MEMORIAS TRISTES. Casi seis años después del estallido fatal en Mesa Redonda, sus deudos asistieron al juzgado para escuchar la sentencia a los acusados. Fue un día de recuerdos y curaciones leves. Muchos no están de acuerdo: la angustia duró más que las condenas
Por David Hidalgo Vega
A las seis de la mañana de ayer empezó para ellos el día en que podrían liberarse del fuego. Era un grupo de hombres con gesto cenizo y mujeres de almas curtidas y una menor que, de no ser por la desgracia, no necesitaba conocer la crudeza de los juzgados. Algunos llevaban banderolas blancas con el nombre de la franquicia dolorosa que los une, como deudos de Mesa Redonda, y aquella fecha que funda su luto: 29-12-2001. Otros portaban como emblemas las fotografías de sus familiares perdidos en el incendio. Se habían levantado temprano, como tantas veces, pero esta era distinta. Casi seis años después de entristecer ante las cenizas, era el momento de escuchar la condena judicial a los culpables.
Había una sensación extraña en el aire, sin embargo. Algo que profetizaba una victoria pírrica de la esperanza, si acaso la había. "El fiscal apenas ha pedido cuatro años de cárcel y veinte mil soles de reparación civil. ¿Es que acaso no somos iguales a otros seres humanos?", dijo Melitón Prado en alusión a una tragedia parecida y la pregunta arrojó esquirlas emocionales sobre los presentes. Prado perdió a una hija en el siniestro. Se llamaba Esther y a los 22 años vendía bolsas en medio del arsenal en que se había convertido la zona. A la hora de la tragedia, el hombre estaba vendiendo bividíes en Ciudad de Dios. La siguiente certeza sobre el paradero de su muchacha llegó dos años y medio después, cuando un análisis de ADN le confirmó que ella era parte de los restos anónimos encontrados en la escena. Su presunción de la justicia era dramática, pero quién podía desmentirla.
DOLORES SOLIDARIOS
La mañana no estaba demasiado fría, pero a las puertas de los juzgados algunos parecían cubiertos de una angustia congelada: el señor Rubén Pajua, una voz conocida entre los deudos, insistía en una escena que debe haberse repetido muchas veces entre sus pesadillas. "La caja eléctrica explosionó y empezó a atraer los cuerpos de toda la gente que estaba por allí. Se pegaban como imanes y al contacto con el agua del piso se electrocutaban", recuerda. Tiene claro que ese fue el destino de su esposa, quien vendía golosinas en la esquina de los jirones Cusco y Andahuaylas. Ángela Carbajal, quien perdió a su padre y a su hermano, hacía su propio recuento de los daños: "Esto nos ha truncado la vida entera. Mi madre estuvo dos años con el trauma, quedó destrozada. Tenía muchas esperanzas de que su segundo hijo fuera profesional, de que tuviera una mejor vida. Nada de eso pudo", confiesa, con el escudo fotográfico de sus deudos que poco después le causaría más penas.
Ocurrió ya en la sala del tribunal donde iba a realizarse la lectura de sentencia. Un policía le ordenó que se descolgara "ese cartón" del cuello o tendría que desalojar. Esa última indolencia la crispó. "No es un cartón, es la foto de un ser querido. Nosotros no venimos a jugar, venimos a pedir justicia", dijo entre sollozos. Alguien hizo cumplir sobre ella una orden que no se aplicó a casos parecidos. La mujer guardó la foto y siguió en la sala, junto a una veintena de deudos que también compartían el respeto sacramental por las imágenes: ocurre que varios de ellos solo recibieron un certificado, un nicho, pero nunca los restos de los parientes perdidos.
En el grupo de rostros vigilantes había un par de personas que llevan sobre la piel las huellas del fuego. Ambas estaban vestidas de negro, acaso por una combinación de luto y pudor. Se sentaron como todos a esperar la tortuosa lectura de la sentencia, que se prolongó hasta que ya no hubo sol, y uno que estaba allí no podía sino verlos como representantes de esa corte de pieles adoloridas que dejó el incendio en las calles del Centro de Lima. Tenían la misma confianza mermada, que ni siquiera despertó demasiado cuando se escucharon los primeros señalamientos de culpabilidad. "Seis años es mucho tiempo para esperar justicia", dijo una mujer.
Cuando el relator leyó las sentencias, algunas certezas se agravaron. "Por robar cinco televisores piden más años que para un homicidio de esta naturaleza", diría el señor Juan Victoriano con la mente puesta en Rafael, su hijo adolescente que desapareció entre las víctimas. Más tiempo duró su angustia que el castigo impuesto a quienes la causaron. Por ahora, como otros, poco de bueno ve en las condenas. Y quién puede culparlo.