LA INTIMIDACIÓN Y LA HISTORIA

Política peruana a la criolla

No sorprende que la historia se repita hoy. El país debe advertir las pretensiones intimidatorias de la cúpula fujimorista y rechazarlas

Por Enrique Bernales Ballesteros. Jurista

Subrayemos primero que el Caso Fujimori es judicial y no político. El suyo es un tema que solo compete resolver al Poder Judicial. Cualquier interferencia política sería una vulneración de la independencia de poderes. Pero lamentablemente hay quien pretende que las 'bases' fujimoristas "midan su fuerza con el Poder Judicial" en las calles. Es tal el desatino que provoca ignorarlo, pero es algo serio porque la amenaza destinada a infundir miedo tiene un nombre: intimidación. Este es el subterfugio más vil de la política.

Max Weber decía que "hacer política" es pactar con el diablo y tenía algo de razón, aunque el envilecimiento ocurre especialmente cuando los apetitos pequeños prevalecen a los ideales. La historia del Perú está plagada de intimidaciones políticas, algunas burdas, otras sutiles. Basta leer a Basadre para reparar que el miedo, más que el diálogo, ha sido un factor en diversos pasajes históricos del país.

Es razonable, por ejemplo, pensar que la anarquía revolucionaria de los primeros años republicanos tuvo entre sus armas la intimidación. La Mariscala, furibunda esposa del mariscal Gamarra, fuete en mano, es la mejor imagen de la política del miedo.

Otro fue, también, el caso del secuestro y asesinato del presidente Balta en 1872 por los coroneles Gutiérrez, militares alzados en armas luego del triunfo electoral del civil Manuel Pardo. Los rebeldes conminaron a Balta a desconocer la victoria de Pardo, el gobernante resistió y fue fusilado. Pero la intimidación seguida de magnicidio no surtió efectos; más tarde, el pueblo reaccionó linchándolos y colgándolos de las torres de la Catedral de Lima.

Intimidación fue la del presidente Billinghurst cuando, iniciado el juicio político para su destitución, en 1914, amenazó con armar a los trabajadores y disolver el Congreso. Igual fue derrocado ese año por el general Benavides.

El presidente Leguía construyó en sus once años de gobierno un aparato que le sirvió para mantenerse en el poder; utilizó soplones, espías y delatores con los cuales logró deshacerse o intimidar a sus opositores. Sánchez Cerro, a su vez, intimidó y persiguió a sus adversarios, como lo haría más tarde Odría durante el ochenio.

Bustamante y Rivero asumió el poder en condiciones precarias. El partido que lo apoyó era más fuerte que él y, en efecto, el ilustre jurista sufrió la presión aprista desde el Congreso casi hasta el punto de la parálisis gubernamental. Los sectores no apristas del Congreso respondieron con otra arma intimidatoria: el ausentismo. Odría, mientras tanto le exigía: "o proscribía al Apra o se atenía a las consecuencias". Finalmente lo desalojó del poder con un golpe militar. Intimidación fue la del general Pérez Godoy sobre Manuel Prado al exigirle que anulara las elecciones de 1962, ganadas por el Apra.

Durante el fujimorato, el general Hermoza exhibió su rabiosa fuerza haciendo desfilar decenas de tanques en las calles limeñas, una noche que no le sirvió de nada para amedrentar a quienes se manifestaban contra las violaciones a los derechos humanos. El régimen de Fujimori no solo se valió del dinero para concentrar poder, en muchos casos tuvo como mecanismo el miedo. No extrañaría en ese escenario sombrío que hasta Fujimori haya sido presa de las maniobras intimidatorias de Vladimiro Montesinos.

No sorprende que la historia se repita hoy como farsa. El país debe advertir las pretensiones intimidatorias de la cúpula fujimorista y rechazarlas. El juicio al ex presidente debe mantenerse lejos de las menudencias morales de la política criolla.