LIBROS

Humano, demasiado humano

John Cheever al desnudo en sus diarios

Por Martín Paredes Oporto

4John Cheever 
DIARIOS
Emecé Buenos Aires, 2007.

Abro al azar la página 231: una descarnada anotación de los años sesenta. Dificultades con el final de un libro, problemas domésticos por hacerse cargo del hijo menor, Federico, el favorito, un jugo para el niño y una ginebra furtiva para el padre, lee un texto de Hannah Arendt acerca del repugnante caos moral de la Alemania fascista y dice "soy un amoral, mi fracaso consiste en haber tolerado un matrinomio intolerable", "debo irme, tengo que irme, pero entonces veo a mi hijo en el jardín y sé que no puedo liberarme de él", "no puedo solucionar el libro porque no he sabido resolver mis propios asuntos". Y, como en todas sus narraciones, aparece la naturaleza como fuerza redentora. Sale de casa y lleva el trineo hacia una colina: "la luz es hermosa, el aire puro y frío, el sol se pone y pienso que al deslizarme cuesta abajo una y otra vez purificaré mis sentimientos, aprenderé a ser compresivo. Lo consigo en parte; pero sigo bebiendo ginebra".

Para los lectores de John Cheever, la reciente reedición de sus Diarios es un acontecimiento literario. Quienes han disfrutado de sus relatos y novelas, la lectura de estos Diarios completa el gran fresco vital del escritor, ya entrevisto en sus ficciones más personales y desgarradoras. Este libro es el revés de la trama de su obra de ficción y es, por sí misma, una joya literaria. A diferencia de otros diarios de escritores, aderezados con los mejores ingredientes, el de Cheever es un magma incontenible y estremecedor de su controvertida vida, desde la década del cuarenta hasta su muerte, en 1982. Si en sus ficciones Cheever hablaba de sí a través de sus personajes, en sus Diarios el personaje es él, en toda su compleja humanidad autodestructiva: un autorretrato sin concesiones por un hombre lleno de contradicciones.

Su hijo, Benjamin Cheever, escribe en la breve introducción que al morir su padre dejó 29 cuadernos de notas personales que ahora conforman este Diario que cuenta con unas oportunas notas de Rodrigo Fresán. "Cuando empezó a escribir estos diarios no pensaba en publicarlos. Eran material de trabajo para sus obras de ficción. Y eran asimismo material de trabajo para su vida", escribe el hijo. Dos años antes de su muerte, Cheever le entrega a Benjamin uno de los cuadernos para que lo leyera y le diera una opinión sobre su valor documental. Se sientan en el comedor, el hijo lee, el padre lo observa. El hijo le dice que le parece interesante y que están bien escritos; las lágrimas surcaron las mejillas del padre.

Cheever era conciente de lo altamente explosivos que eran sus cuadernos. "Soy una marca registrada -decía- como los cereales para el desayuno". Temía quizá que esa imagen se viera mellada después de la publicación de sus diarios. "Pocos conocían su bisexualidad. Muy pocos la frecuencia de sus infidelidades. Y casi nadie habría podido prever la aparente desesperación de su vida interior ni la naturaleza cáustica de su visión. Pero no creo que le preocupara mucho ser como los cereales del desayuno. Antes que desayuno era escritor. Era escritor casi antes que hombre", escribe Benjamin. El tipo de escritor que era Cheever, que transformaba sus tormentos privados en ficciones liberadoras, percibe que en sus cuadernos había escrito como nunca antes la historia de su vida y decide su publicación póstuma, con valentía, para exorcizar su miedo a morir o para morir exorcizado, con un final epifánico, como en sus ficciones.

Dos meses antes de su muerte, atacado por el cáncer y conciente de su cercano final, Cheever recibe la National Medal for Literature y en su discurso dice, con maestría y sencillez: "Una página de buena prosa es aquella donde uno puede oír la lluvia. Una página de buena prosa es aquella donde escuchamos el rugido de una batalla. Una página de buena prosa tiene el poder de hacernos reír. Una página de buena prosa me parece a mí el diálogo más serio que pueden llegar a tener las personas bien informadas e inteligentes a la hora de mantener ardiendo pacíficamente los fuegos de este planeta". Una lección de vida, sin duda.