Muchos peruanos viven desparramados en caseríos y pueblos y sufren a diario por falta de un puente que les permita llevar sus mercaderías a un mercado...
Por Richard Webb
Como una luz que crea sombra, la buena noticia del TLC nos hace pensar en el hombre olvidado. En realidad, el anuncio de un acuerdo comercial con EE.UU. se suma a la seguidilla de estadísticas que registran una boyante producción, exportación e inversión, un creciente consumo de alimentos y de bienes del hogar, y diversos indicios de que por fin una gran parte de la población, no solo en los conos de Lima sino en un buen número de regiones del interior, empiezan a recibir los beneficios de esa producción.
Un libro reciente de Jaime Althaus, "La revolución capitalista en el Perú", proporciona una excelente síntesis y explicación de esas buenas nuevas. Lo incómodo del éxito es que va desapareciendo la excusa para postergar los reclamos de los pobres. Repetíamos que primero había que producir y solo después se podría repartir, pero ante la evidente expansión y la enorme riqueza de algunas familias y regiones, la respuesta de siempre --tienen que esperar-- pierde legitimidad.
Podríamos decir que en las elecciones hubo dos resultados: primero, un nuevo gobierno, y segundo, una lección. La elección nos enseñó que sin legitimidad no hay sociedad viable, y debemos agradecer al candidato Humala por abrirnos los ojos en ese sentido. Humala descubrió y dio fuerza a un masivo rechazo a los fundamentos mismos de nuestra sociedad, cuestionando la injusta condición de vida de una mayoría de la población --familias que viven en extrema pobreza, excluidos del mercado e ignorados por el Estado, sobre todo en la sierra y la selva--.
En mayo del 2005, el debate electoral me motivó publicar un artículo en este Diario titulado "TLC interno", arguyendo que la integración para afuera debería estar acompañada por una integración interna, y así como se reducen las barreras entre países, deberíamos reducir las barreras geográficas, culturales e institucionales que impiden la participación de toda la población en la sociedad moderna, tanto los beneficios de un mercado en expansión como los servicios básicos que acompañan la presencia del Estado. Hoy, cuando el acuerdo con EE.UU. ya no es una mera aspiración, el TLC interno se vuelve doblemente urgente.
Además, es probable que la percepción de injusticia crezca no solo en la medida de la desigualdad objetiva sino aun más por el factor subjetivo de las crecientes expectativas que generan las buenas noticias y la globalización informativa.
Integrar al país significa vencer los extraordinarios obstáculos que levantan nuestra geografía y nuestra historia. Los Andes y la Amazonía son retos herculeanos para el movimiento físico de una economía moderna, para la seguridad y para la prestación igualitaria de educación, salud y otros servicios estatales. Al obstáculo físico se suman las barreras de idioma y culturales que en el día a día de la gestión pública terminan restándole prioridad y energía a los esfuerzos para atender a la población de esas áreas geográficas. Cuando un millón de limeños se quejan porque su fin de semana en el sol de Chosica es recortado por la congestión de tráfico, el problema es primera página en los medios y el Estado corre para colocar un puente Bailey. Pero en un número mucho mayor hay peruanos que viven desparramados en caseríos y pueblos por todo el territorio y sufren a diario por falta de un puente que les permita llevar sus mercaderías a un mercado, o llegar a la escuela o a la posta médica, y casi todos siguen esperando su puente Bailey. De tales detalles se construye la injusticia. Pero al hecho pecho, y manos a la obra, y solo con la rápida multiplicación de caminos rurales, postas médicas, puestos de policía, pequeñas irrigaciones, obras de agua potable, electrificación y telefonía rural se podrá empezar a lograr un TLC interno.