EL FUEGO SECRETO

Salinger, el ermitaño

Por Fernando Ampuero

Antes de encerrarse en su casa para siempre, cosa que hizo hace más de cuarenta años, Salinger quería comerse el mundo. Alto y delgado, era entonces un muchacho alegre y vital, con fama de seductor, aunque un tanto retraído. Su rebeldía, siempre punzante, brillaba ya en sus cuentos publicados en la revista New Yorker, esa catedral de la buena prosa norteamericana que se distinguía por no aceptar a los autores guiándose por su prestigio, sino atendiendo a la calidad del texto entregado. Cada cuento que admitía el New Yorker era, para cualquier autor, un nuevo examen de admisión. Allí, y en otras revistas, Salinger publicó decenas de cuentos. Yo no los he leído todos. Sólo conozco la breve selección que, de lo muy bueno, él, con redoblada exigencia, consideró lo mejor. Esta selección, titulada Nueve cuentos, es hoy un libro que respira eternidad.

Salinger mostró a Hemingway dos de esos relatos. Lo hizo en calidad de autor joven que admira al maestro, y la leyenda cuenta que el viejo zorro estaba de buen humor cuando se vieron. Finalizaba entonces la segunda guerra mundial. El encuentro ocurrió en París, en los primeros días de la liberación. Hemingway, adelantándose a la tropa, había decidido 'liberar' por su cuenta y riesgo el bar del lujoso Hotel Ritz. De pie, acodado en la barra, recibió a Malraux, quien apareció vestido con uniforme de gala, y a otras personalidades de las letras francesas, también luchadores de la resistencia, como Sartre y Simone de Beuvoir. Salinger, su compatriota, llegó después. Y ambos, a juzgar por las cartas que citan los biógrafos, intercambiaron cumplidos y se dieron un trato casi reverencial. Con la generosidad de quien está en la cresta de la fama, Hemingway señaló incluso que había visto una fotografía suya en Esquire. (Debió ser la última foto autorizada por Salinger, pues luego, avanzada su neurosis, éste prohibió que sus libros reprodujeran fotos y hasta noticias del autor). Lo cierto es que el muchacho abrió su alforja y le entregó el par de cuentos. Y que Hemingway le aseguró que se haría de un tiempo para leerlos.

¿Qué pasó luego? ¿En medio de tantas vicisitudes, y transido por los vapores del vino, el viejo leyó al joven sin libro publicado? Quien sabe. Pocos años después, en todo caso, seguramente lo leería, pues Salinger dio el batacazo con El cazador oculto y Nueve cuentos, y, fuera de revelar que era un digno discípulo suyo, le haría ver que sus personajes se hallaban en trincheras opuestas. Frente al heroísmo hemingwayiano o el culto al valor, Salinger oponía el trauma de guerra, el soldado en colapso nervioso.

La ruina anímica de Salinger fue el éxito. Este le acarreó incontables elogios, pero también críticas feroces. J.D. Salinger, cuya arrogancia y narcisismo eran legendarios, decidió vivir discretamente y no publicar más. Hoy es una gloria literaria, tiene 88 años y se dice desde hace mucho que sigue escribiendo. ¿Cuántos libros nos dejará en su legado?

La literatura del mundo está poblada de adolescentes, pero sin lugar a dudas el adolescente más extraordinario del siglo XX es Holden Caulfield, protagonista de El cazador oculto. En el banquete al mérito, que yo celebro de vez en cuando, Holden alterna con Lolita de Nabokov, Gigi de Colette, György Köves, el chico del Holocausto en Sin destino de Imre Kertész, y, desde luego, Holly Golightly, la fascinante niña mujer que Truman Capote nos clavó para siempre en el corazón con Desayuno en Tiffany.