CRÍTICA DE CINE

Hairspray

Por Alberto Servat

La ausencia de nuevas ideas y guiones imaginativos obliga a los estudios de Hollywood (ansiosos por colmar sus arcas antes que ampliar sus apuestas creativas) a reciclar material de comprobado poder de convocatoria y asegurarse el éxito comercial. En el caso de los musicales, el termómetro lo ofrece Broadway con sus obras más perdurables. Curiosamente, allí también la crisis de inspiración de los productores los obliga a reciclar material cinematográfico. Con ello estamos frente a un círculo vicioso perfecto. El caso más notable y actual de nuestra cartelera lo ofrece "Hairspray", de Adam Shankman. Su origen se encuentra en una disparatada película de John Waters, estrenada en 1988. Menos transgresora que las otras cintas que hicieron famoso a su director, "Hairspray" era una deliciosa ridiculez capaz de ironizar sobre aspectos tan diversos como los principios familiares del americano medio, el impacto de la televisión en la juventud y la necesidad de sentirse integrado a un grupo social. En su búsqueda de material capaz de permanecer en cartelera varios años, los productores teatrales descubrieron el tremendo potencial musical que esta cinta ofrecía. Dada la libertad que el teatro permite mantuvieron gran parte del tono mordaz de Waters, conjugado con su fascinación por los personajes marginales, entre los que se encuentra la irresistible Edna Turnbald, interpretada siempre por un hombre (Divine en la cinta original, seguido en el teatro por Harvey Feinstein, y hoy por John Travolta en la nueva película). "Hairspray", tras su estreno en agosto del 2002, se convirtió en uno de los shows obligados de Nueva York. De inmediato se habló de una nueva versión para el cine, respetando la nueva partitura musical y en gran parte el espíritu de su argumento.

El resultado de esta nueva "Hairspray" es, a primera vista, espectacular y encantador, pero también mecánico y definitivamente alejado del espíritu burlón de Waters. Tal vez no debemos reprocharle esto último, finalmente siempre queda la cinta original para ser revisada, pero me disgusta ese oportunismo que no arriesga en un solo aspecto y, por el contrario, blanquea un material tan provocativo. Pasando al filme sin tomar en cuenta sus fuentes queda un espectáculo bastante divertido, musicalmente inspirado y que conjuga bastante bien el talento de diversas generaciones. Así, por un lado tenemos a veteranos como Michelle Pfeiffer, Christopher Walken y John Travolta, y del otro a la nueva superestrella juvenil Zack Efron, Amanda Bynes y a la recién descubierta Nikki Blonsky. Se trata de un trabajo de actuación conjunta muy satisfactorio con Travolta y Blonsky como centro. Ambos dan de sí lo mejor que tienen que ofrecer: Travolta, la ilusión de ser un actor versátil, aunque más allá de su carisma no es precisamente un gran actor; y Blonsky, la ilusión de que una gordita desconocida también puede llegar a ser una estrella.

Ellos son el eje de una alegoría que pretende afirmar su rechazo a cualquier tipo de intolerancia: racial, sexual, social, etc. Lo logra en gran medida, aunque esa convicción no es su mayor atractivo. A estas alturas, filmar una película antirracista no es precisamente algo difícil ni controvertido; al contrario, es políticamente correcto, algo que John Waters nunca ha sido. En cualquier caso el peso mayor está justamente en los elementos del género que representa: el musical. Allí debemos buscar sus aciertos: una coreografía --ya lo dijimos-- no muy original y bastante mecánica, aunque precisa en cada milímetro de expresión; la música es bastante convencional y se ciñe a los actuales estándares de Broadway; finalmente un guion articulado con cierta destreza, aunque no precisamente un logro mayor.