UN FRAGMENTO DEL POLÉMICO LIBRO DE MEMORIAS DE GÜNTER GRASS

Pelando la cebolla

Recién llegado a Lima, Pelando la cebolla, es el testimonio de los años que vivió Günter Grass en el infierno de la Segunda Guerra Mundial y la fuente de una ardua polémica porque, entre otras cosas, allí el escritor alemán confesaba haber sido parte, siendo aún muy joven, de la Waffen SS. Sin embargo, Pelando la cebolla es también una autobiografía literaria, que permite rastrear los orígenes, personajes y tramas de algunas de sus novelas.

"El miedo era un equipaje que no podía quitarme de encima. Habiendo salido para aprender a conocer el miedo, diariamente recibía lecciones. Agazaparse, apartarse, adaptarse, pasar inadvertido eran las lapidarias técnicas de supervivencia que había que practicar sin entrenamiento previo. Ay de quien no quisiera aprender. Muchas veces ayudaba solo esa niña engendrada por la astucia y la casualidad, llamada suerte. Más tarde he recordado tanto algunas situaciones de las que solo pude escapar con ayuda de afortunadas casualidades, que se acabaron redondeando en historias que, en el transcurso de los años, se hicieron cada vez más manejables, porque insistían en ser creíbles hasta en sus menores detalles. Sin embargo, debe dudarse de todo lo que se ha conservado como peligro para el que sobrevivió en la guerra, aunque este se jacte de detalles concretos en historias que quieren pasar por verdaderas, fingiendo ser tan demostrables como el mosquito en el ámbar. 

Lo que es seguro es que, a mediados de abril, como parte de un grupo formado al azar, fui a parar dos veces detrás de las líneas rusas. Ocurrió en la precipitación de la retirada, y, cada vez, yo era parte de un grupo de alguna patrulla de reconocimiento de misión poco clara, y una y otra vez fue la suerte, si no la casualidad, la que me salvó; sin embargo, esas dos situaciones apuradas ocuparon durante años mis sueños para, con variaciones constantes, ofrecerme escapatorias.

Conocía esos escondrijos por libros que, ya de colegial, me había tragado más que leído. El profesor Littschwager, a quien le gustaban mis redacciones, que derivaban hacia lo absurdo, me había puesto en mano una edición popular de fácil lectura de El aventurero Simplicissimus, con la recomendación: "Realismo barroco; es increíble, pero cierto, cómo ya en Grimmelshausen todo.", y yo me la leí hasta acabar ardiendo. De modo que puedo haberme dado ánimo con el siguiente razonamiento: si Simplicius, artista de la supervivencia, consiguió, con astucia y fortuna, evitar los peligros, que acechaban tras cada seto, de una guerra que duró treinta años, y si, como durante la batalla de Wittstock, lo ayudó su amigo del alma, que antes de que transcurriera su última horita lo salvó, a tajos y estocadas, de aquel preboste de juicio rápido, para que luego pudiera escribir y escribir, ¿por qué no podría ayudarte a ti la suerte u otro amigo del alma? 

La primera oportunidad para reventar bajo el fuego de las ametralladoras o caer prisionero y aprender luego supervivencia en Siberia se dio cuando una dispersa cuadrilla de seis o siete hombres, mandada por un sargento, intentó escapar del sótano de una casa de un solo piso. La casa estaba en la parte ocupada por los rusos de un pueblo por el que todavía se luchaba.

No resulta claro cómo habíamos ido a parar detrás de las líneas rusas y nos encontrábamos en el sótano de la casa, que más bien parecía una cabaña. Ahora debía salvarnos la evasión hacia el lado opuesto de la calle, para refugiarnos en alguna de las casas que todavía defendían los nuestros. Oigo decir al sargento, un hombre larguirucho con la gorra torcida: -¡Ahora o nunca!

El nombre de la disputada localidad, que estaba en la arenosa Lusacia y, como pueblo con casas a ambos lados, era de forma alargada, no se mencionó nunca o lo he olvidado. Por la ventana del sótano se podía oír entre las pausas un intercambio de disparos: aislados y de ametralladora. En ninguna estantería se podía encontrar nada comestible. Sin embargo, el propietario de la casa, que al parecer había huido a tiempo, debía haber sido comerciante de bicicletas, y había hecho acopio de su solicitada mercancía, escondiéndola en el sótano, porque de soportes de madera colgaban, con la rueda delantera hacia arriba, muchas y suficientes bicicletas, que parecían todas aprovechables y de neumáticos bien hinchados, y que encualquier caso estaban pidiendo ser utilizadas.

Y el sargento debía pertenecer a la categoría de los que deciden rápidamente, porque, después de haber dicho "ahora o nunca", lo oí más bien susurar que gritar: -Vamos, que cada uno agarre una bicicleta. Y luego, cruzad a toda marcha. Mi objeción sin duda tímida, pero expresada con decisión: "Mi sargento, lo siento pero no sé montar en bicicleta", debió considerarla como un mal chiste. Nadie se rió. Tampoco hubo tiempo para exponer las causas profundas de mi vergonzosa incapacidad y disculparme, por ejemplo así: "Mi madre, que tiene una tienda de ultramarinos que económicamente solo va regular, no tenía desgraciadamente suficiente pasta para comprarme una bicicleta nueva ni usada, por lo que nunca tuve ocasión de aprender a su debido tiempo a montar en bicicleta, lo que en ciertas circunstancias podría salvarme la vida.".

De manera que fue el sargento, anyes de que yo, como alternativa, pudiera preciarme de haber aprendido pronto el arte de la natación, quien decidió de nuevo rápidamente: -Vamos, coja la ametralladora y cúbranos. Volveremos a buscarlo, más adelante.

Es posible que uno u otro soldado, quien fuera que cogiera, obediente, una bicicleta del soporte, tratara de calmar mi miedo. Sus palabras no fueron escuchadas. Tomé posición en la ventana del sótano con un arma para la que no había recibido instrucción. El nuevamente incapaz soldado no habría llegado tampoco a disparar, porque apenas habían salido por la puerta delantera de la casa los cinco o seis hombres del sótano agarrando los cuadros de sus bicicletas, entre las que había también de señora, los segó en el centro de la calle del pueblo un fuego de subfusiles, salido nosédedonde, si de este lado o de aquel, o de ambos a la vez.

Pretendo haber visto un montón que se agitaba, y que pronto solo se estremecía. Alguien -¿el largo sargento?- dio una voltereta al caer. Luego nada se movió ya. Todo lo más, vi una rueda delantera que sobresalía del montón: cómo daba vuelta y más vueltas.

Sin embargo, puede ser también que esa descripción de la carnicería sea una imagen transmitida más tarde, puesta en escena, porque ya antes del estrépito final había abandonado mi puesto en la ventana del sótano y no vi nada, no quise ver nada.

Sin la ametralladora ligera, el arma que se me había confiado, salí con mi fusil de la casa del comerciantes de bicicletas y me largué por jardines traseros y puertecillas chirriantes. Detrás de los jardines y entre ellos, permanecí oculto por arbustos que ya echaban brotes, dejé de forma subrepticia el pueblo por el que audiblemente se luchaba y tropecé de pronto con los carriles de un ferrocarril de vía estrecha, bordeados a ambos lados por arbustos y terraplenes de la altura de un hombre. Se dirigían derechos hacia nuestra presunta línea de frente. Silencio. Solo gorriones y herrerillos en los arbustos.

No es que hubiera aprendido nada de aquel sargento para quien mi incapacidad a la hora de utilizar la bicicleta había sido solo un mal chiste, pero seguir los carriles como indicación profética resultó ser una decisión acertada, adoptada con rapidez.

Después de más de un kilómetro de ir a pie por traviesas de madera y grava, vi, en un puente no destruido que cruzaba la línea férrea, primero todoterrenos y camiones con soldados de infantería, y también un obús tirado por caballos, y luego grupos más pequeños a pie: soldados de inconfundible hechura alemana, con su paso lento. Me uní a ciegas a la columna, porque, incluso sin actividad enemiga, un soldado solitario, de camino sin hoja de ruta, hubiera sido candidato a la muerte, maduro para la soga al cuello".

EL ESCRITOR EN BREVE
Gúnter Grass nació en Danzig, en 1927. Antes de dedicarse la escritura fue dibujante y escultor. Entre sus libros destacan: El tambor de hojalata (1959), Años de perro (1963), El gato y el ratón (1961) -que en conjunto forman la llamada "trilogía de Danzig"-, El rodaballo (1977), Es cuento largo (1995), Mi siglo (1999) y A paso de cangrejo (2003). Ha sido galardonado con los premios Príncipe de Asturias de las Letras y el Nobel de Literatura.
Más sobre Pelando la cebolla y la polémica: http://resenasdelibros.blogspot.com/2007_05_25_archive.html http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2007/08/11/u-03411.htm Un perfil de Günter Grass, por Juan Villoro: http://www.jornada.unam.mx/1999/10/10/sem-villoro.html