Había pasado el día en taxi, de aquí para allá, resolviendo denuncias. Estaba irritado. No recuerdo si ese día tuve tiempo de pasar el famoso examen
Rincón del autor
Por Abelardo Sánchez León
El retorno de las revisiones técnicas me pone la carne de gallina. La última vez que tuve que asumir el reto de pasar el examen fue en La Perla. El nombre me pareció sospechoso y no me equivocaba, pues tenía un parecido con el cuento de Steinbeck: aquella historia de un humilde pescador que encuentra de casualidad una perla y es el inicio de sus desdichas. Fui con mi Volkswagen y después de revisar mis papeles los encargados me dijeron que el auto tenía varias órdenes de detención: en Chorrillos, en La Victoria y en Pueblo Libre. El auto quedó retenido y yo tuve que hacer mis diligencias en taxi.
Empecé por Chorrillos. Una antigua multa en La Herradura. Seguí mi travesía en La Victoria, donde constaté que era equivocada, pero igual pagué. Al final me dirigí a la Municipalidad de Pueblo Libre y allí me enteré de mi caso, un caso inverosímil, que había ocurrido hacía sus buenos siete años. Cuando viví en la famosa quinta de la familia Perales, en la calle Valdelomar, el alcalde de Pueblo Libre era un farmacéutico que había abandonado el aseo del distrito. Lima era una ciudad descuidada y sucia. Eran los años 80. El primer gobierno de Alan.
La basura se acumulaba en la puerta de la quinta sin que el alcalde diera noticias de vida. Los días pasaban y las bolsitas se apiñaban unas contra otras. Hasta que tomamos la decisión: trepar todas las bolsas acumuladas en mi auto y depositarlas en la puerta de la farmacia. El alcalde vivía en el segundo piso. No nos percatamos, sin embargo, que al salir apuntó la placa de mi vehículo y sentó una denuncia. Al cabo de cinco años tuve que regresar, darle mis disculpas y pedirle que, por favor, me acompañara a la municipalidad para resolver el asunto. Después de que él levantara la denuncia, nos dimos la mano y nos despedimos como buenos amigos.
Mi auto no podía quedarse en La Perla a pasar la noche porque al día siguiente no encontraría ni rastro de mi Volkswagen. Cuando llegué, estaba agotado. Había pasado todo el día en taxi, de aquí para allá, resolviendo denuncias. Estaba irritado. No recuerdo si ese día tuve tiempo de pasar el famoso examen. Mi relación con los autos es precaria: un Daihatsu que no lograba subir la quebrada de Armendáriz, un viejísimo Vauxhall heredado de mi padre y ese anónimo Volkswagen. Ahora tengo auto nuevo e ir a La Perla no tendrá gracia. Al menos que John Steinbeck surja de imprevisto por La Paz y me haga una trastada.