritor Conan Doyle es menos fascinante que el detective de su invención.

Arthur & George participa, holgadamente y con precisión, de varios géneros: la ficción biográfica, el relato histórico y la novela policial. El misterio que anima a la trama, pero que no la agota, es también el motivo de que se vinculen los dos personajes que le dan título al libro. George Edalji, el segundo de ellos, vivió en la Inglaterra victoriana y, a semejanza del capitán Alfred Dreyfus en la Francia de la Belle Epoque, fue víctima de un abuso judicial que movilizó a intelectuales famosos. Al igual que Emile Zola, Conan Doyle emprendió la defensa de un inocente al que no condenaban las pruebas, sino los prejuicios. Hijo de padre indio y madre escocesa, Edalji había nacido en el corazón de la Inglaterra imperial de la reina Victoria, pero su lugar de nacimiento no impidió que fuera víctima del racismo y la xenofobia. A pesar de una miopía próxima a la ceguera, se le encontró culpable en 1903 de mutilar animales bajo el amparo de la oscuridad. Además, se le atribuyó la autoría de una amenaza de muerte contra un sargento; por cierto, la familia del acusado había padecido durante años una campaña de anónimos alarmantes y procaces, que la policía local decidió tratar -otra vez, sin evidencia alguna- como una manifestación de la supuesta malignidad de George Edalji. Mientras esperaba la fecha de su juicio, George leyó El mastín de los Baskervilles, de Conan Doyle, que "juzgó excelente". Unas semanas más tarde, no le tocaría a él un dictamen favorable: el tribunal lo condenó a siete años de prisión, de los cuales habría de servir tres. Cuando salió de la cárcel, con su reputación arruinada, buscó el auxilio del creador de Sherlock Holmes.

VIDAS PARALELAS
El pasaje donde se registra la primera conversación de Arthur Conan Doyle con George Edalji, en el Grand Hotel de Charing Cross, se halla pasada la mitad de Arthur & George. Un novelista menos ingenioso y diestro que Julian Barnes habría, sin duda, colocado antes la escena del diálogo inicial entre los protagonistas. Afortunadamente, esa solución convencional no le interesó al autor, quien opta por ordenar su relato en breves secciones intercaladas que dedica, en su gran mayoría, a uno u otro de los personajes principales. El ágil contrapunto de las biografías permite, antes de que se crucen los caminos de Conan Doyle y Edalji, mostrar a través de las vidas paralelas de ambos no solo las diferencias saltantes que los separan, sino también la inesperada semejanza que los conecta. "Usted y yo, George, usted y yo somos... ingleses extraoficiales", le dice Conan Doyle a Edalji, ante la sorpresa de este: "Si no hubiese creído que sir Arthur era miembro de la Inglaterra oficial, es probable que George no le habría escrito. Pero consideró de mal gusto cuestionar la categorización que un hombre hacía de sí mismo". A esas alturas del relato, el lector no ignora que Conan Doyle atraviesa una crisis afectiva, ya que luego de enviudar no consigue revivir la pasión que por años lo ha unido a Jean Leckie. Tampoco desconoce que se ha reinventado (exitosamente, a diferencia de Edalji) como inglés, pues tenía ancestros irlandeses, era escocés de nacimiento y se había educado en la fe católica con jesuitas holandeses. Ser y sentirse parte de la que era entonces la nación más poderosa y moderna del planeta define, de modos diferentes, la trayectoria y la identidad de los dos protagonistas. Atípicos y singulares, uno alcanzó la fama y otro sufrió la infamia, pero ambos iluminan la época en la que vivieron: a través de ellos, la Pax Britannica de la era victoriana se muestra en sus luces y sus sombras.

Dinámico y emprendedor, a la vez que altruísta y generoso, Arthur Conan Doyle encarna enérgicamente un modelo de masculinidad: el del caballero. No es casual que, en la Inglaterra patriarcal y burguesa de su tiempo, él y su amigo Rudyard Kipling -el célebre autor de Kim y El libro de la selva- fueran los autores más admirados por los jóvenes. A diferencia de Holmes, que entre caso y caso acude a los paraísos artificiales de la droga, Conan Doyle sigue un régimen de actividad física e intelectual tan intenso que "hasta duerme como si dormir fuera parte del trajín de la existencia, en vez de un interludio de esta". Por su parte, George Edalji se esfuerza por comportarse con la formalidad irreprochable y el sensato civismo que deben distinguir a un buen profesional. Creyente firme en el orden y el progreso, no es extraño que el tren -el medio de transporte más eficaz y moderno en la época- le inspire no solo el único libro que escribe (Ley ferroviaria para 'el hombre en el tren'), sino también una visión de la vida honesta y de la sociedad ideal: "El ferrocarril sugiere cómo debiera ser todo, cómo podría ser: un viaje sin accidentes hacia un destino final, sobre rieles bien dispuestos y de acuerdo a un horario previsto, con los pasajeros divididos en vagones de primera, segunda y tercera clase". Irónicamente, esos pensamientos entretienen a George poco antes de que su existencia se descarrile.

ARTHUR Y SHERLOCK
En Arthur & George, la historia se despliega a través de un metódico narrador omnisciente. Su tono sobrio y su escrupulosa dicción sugieren el ideal de estilo que primó en el siglo XIX británico, pero una impostación sutil de la voz narrativa delata que el horizonte moral e histórico de Julian Barnes no es el de la época en la que sitúa la trama. Por su parte, el Conan Doyle de Arthur & George no se distancia de su tiempo. Así, por ejemplo, sus ímpetus de reformador o su interés en el espiritismo se reconcilian fácilmente con la pasión por el cambio y el deseo de controlar lo desconocido que caracterizan al progresismo decimonónico. Más aún, si Barnes modula y moldea su relación con Conan Doyle, de modo que el autor contemporáneo no se proyecta en el autor del siglo XIX, lo mismo no le sucede al padre de Sherlock Holmes con su vástago literario. Algunos de los pasajes más penetrantes de Arthur &George son, precisamente, los que examinan el enredado cordón umbilical que ata a Conan Doyle con su detective: "A Sir Arthur lo había influído demasiado su propia creación", piensa Edalji, después de que Conan Doyle cree haber descubierto (de modo verosímil, pero no infalible) quién fue el autor de los anónimos y las mutilaciones. Es la observación más aguda de un personaje que, literal y figuradamente, rara vez ve con claridad.

Erudita y amena, la escritura de Julian Barnes no es menos brillante en Arthur & George que en El loro de Flaubert, la otra cima de una obra narrativa y ensayística a la que distinguen la curiosidad intelectual, la ironía inteligente y la voluntad de explorar los modos en que conocemos (o creemos conocer) la verdad de los hechos y el sentido de la existencia.