¿Mandará Néstor o Cristina Kirchner? ¿Mandará Bill o Hillary Clinton? ¿Siempre tiene que mandar alguien, o puede haber una relación democrática y horizontal?
Por Abelardo Sánchez León
La vida en pareja es para Guy de Maupassant "un intercambio de malos humores durante el día y de malos olores durante la noche". En la pareja, se burla Truman Capote, "uno sufre y otro se aburre". Antón Chejov afirma: "quien más ama es el más débil." Sin embargo, la política nos trae otra consideración al interior de la vida en pareja: ¿Quién manda en esa agobiante intimidad? ¿Mandará Néstor o Cristina Kirchner? ¿Mandará Bill o Hillary Clinton? Pero me pregunto: ¿Siempre tiene que mandar alguien, o puede haber una relación democrática y horizontal?
A Alberto Fujimori le gustaban las relaciones verticales y por esa razón envió a Susana Higuchi a los sótanos del Servicio de Inteligencia y nunca puso en duda quién era el dictador en aquella pareja presidencial. Eliane Karp se casó, se separó, se divorció y se volvió a casar con su cholo grande y sagrado sin dejar en claro quién sufría y quién se aburría. ¿Se aburriría Eliane? ¿Sufriría Alejandro? El caso de Alan García es similar. Pero, en este preciso caso, no tenemos duda alguna: Alan no es quien sufre ni es el más débil, sino todo lo contrario, pues nos da a entender que si bien pueda que no sea feliz, no la pasa mal. Nuestros tres últimos presidentes han sido, eso sí, pródigos en lo que a relaciones de pareja se refiere.
Fernando Belaunde fue más tradicional, a pesar de su sonado divorcio, y en un gesto que enorgullece a la clase media se desposó con su fiel secretaria y compañera de ruta: Violeta Correa Miller que, femeninamente, jamás ocupó espacios que no le correspondían oficialmente. Ellos fueron una pareja de trabajo, de mapas y de carreteras. Sus antecedentes más cercanos también tuvieron lo suyo: Manuel Prado Ugarteche se separó para casarse con una mujer altísima y que rara vez miraba hacia abajo: Clorinda Málaga. La palabra pueblo sonaba extraña en sus labios y escogió París para pasar con elegancia el escollo de la vejez y morir entre otros pájaros y otros árboles. En la otra orilla, encontramos a Manuel A. Odría y a su mujer humildita, amor de pueblo generoso y burla sarcástica de burguesía limeña: doña María, así de simple, doña María Delgado de Odría, no tan simplemente, muy doña ella. ¡Velasco! ¡Me olvidaba de Velasco! ¡Qué ingrata memoria! Consuelo, la guapa esposa del militar, que no sabemos si fue su verdadero consuelo. Con todas estas historias, por qué deberíamos preocuparnos por quién manda en la Casa Rosada. Detrás de cada gran mujer, no lo olvidemos, hay un pequeño gran hombre.