Literatura

César Vallejo ya no está muerto

El escritor y humorista Luis Freire ha resucitado a César Vallejo, quien cansado de su sepultura y de ver a París con aguacero, ha revivido en su última novela y, de inmediato, ha viajado a Lima para ser testigo de lo que sus casi setenta años de muerto honorable le impidieron ver.

Por Enrique Sánchez Hernani

Ya ni los muertos de linaje descansan en la paz de sus tumbas. Las diecinueve hectáreas que ocupa el cementerio de Montparnasse, en París, y sus atildados muros del siglo XIX tampoco bastan para mantener en sosegado reposo a sus inmóviles inquilinos. ¿Qué viene ocurriendo? El circunspecto escritor y humorista Luis Freire acaba de entregarnos una sorprendente revelación: la muerte es un episodio transitorio y aburrido. Por lo menos es así para nuestro vate insignia, César Vallejo, quien acaba de levantarse de su catafalco y se ha echado a andar en las páginas de su última y desopilante novela: César Vallejo se aburrió de seguir muerto en París (Editorial San Marcos). Ahíto lector, así comienza tan grato delirio literario:

"Un día de marzo que debió ser dieciséis, César Vallejo se cansó de seguir muerto en París con aguacero, quebró a patadas su desvencijado ataúd, empujó la losa de su tumba, sacudió la tierra de su terno negro de enterrado y salió al aire limpio del cementerio de Montparnasse. Sus pulmones acartonados por casi setenta años de estar plegados crujieron al extenderse para que la sangre detenida se alimentara de oxígeno y le diera trabajo al dormido corazón del poeta. Un golpe de sol saliendo de una nube lo obligó a cubrirse los ojos hechos a la noche de la tumba, se estuvo varios minutos abriendo y cerrando los dedos de la mano como una persiana para que la luz se le apaciguara en retazos menos dolorosos. Una vez acostumbrado al día o acostumbrado a la vida, que es lo mismo, paseó la vista alrededor y reconoció el cementerio de Montparnasse. Una corriente de agradecimiento le templó el alma arrugada como un floripondio viejo. ¡Carajo, me dieron gusto! Flexionó las rodillas, un dos, un dos, un dos, un dos para desentumecerlas, se arregló la corbata y trató de limpiarse los zapatos con las manos sucias de tierra húmeda. Alguien había depositado un collar de huayruros debajo del epitafio escrito por Georgette. Lo leyó con emoción entrecortada y por esa emoción le perdonó el amago poético. Los huayruros se veían nuevos, quién lo recordaría así, a tantos años de estar muerto, enterrado y de seguro olvidado. Ya que había llegado a la estación de las primeras preguntas, convenía averiguar qué día, mes y año eran estos en los que se había cansado de seguir muerto en París con aguacero. Levantó el collarcito con la idea de conservarlo o tal vez venderlo en caso de emergencia alimenticia y trató de caminar. Bastante había hecho con pararse, sus huesos debían estar hambrientos de calcio, era un milagro que no se le hubieran quebrado como yeso, pero no hay que extrañarse de que hicieran honor a la calidad eterna de aquellos versos suyos que los nombran".

HUMOR POR EL PERÚ
Como entelequia, Perú es un país asentado como triste, a veces tristísimo, como en los versos de Vallejo. Pero por paradójico que resulte, Luis Freire piensa que su humor es consecuencia de la tristeza. "Mi humor es lúdico, crítico, pero en esta novela también hay mucha rabia, centrada en burlarse de los políticos, de las instituciones y situaciones nacionales que generan un humor corrosivo".

Freire acepta también que le gusta imaginar historias. Él sólo fue conciente de su humor el año 78, cuando le pidieron colaborar con Monos & Monadas. Hasta entonces había dirigido la página cultural de La Prensa y tenía publicado un tomo de cuentos breves donde el humor no aparece. "Al entrar a Monos.. me di cuenta que el humor podía ser materia prima", señala muy serio, y recién se dedica al género a conciencia.

Su sarcasmo poco usual, que pinta situaciones "desquiciadas" como las califica, le ganaron el apelativo de "loco Freire". No tuvo un referente literario para dar ese giro; "las cosas se me ocurrían nomás y las escribía". Lo cierto es que su humor describe muy bien el ser social de los peruanos y da retratos cabales de su idiosincrasia. "Todo lo que creía que no debía ser respetado se me ofrecía para el humor", explica.

Las lacras de la cultura peruana son una buena fuente para sus ironías, lo que le llevó a afirmar una vez: "Todo peruano lleva un chofer de combi en el corazón", aunque acepta que hay honrosas excepciones. Recuerda a su madre que le decía: "Yo soy de la república peruana, donde cada uno hace lo que le da la gana". Allí se ceba su verbo satírico.

Esta novela es la tercera que publica. "Es el desarrollo de un cuento que me salió mal -confiesa-, donde Vallejo resucitaba. La novela empieza en París, donde nunca he estado, para lo cual tuve que entrar a Internet, preguntar a gente que ha estado por allá y pude bandearme hasta que lo traje a Lima, donde ya me pude desenvolver con más tranquilidad".

Pero Freire tenía una ambición secreta: llevar la novela más allá y hacer que Vallejo fuera presidente de la República. Abandonó la idea cuando reparó que eso le iba a significar entrar al teje y maneje de la política nacional, que él no conocía. Allí decide matar a su personaje. "Al morir otra vez, Vallejo está proclamando su validez como mito literario y su invalidez como hombre político en esta época". Pero antes, Vallejo, en la vida casi real de la novela de Freire, tuvo tiempo para darse sus gustos, como comerse un cebichito en Barranco. Leamos:

"(...) - ¿Puedo pedir un cebiche de corvina?- preguntó Vallejo, regodeándose con la promesa de los pescados peruanos recobrados. Hacía casi un siglo que un pedazo de corvina, de lenguado, de cojinova no descendía a su estómago, qué dirían sus afrancesados jugos digestivos, olvidados del gusto del limón y las carnes marinas del Pacífico, cómo reaccionarían al sabor poderoso de un mar superior al Mediterráneo, tal vez se irritarían por el esfuerzo o caerían fulminados por la venganza de Atahuallpa que le cobra el cupo digestivo a todos los extranjeros que comen aquí por primera vez y a los peruanos que se han alejado lo suficiente de nuestras mesas como para ceder al empuje de nuestras bacterias tradicionales.

- Por favor, hermano, pide lo que quieras- arranqué a tutearlo.

Vallejo se ensimismó en la observación de la constelación de afiches y fotografías que tachonaban las paredes de adobe, entre los que apenas había podido reconocer a Chaplin, Gardel y a los entrañables Laurel y Hardy. - ¿Todos estos son actores?- preguntó.
- De todo, actores, cantantes, futbolistas, amigos del dueño... ese de allá, ha sido el último grande- señalé al "Pelusa", que dominaba una bola con el taco debajo de un ventilador apagado.
- ¿Y a usted, señorita Engel, le gusta el fútbol?
El poeta había colgado el saco en la silla y se había arremangado la camisa, sin perder ese almidón de pulcritud provinciana que ningún París había logrado quitarle".

ESCRIBIR, ESCRIBIR Y ESCRIBIR
Freire no suele mostrar sus escritos a sus amigos antes de ser publicados. "Eso es todo un trabajo, y sobre todo por Internet, porque imprimirlos cuesta plata y se te van dos cartuchos de tinta, y yo a veces no he tenido con qué comprarlos". El escritor ha tenido toda una azarosa historia en la prensa nacional; muchos diarios en los que laboró quebraron y de otros salió porque quizá su irreverente humor pisó los callos de algún personaje inapropiado.

Por otra parte, Freire no ve muchos vasos comunicantes entre su escritura humorística y la literaria. Piensa que su paso por Monos... le sirvió, sí, pero para despertar una imaginación generadora de sarcasmo. Eso sí: él ve que en el humor tiene más licencias, mientras que en la literatura tiene que cuidar más el lenguaje, cosa que se nota mucho en esta última novela suya.

"Pero la frontera es difusa", subraya.

Ahora Freire escribe ordenadamente todos los días "en parte porque no tengo otra cosa que hacer, pero también por desesperación, al no tener un trabajo estable. Necesito con urgencia tener una novela que escribir, porque si no: ¿qué hago durante el día?". Trágica disyuntiva, lo único trágico que habita en él, un escritor gozoso, por lo menos para sus agradecidos lectores.