Por Élida Románç
Jorge Piqueras (Lima, 1925) es otro caso de artista silenciado en las antologías del arte contemporáneo peruano que se han realizado en los años recientes. Olvido que se extiende a las pocas publicaciones referidas al tema y también a la inclusión en muestras extensas y con vocación abarcadora que ilustraban ese propósito. Olvido que no se comprende si se toma conocimiento de la trayectoria de un artista que pertenece a la ya mítica generación del 50 y que en varias oportunidades representara al Perú, con éxito y aprobación internacional. Marginación que solo obviaron, con acierto y justicia, las II y III Bienales de Trujillo y la I Bienal Iberoamericana de Lima. Cabe destacar el Premio William and Norma Copley Foundation, que le fuera otorgado en Chicago (EE.UU.) en 1964 y, en el plano local, el Premio Nacional de Fomento a la Cultura Baltazar Gavilán (1947), otorgado a su labor escultórica. En 1949 partió a Europa, residiendo por tiempo en Italia y Francia y presentó su obra en importantes plazas del continente y en EE.UU. En los años 90 retornó al Perú, hasta hoy, en que prepara nuevamente su partida.
Piqueras es notable escultor, ha tenido larga práctica en la fotografía y, desde el comienzo de su carrera, no ha abandonado el ejercicio de la pintura, de la que hoy nos muestra el resultado de su trabajo más reciente (galería Lucía de la Puente).
Pareciera un tanto inadecuado tratar de resumir una hoja de vida en un texto dedicado al comentario crítico, pero ese mismo olvido sistemático que hago notar impulsa a tratar de llamar la atención sobre un artista valioso, cuya obra ha presentado siempre una característica principal: la vocación contestataria, el inconformismo, una cierta rebeldía al propio impulso hacia una determinada tendencia o estilo.
Notas claramente expuestas en este conjunto de pinturas que hoy invaden todos los espacios de la galería, en un montaje que, en el afán de mostrar una totalidad casi desbordada, crea una cierta asfixia visual que conspira contra la observación bien dirigida y el detenimiento que esta obra pide.
Fiel a una abstracción que tuvo su mayor auge hacia los años 50 y 60, Piqueras juega y ataca con las aparentes contradicciones de lo gestual y lo geométrico, ora limitando aquel por la utilización de franjas a modo de marco perimetral, ora permitiendo que estructuras a modo de íconos floten o se implanten sobre fondos donde lo destacable no son formas sino simples pinceladas enérgicas. Impulso y racionalidad que metaforizan los rumbos y saltos de emociones y pensamientos, de gestos y contenciones. Piqueras obvia lirismos y simpatías visuales. No busca armonías o ritmos. Más bien trata de enfrentarlos y romper su posibilidad para crear una situación de confrontación y, por momentos, disgusto. Algunas grafías aparentan sugerencias displicentes de formas vagas, en disolución o tránsito. Y en los referentes donde el color manda, la condición de pintor esencial aparece. Una obra que habla de actitud y determinación en un lenguaje quizás un tanto encriptado, pero que impone la presencia de un artista que no ha perdido ímpetu.