NARRATIVA

Un español en Brooklyn

Los secretos de Eduardo Lago

Por Guillermo Niño de Guzmán

4Eduardo Lago
LLÁMAME BROOKLYN
 
Destino Barcelona,
2006
S/.36

A sus cincuenta y pocos años, Eduardo Lago ha irrumpido como un vendaval en el mundo literario. Su primera novela, Llámame Brooklyn (Destino, Barcelona, 2006) ha obtenido el Premio Nadal. Lo curioso es que no parece haber sido escrita por un español y, sin embargo, se nutre de España hasta la médula. Y, a la vez, resulta una sorprendente incursión en un ámbito distinto al peninsular. Está ambientada en Nueva York y la mayoría de sus personajes son norteamericanos. Ciertamente, solo podría haber sido concebida por alguien que, como Eduardo Lago, se halla muy identificado con esta megalópolis, a la que pertenece con todo derecho desde hace dos décadas.

Según Lago, llegó a esa ciudad por azar y, sin haberlo previsto, se fue quedando hasta formar parte de ella. Al comienzo se dedicaba a la traducción literaria -ha vertido al español a William Dean Howells y Henry James, entre otros- y tanto le daba ejercer su oficio en Madrid como en otro lugar. En Nueva York completó sus estudios literarios y trabajó como profesor universitario, mientras colaboraba con diarios y revistas españoles. En verdad, era un escritor secreto que, libre de las presiones de la industria editorial, prefirió depurar tranquilamente su literatura hasta encontrar su propia expresión.

Así, durante veinte años, Lago maduró sus historias y fraguó sus intrigas, moldeó a sus personajes con la paciencia y rigor de un escultor. Su idea nuclear germinó en torno a un viejo bar de Brooklyn que solía frecuentar y las vicisitudes de sus extraños parroquianos. Fue un proceso lento y laborioso que ha dado como resultado Llámame Brooklyn -título donde resuena el mítico comienzo de Moby Dick-, una novela admirable, de una riqueza polifónica poco usual, que se sustenta en una diestra urdimbre de tramas y subtramas, y en la que alternan diversas voces y escenarios.

En esa perspectiva, estamos ante una novela coral y totalizadora, que se vale de los recursos más disímiles. Afín con una tradición que se remonta a Dos Passos y su Manhattan Transfer, Lago incorpora titulares de periódicos y noticias, artículos y textos de conferencias, diarios íntimos, cartas y e-mails, e incluso cuentos de uno de sus personajes. De esta forma, compone un fresco riquísimo que traza la historia de una ciudad, sobre todo de los barrios de Brooklyn, y pasa revista a episodios claves del siglo XX, ya sea el caso Sacco y Vanzetti o la intervención de las brigadas internacionales en la Guerra Civil española. Asimismo, nos descubre las vidas de neoyorkinos como Felipe Alfau, un rarísimo autor de origen catalán que escribía en inglés, y Mark Rothko, el célebre pintor expresionista abstracto que no pudo resistir la tentación del suicidio.

Pese a su ambición y complejidad, la pericia de Lago es tal que nos guía con mano maestra por los vericuetos de su intrincada novela. Su diseño estructural revela una sólida composición, pues el autor consigue ensamblar y yuxtaponer diferentes planos narrativos sin que apenas se noten las costuras, con la suficiencia de un fabulador consumado. Las vueltas al pasado o los saltos al futuro corresponden a una visión caleidoscópica que aspira a ensanchar los confines de su universo creativo. Y los malabarismos técnicos no excluyen una prosa tersa, maleable y elegante.

Por otra parte, Llámame Brooklyn funciona como un juego de espejos entre el autor y su mundo, ya que el protagonista también es un escritor secreto. Su muerte le impedirá culminar una novela, cuyo texto ha quedado diseminado en numerosos cuadernos y papeles.

Un joven periodista, amigo del difunto, asume su difícil reconstrucción. Lo interesante es que, más allá de esta labor, el narrador empieza a tejer el tapiz de una vida. En consecuencia, el lector se convierte en testigo directo de su proceso de creación. Ficción y realidad se entremezclan y trasvasan, en un diálogo continuo que nos lleva a explorar los arcanos de una ciudad, su condición de crisol de razas y culturas, y el destino de sus habitantes a la luz del devenir histórico del siglo XX. En suma, la obra de Eduardo Lago posee una significación múltiple, acorde con su propósito totalizador. No sólo es una novela sobre Nueva York, sino una novela de amor y amistad, y, por cierto, una novela que homenajea a la literatura misma. Y, como si eso fuera poco, se atreve a hurgar de nuevo en la herida abierta que dejó la guerra de España en toda una generación.