Edición impresa

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google

El parrillero memorable

LES TIENE UNA SORPRESA, ESTA NAVIDAD LO CONOCERÁN. EN LA OFICINA NI IMAGINAN QUE ÉL PUEDE PASAR HORAS FRENTE AL FUEGO CON TAL DE DELEITAR A LOS SUYOS CON SUS CARNES

Por Antonio Orjeda

Toti Graham no miente. La rectora de la del Pacífico pierde la compostura y declara que las parrilladas que Jorge acomete, ¡son buenazas! Tanto, que ella no paró hasta que su mamá le aderezó el cuy que él dejó listo para que las familias de ambos le metieran diente.

Hasta entonces, Jorge jamás había probado la carne de ese roedor; mucho menos la había puesto sobre su parrilla. Desde entonces, con la familia de Toti buscan cualquier pretexto para darle curso. A ver, la verdad es que puede tratarse de cuy, chorizo o pescado --¡puede tratarse de lo que sea!--, que si es Jorge el que enciende los carbones, ¡la rectora y su gente están ahí!

"Esto convoca, une. Con la familia de Toti podemos empezar a las once de la mañana y no parar hasta las nueve de la noche", sonríe el responsable. Su amistad --está claro-- ha sido sazonada a parrilladazo limpio.

FUE SIN SER QUERIENDO
Magdalena. Jorge tenía 12 años cuando unos argentinos se mudaron a su barrio. Fueron ellos. Jorge no imaginaba lo que iría a vivir. Hora de almuerzo. Su familia fue invitada a comerse unas carnecitas. Se quedó helado. Vio a un hombre cocinar.

"El patrón que tenía, desde pequeño, era que quien lo hacía era la mujer".

Era fines de la década del 60. El cerebro del muchacho se había quebrado. "¡Mi papá está negado hasta para hacer una limonada!". La cosa se puso peor: el tipo ese no solo cocinaba, ¡lo estaba disfrutando! El cerebro del muchacho se rompió.

Jorge regresó a casa conmocionado. "Los comensales disfrutábamos acompañando al parrillero". En casa, todo siguió igual. En su cabeza, no.

Pero tuvieron que pasar unos años para que él volviese a vivir esa emoción.

En Brasilia, adonde partió para formarse como economista, conoció el rodizio. Esas carnes ensartadas en una espada le devolvieron el apetito por hacerse parrillero; y fue Natalia la que le obsequió el mejor de los pretextos para forjarse en ese arte.

Ella tenía 17. Él, 22. En un principio fueron las salchichas. Jorge se las preparaba. Se enamoraron. Incendió chorizos, achicharró kilos de carne. No importó. Ella, colombiana, tuvo que volver a su país. Jorge regresó al Perú.

"Después de tres años y medio, casarse resultaba más barato que continuar con las visitas y las llamadas telefónicas a Bogotá", se mata de risa. Hoy tienen tres hijas y una parrilla con la que han instaurado en la familia una tradición.

"Me puedo pasar de pie tres, cuatro horas sin ningún problema". Jorge ha comenzado a pensar en dedicarle más tiempo a la cocina. Durante el primer embarazo de Natalia recuerda haberse preparado un lomo saltado. "Me salió espectacular, pero me tomó más de 2 horas". No pues, el placer no fue el mismo que hacerlo al aire libre, siendo el epicentro de la alegría de todos sus comensales. Pese a ello, la idea de expandir sus dotes culinarias ya está afincada en su cabeza, tal como le ocurriera a los 12, cuando quedó deslumbrado ante todo lo que puede generar una parrilla.

"Esto convoca, une", ha dicho. Esta Navidad, en SAP, todos mascarán rico; y él será feliz.

  • Imprimir página
  • E-mail
  • Aumentar texto
  • Disminuir texto
  • Favoritos
  • Mr. Wong
  • Delicious
  • Menéame
  • Google